Aún hoy, en la Iglesia, así como ayer, hay resistencias contra las sorpresas del Espíritu, ante las situaciones nuevas, pero Él nos ayuda a vencerlas y a ir adelante, seguros, por el camino de Jesús. Lo reiteró el Papa Francisco, en su homilía, en la Santa Misa matutina, que celebró en la Capilla de la Casa de Santa Marta.Acaloradas discusiones en la Iglesia, pero el protagonista es el Espíritu
Comentando la célebre lectura de los Hechos de los Apóstoles, sobre el denominado ‘Concilio’ de Jerusalén, el Papa recordó que ‘el protagonista de la Iglesia’ es el Espíritu Santo. Es Él el que, desde el primer momento, les dio a los apóstoles la fortaleza para proclamar el Evangelio’. Es ‘el Espíritu el que lo hace todo, el Espíritu es el que lleva adelante a la Iglesia’. Aun con sus problemas, también cuando estalla una persecución, es Él el que fortalece a los creyentes para que permanezcan en la fe, aun en los momentos de ‘resistencias y de ensañamiento de los doctores de la ley’. En este caso, hay una resistencia doble a la acción del Espíritu: la de los que creían que ‘Jesús había venido sólo para el pueblo elegido’ y la de los que querían imponer la ley mosaica a los paganos convertidos. En todo ello, hubo una gran confusión, señaló el Papa:
«El Espíritu ponía a los corazones en un camino nuevo: eran las sorpresas del Espíritu. Y los apóstoles se encontraron en una situación que nunca hubieran creído, situaciones nuevas. Y ¿cómo manejar estas nuevas situaciones? Por ello la lectura de hoy, comienza así: ‘en aquellos días, al cabo de una prolongada discusión’. Una acalorada discusión, porque discutían sobre este tema. Ellos, por una parte, tenían la fuerza del Espíritu – el protagonista – que impulsaba a ir adelante, adelante, adelante… Pero el Espíritu los llevaba a ciertas novedades, cosas que nunca se habían hecho antes. Nunca. Ni siquiera se las habían imaginado. Como, por ejemplo, que los paganos recibieran el Espíritu Santo»
El que tiene miedo de escuchar, no tiene al Espíritu en el corazón
Los discípulos ‘tenían la patata caliente en las manos y no sabían qué hacer’. Por lo que convocan una reunión en Jerusalén, donde cada uno puede contar su propia experiencia, sobre cómo el Espíritu Santo descienda también sobre los paganos:
«Y al final se pusieron de acuerdo. Pero antes hay una cosa linda: ‘Toda la asamblea hizo silencio para oír a Bernabé y a Pablo, que comenzaron a relatar los signos y prodigios que Dios había realizado entre los paganos por intermedio de ellos’. Escuchar, no tener miedo de escuchar. Cuando uno tiene miedo de escuchar, no tiene al Espíritu en el corazón. Escuchar: ‘¿tú qué piensas y por qué?’. Escuchar con humildad. Y, después de haber escuchado, decidieron enviar a las comunidades griegas, es decir a los cristianos que vinieron del paganismo, enviar a algunos discípulos para tranquilizarlos y decirles: ‘Está bien, sigan así’».
Novedades mundanas y novedades del Espíritu
Los paganos convertidos no están obligados a la circuncisión. Y es una decisión comunicada a través de una carta, en la que ‘el protagonista es el Espíritu Santo’. En efecto, los discípulos afirman: ‘el Espíritu Santo y nosotros hemos decidido…’ ‘Éste es el camino de la Iglesia ante las novedades, no las novedades mundanas, como las modas de los vestidos, sino las novedades, las sorpresas del Espíritu, porque el Espíritu siempre nos sorprende’, volvió a recordar el Papa. Y, tras preguntar cómo resuelve esto la Iglesia, cómo afronta estos problemas, cómo los resuelve, reiteró que lo hace con la ‘reunión, la escucha, la discusión, la oración y la decisión final’:
«Éste es el camino de la Iglesia hasta hoy. Y, cuando el Espíritu nos sorprende con algo que parece nuevo o que ‘nunca se había hecho así’ – se debe hacer así’ – piensen en el Vaticano II, en las resistencias que tuvo el Concilio Vaticano II. Y digo esto porque es el más cercano a nosotros. Cuántas resistencias: ‘pero no…’ Aún hoy, resistencias que siguen de alguna forma. Y el Espíritu va adelante. Y el camino de la Iglesia es éste: reunirse, unirse juntos, escucharse, discutir, rezar y decidir. Y ésta es la llamada sinodalidad de la Iglesia, en la cual se expresa la comunión de la Iglesia. Y ¿qué hace la comunión? ¡Es el Espíritu! Otra vez es el protagonista. ¿Qué nos pide el Señor? Docilidad al Espíritu. ¿Qué nos pide el Señor? No tengamos miedo, cuando vemos que es el Espíritu el que nos llama».
La Iglesia desde el comienzo ha afrontado las sorpresas del Espíritu
‘A veces, el Espíritu nos detiene, como hizo con San Pablo, para que cambiemos de camino, señaló también el Obispo de Roma, volviendo a recordar que no nos deja solos, nos da coraje, nos da la paciencia, nos hace ir seguros por el camino de Jesús, nos ayuda a vencer las resistencias y ser fuertes en el martirio’. ‘Pidamos al Señor – alentó el Papa - la gracia de comprender cómo va adelante la Iglesia, de comprender cómo desde el primer momento ha afrontado las sorpresas del Espíritu y, también, para cada uno de nosotros, la gracia de la docilidad al Espíritu, para ir por el camino que el Señor Jesús quiere para cada uno de nosotros y para toda la Iglesia’.
viernes, 29 de abril de 2016
jueves, 28 de abril de 2016
Montse Grases es declarada venerable
El Papa Francisco autorizó en la tarde de ayer que la Congregación de las Causas de los Santos promulgue los decretos relativos a doce causas de canonización. Entre estos se encuentra el decreto sobre la heroicidad de las virtudes de Montse Grases (1941-1959), una joven del Opus Dei.

Al conocer el anuncio realizado por la Santa Sede, el prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría, ha dicho: «Agradezco de corazón al Señor este paso en la causa de beatificación de Montse, una muchacha con una vida breve, que ha sido un auténtico don de Dios para quienes la trataron y también para aquellos que la han conocido después».
Además ha señalado que Montse Grases «correspondió desde una temprana edad al amor de Dios en medio del mundo y procuró ser piadosa, trabajar con afán de servicio, con la disposición de atender generosamente a los demás, olvidada de sí misma. Siguió fielmente al Señor cuando la llamó a formar parte del Opus Dei y buscó caminar —a través de una existencia común a la mayoría de las mujeres— muy unida a Él, también mientras padeció un cáncer que le ocasionó la muerte y que le provocaba dolores muy intensos. Intentó llevar a cabo sus ocupaciones diarias por amor a Dios y a los demás, y se propuso acercar a muchas personas a Jesús».
Finalmente, Mons. Echevarría comentó: «Tengo la ilusión de que el ejemplo de Montse continúe ayudando a muchas chicas y a muchos chicos jóvenes a plantearse una vida de generosa entrega al Señor en el matrimonio, en el celibato apostólico, en la vida religiosa y en el sacerdocio».
Rasgos biográficos
Montserrat Grases García nació en Barcelona, el 10 de julio de 1941. Fue la segunda de nueve hijos. Era viva y espontánea. En su casa asimiló algunos de los rasgos de su carácter: la alegría, la sencillez, la generosidad y la preocupación por los demás. Le gustaban los deportes, la música, las danzas populares de su tierra y participar en obras de teatro. Tenía muchos amigos.
Sus padres le enseñaron a tratar a Dios con confianza y de ellos aprendió a intentar vivir las virtudes cristianas y a consolidar su vida espiritual. En 1954, comenzó a frecuentar un centro del Opus Dei. Los medios de formación cristiana que recibió allí contribuyeron también a su maduración humana y espiritual.
A los dieciséis años pensó que Dios la llamaba a este camino de la Iglesia y —tras meditar, orar y pedir consejo— solicitó ser admitida en el Opus Dei. A partir de entonces, se empeñó con mayor decisión en buscar la santidad en su vida cotidiana. Se esforzó por tener un trato constante con Dios, descubrir la voluntad divina en el cumplimiento de sus deberes, cuidar, por amor, los pequeños detalles y hacer felices a quienes la rodeaban. Logró transmitir a muchos de sus parientes y amigos la paz que da vivir cerca de Dios.
Poco antes de cumplir los diecisiete años, le diagnosticaron un cáncer (sarcoma de Ewing) en el fémur de la pierna izquierda. La enfermedad duró nueve meses y con dolores muy intensos, que aceptó con serenidad y con fortaleza. También mientras estuvo enferma, procuraba estar siempre alegre. Acercó a Dios a muchas amigas y compañeras de clase que iban a visitarla. Encontró también a Jesús y a la Virgen con ocasión de su enfermedad. Los que estuvieron cerca de ella fueron testigos de su unión con Dios. Una de sus amigas afirma que, cuando la veía rezar, palpaba su proximidad con Cristo.
Murió el 26 de marzo de 1959, Jueves Santo. Muchas personas manifestaron que su vida había sido heroica y ejemplar. Desde entonces, esta fama de santidad ha ido aumentando.
El itinerario de la causa de canonización
El proceso informativo sobre Montse Grases se desarrolló en Barcelona. Lo inició el arzobispo Mons. Gregorio Modrego Casaus el 19 de diciembre de 1962, y se concluyó el 26 de marzo de 1968, bajo la autoridad del nuevo arzobispo, Mons. Marcelo González Martín.
En los años siguientes, el itinerario de la causa procedió más despacio, con motivo de las reformas de la normativa de las causas de canonización realizadas por el beato Pablo VI y por san Juan Pablo II. La fama de santidad de Montse continuó aumentando.
El 15 de mayo de 1992, la Congregación de las Causas de los Santos declaró la validez del proceso diocesano de Montse Grases. Ese mismo año, sin embargo, se decidió realizar una investigación suplementaria, entre otros motivos, para enriquecer el material recogido en los años sesenta. Este proceso adicional tuvo lugar en Barcelona, del 10 de junio al 28 de octubre de 1993. El 21 de enero de 1994, la Congregación de las Causas de los Santos decretó la validez del segundo proceso.
El 21 de noviembre de 1999, fue presentada la Positio sobre la vida y las virtudes de la sierva de Dios. El 10 de junio de 2015, el congreso peculiar de los consultores teólogos de la Congregación de las Causas de los Santos dio respuesta positiva a la pregunta sobre el ejercicio heroico de las virtudes por parte de Montse Grases y el 19 de abril de 2016, la congregación ordinaria de los cardenales y de los obispos se pronunció en el mismo sentido.
El martes 26 de abril de 2016, el Papa Francisco recibió del cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos, una relación detallada de las fases de la causa, ratificó el voto de la Congregación de las Causas de los Santos y autorizó que se publique el decreto por el que se declara venerable a Montse Grases.
Es motivo de alegría que esta noticia se haya conocido hoy, 27 de abril, festividad litúrgica de la Virgen de Montserrat.
martes, 26 de abril de 2016
Ordenación de 27 presbiteros del Opus Dei
Homilía pronunciada por Mons. Javier Echevarría en la ordenación de 27 presbíteros de la Prelatura del Opus Dei, celebrada en la basílica de san Eugenio (Roma) el 23 de abril de 2016.
Queridísimos ordenandos. Queridos hermanos y hermanas.
1. En el tiempo pascual, la liturgia nos recuerda a menudo palabras de la Última Cena de Jesús con los apóstoles, en la que el Señor instituyó la Eucaristía y el sacramento del Orden. Precisamente de san Juan provienen las palabras del Evangelio de hoy: Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros (...). En esto conocerán todos que sois mis discípulos (Jn 13, 34-35). La caridad es la esencia de la santidad cristiana. Este mandamiento va dirigido a todos, y el Papa Francisco nos lo recuerda con frecuencia, especialmente en este año jubilar, invitándonos a practicar las obras de misericordia.
A vosotros, queridísimos hijos, se dirigen de modo particular estas palabras del Maestro, ya que estabais idealmente presentes aquella tarde en el Cenáculo de Jerusalén, en la persona de los discípulos. San Josemaría, nuestro amadísimo Padre, nos lo enseñó repetidamente: seréis sacerdotes para servir a todas las almas y, desde luego, a vuestros hermanos y a vuestras hermanas, con un servicio constante que encuentra su ejemplo supremo en Cristo, el Buen Pastor que cuida de su rebaño, lo alimenta y lo defiende, incluso a coste de la vida.
Todos nosotros, en cuanto bautizados, hemos de seguir su ejemplo; para nosotros, sacerdotes, no es sólo un deber de fidelidad a Jesús, sino que también es una condición esencial para el fruto de nuestro ministerio. Nos lo recuerda la primera lectura: cuando Pablo y Bernabé regresan de su primer viaje apostólico, confirmando a los discípulos de las ciudades evangelizadas, afirman convencidos: es preciso que entremos en el Reino de Dios a través de muchas tribulaciones (Hch 14, 22).
Recuerdo la fuerza con la que san Juan Pablo II comentó este pasaje en la Misa de beatificación del fundador del Opus Dei: «Si la vía hacia el reino de Dios pasa por muchas tribulaciones, entonces, al final del camino se encontrará también la participación en la gloria: la gloria que Cristo nos ha revelado en su resurrección»[1]. Abrazar la Cruz significa vivir el mandamiento nuevo, porque nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos (Jn 15, 13). Lo recordaba el Santo Padre días atrás, dirigiéndose a los nuevos sacerdotes que estaba a punto de ordenar: «Sin cruz no encontraréis nunca al verdadero Jesús; y una Cruz sin Jesús no tiene sentido»[2].
2. Queridos ordenandos. Mediante la imposición de las manos del Obispo y la plegaria de ordenación, os convertiréis en sacerdotes de la Nueva Alianza. In persona Christi Capitis. es decir, actuando en la persona de Cristo, Cabeza de la Iglesia, podréis obrar con su autoridad en la administración de los sacramentos, anunciando la Palabra de Dios en su nombre y sirviendo a todas las almas como hizo Nuestro Señor. Tenéis en san Josemaría un modelo de vuestro servicio sacerdotal. Meditad las siguientes palabras que escribía en 1973, con ocasión de un acontecimiento semejante al de hoy. Por el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser; es Jesucristo quien, en la Santa Misa, con las palabras de la Consagración, cambia la sustancia del pan y del vino en su Cuerpo, su Alma, su Sangre y su Divinidad[3].
Es Jesús quien perdonará por medio de vosotros los pecados de los fieles que se acercarán, bien preparados, al sacramento de la Penitencia. Es Jesús quien hablará por medio de vuestras palabras, sobre todo en la celebración eucarística, cuando expliquéis a los fieles las enseñanzas de la Escritura, como hizo el mismo Cristo con los discípulos de Emaús. Es Jesús quien, en vosotros y con vosotros, servirá a todos, cristianos y no cristianos, cuando os pedirán una palabra de consuelo, una luz que ilumine las tinieblas en las que a menudo se ven envueltos. Con palabras del Evangelio, os repito: en esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros (Jn 13, 35).
3. Antes de terminar, quiero agradecer a vuestros padres, a vuestras familias, a vuestros amigos, el papel que han desempeñado para que floreciera vuestra vocación cristiana en el Opus Dei, y luego la vocación sacerdotal, sobre todo con la oración y el buen ejemplo.
El sacerdocio requiere una configuración más intensa con Cristo, cada día. Rogad, por tanto, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies (Mt 9, 38). En la reciente exhortación apostólica sobre la familia, el Papa recuerda que «la familia es la primera escuela de los valores humanos, en la que se aprende el buen uso de la libertad»; y añade que «la educación de los hijos debe estar marcada por un camino de transmisión de la fe»[4].
Hoy es el aniversario de la primera Comunión de san Josemaría, en 1912, y de su Confirmación, algunos años antes. ¡Con qué amor, con cuánta gratitud, recordaba cada año estos acontecimientos tan gozosos! A través de su intercesión, roguemos a Dios para que estos hermanos nuestros sean siempre sacerdotes fieles, piadosos, doctos, entregados, ¡alegres! Los encomendamos especialmente a Santa María, que extrema su solicitud de Madre con los que se empeñan para toda la vida en servir de cerca a su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, Sacerdote Eterno[5].
Os invito, como es lógico, a rezar por el Papa Francisco, por el Vicario del Papa en la diócesis de Roma, el Cardenal Vallini, por todos los obispos y presbíteros del mundo; y acompañemos a todos los seminaristas para que sean fieles a su llamada. Así sea.
[1] San Juan Pablo II, Homilía en la beatificación del fundador del Opus Dei, 17-V-1992.
[2] Papa Francisco, Homilía en la ordenación presbiteral, 17-IV-2016.
[3] San Josemaría Escrivá, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.
[4] Papa Francisco, Exhort. apost. Amoris laetitia, 19-III-2016, nn. 274 y 287.
[5] San Josemaría Escrivá, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.
A vosotros, queridísimos hijos, se dirigen de modo particular estas palabras del Maestro, ya que estabais idealmente presentes aquella tarde en el Cenáculo de Jerusalén, en la persona de los discípulos. San Josemaría, nuestro amadísimo Padre, nos lo enseñó repetidamente: seréis sacerdotes para servir a todas las almas y, desde luego, a vuestros hermanos y a vuestras hermanas, con un servicio constante que encuentra su ejemplo supremo en Cristo, el Buen Pastor que cuida de su rebaño, lo alimenta y lo defiende, incluso a coste de la vida.
Todos nosotros, en cuanto bautizados, hemos de seguir su ejemplo; para nosotros, sacerdotes, no es sólo un deber de fidelidad a Jesús, sino que también es una condición esencial para el fruto de nuestro ministerio. Nos lo recuerda la primera lectura: cuando Pablo y Bernabé regresan de su primer viaje apostólico, confirmando a los discípulos de las ciudades evangelizadas, afirman convencidos: es preciso que entremos en el Reino de Dios a través de muchas tribulaciones (Hch 14, 22).
Recuerdo la fuerza con la que san Juan Pablo II comentó este pasaje en la Misa de beatificación del fundador del Opus Dei: «Si la vía hacia el reino de Dios pasa por muchas tribulaciones, entonces, al final del camino se encontrará también la participación en la gloria: la gloria que Cristo nos ha revelado en su resurrección»[1]. Abrazar la Cruz significa vivir el mandamiento nuevo, porque nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos (Jn 15, 13). Lo recordaba el Santo Padre días atrás, dirigiéndose a los nuevos sacerdotes que estaba a punto de ordenar: «Sin cruz no encontraréis nunca al verdadero Jesús; y una Cruz sin Jesús no tiene sentido»[2].
2. Queridos ordenandos. Mediante la imposición de las manos del Obispo y la plegaria de ordenación, os convertiréis en sacerdotes de la Nueva Alianza. In persona Christi Capitis. es decir, actuando en la persona de Cristo, Cabeza de la Iglesia, podréis obrar con su autoridad en la administración de los sacramentos, anunciando la Palabra de Dios en su nombre y sirviendo a todas las almas como hizo Nuestro Señor. Tenéis en san Josemaría un modelo de vuestro servicio sacerdotal. Meditad las siguientes palabras que escribía en 1973, con ocasión de un acontecimiento semejante al de hoy. Por el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser; es Jesucristo quien, en la Santa Misa, con las palabras de la Consagración, cambia la sustancia del pan y del vino en su Cuerpo, su Alma, su Sangre y su Divinidad[3].
Es Jesús quien perdonará por medio de vosotros los pecados de los fieles que se acercarán, bien preparados, al sacramento de la Penitencia. Es Jesús quien hablará por medio de vuestras palabras, sobre todo en la celebración eucarística, cuando expliquéis a los fieles las enseñanzas de la Escritura, como hizo el mismo Cristo con los discípulos de Emaús. Es Jesús quien, en vosotros y con vosotros, servirá a todos, cristianos y no cristianos, cuando os pedirán una palabra de consuelo, una luz que ilumine las tinieblas en las que a menudo se ven envueltos. Con palabras del Evangelio, os repito: en esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros (Jn 13, 35).
3. Antes de terminar, quiero agradecer a vuestros padres, a vuestras familias, a vuestros amigos, el papel que han desempeñado para que floreciera vuestra vocación cristiana en el Opus Dei, y luego la vocación sacerdotal, sobre todo con la oración y el buen ejemplo.
El sacerdocio requiere una configuración más intensa con Cristo, cada día. Rogad, por tanto, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies (Mt 9, 38). En la reciente exhortación apostólica sobre la familia, el Papa recuerda que «la familia es la primera escuela de los valores humanos, en la que se aprende el buen uso de la libertad»; y añade que «la educación de los hijos debe estar marcada por un camino de transmisión de la fe»[4].
Hoy es el aniversario de la primera Comunión de san Josemaría, en 1912, y de su Confirmación, algunos años antes. ¡Con qué amor, con cuánta gratitud, recordaba cada año estos acontecimientos tan gozosos! A través de su intercesión, roguemos a Dios para que estos hermanos nuestros sean siempre sacerdotes fieles, piadosos, doctos, entregados, ¡alegres! Los encomendamos especialmente a Santa María, que extrema su solicitud de Madre con los que se empeñan para toda la vida en servir de cerca a su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, Sacerdote Eterno[5].
Os invito, como es lógico, a rezar por el Papa Francisco, por el Vicario del Papa en la diócesis de Roma, el Cardenal Vallini, por todos los obispos y presbíteros del mundo; y acompañemos a todos los seminaristas para que sean fieles a su llamada. Así sea.
[1] San Juan Pablo II, Homilía en la beatificación del fundador del Opus Dei, 17-V-1992.
[2] Papa Francisco, Homilía en la ordenación presbiteral, 17-IV-2016.
[3] San Josemaría Escrivá, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.
[4] Papa Francisco, Exhort. apost. Amoris laetitia, 19-III-2016, nn. 274 y 287.
[5] San Josemaría Escrivá, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.
viernes, 22 de abril de 2016
Santa Marta 20160422
Anuncio, intercesión, esperanza. Es el trinomio en el que el Santo Padre centró su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta, en el día en que el Papa cumple 43 años de profesión religiosa. El Pontífice subrayó que el cristiano es una persona de esperanza, “que espera que el Señor regrese”, e hizo una exhortación a tener el coraje del anuncio como los Apóstoles que testimoniaron la Resurrección de Jesús incluso a costa de su vida.
Tres dimensiones de la vida cristiana: “Anuncio, intercesión y esperanza”. El Papa Francisco se inspiró en las Lecturas del día para desarrollar su meditación sobre este trinomio que debe caracterizar la vida de un creyente. El corazón del anuncio para un cristiano – observó el Obispo de Roma – es que Jesús ha muerto y resucitado por nosotros, por nuestra salvación.
Anunciar a Jesús incluso a costa de la vida, como los Apóstoles
“¡Jesús está vivo! El Papa recordó que éste es el anuncio de los Apóstoles a los judíos y a los paganos de su tiempo, y este anuncio también lo testimoniaron con su vida, con su sangre”.
“Cuando Juan y Pedro fueron llevados al Sanedrín, después de la curación del lisiado, y los sacerdotes les prohibieron hablar de este nombre de Jesús, de la Resurrección, ellos con todo el coraje, con toda sencillez decían: ‘Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído’, el anuncio. Y nosotros, los cristianos, por la fe tenemos al Espíritu Santo dentro de nosotros, que nos hace ver y escuchar la verdad sobre Jesús, que ha muerto y resucitado por nuestros pecados. Éste es el anuncio de la vida cristiana: ¡Cristo está vivo! ¡Cristo ha resucitado! Cristo está entre nosotros en la comunidad, nos acompaña en el camino”.
Tantas veces – comentó el Pontífice – “cuesta recibir este anuncio”, pero Cristo resucitado “es una realidad” y es necesario dar “testimonio de esto”, como afirma Juan.
Jesús intercede por nosotros mostrando sus llagas al Padre
Después de referirse a la dimensión del anuncio, Francisco dirigió su pensamiento a la intercesión. Durante la Cena del Jueves Santo – afirmó – los Apóstoles estaban tristes, y Jesús les dice: “Que su corazón no se sienta turbado, tengan fe. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Voy a prepararles un lugar”:
“¿Qué cosa quiere decir esto? ¿Cómo prepara Jesús el lugar? Con su oración por cada uno de nosotros. Jesús reza por nosotros y ésta es la intercesión. Jesús trabaja en este momento con su oración por nosotros. Así como a Pedro le dijo una vez antes de la pasión: ‘Pedro yo he rezado por ti’, de la misma manera ahora Jesús es la intercesión entre el Padre y nosotros”.
Preguntémonos si Jesús verdaderamente es nuestra esperanza
El Papa se preguntó: “¿Y cómo reza Jesús?”. A lo que respondió: “Yo creo que Jesús le muestra sus llagas al Padre, porque las llagas se las ha llevado consigo después de la Resurrección: le muestra las llagas al Padre y nos nombra a cada uno de nosotros”. “Ésta – dijo Francisco – es la oración de Jesús. En este momento el Señor intercede por nosotros: es la intercesión”.
Hacia el final de su homilía el Santo Padre se detuvo a considerar la tercera dimensión del cristiano: la esperanza. “El cristiano – dijo – es una mujer, es un hombre de esperanza, que espera que el Señor regrese”. “Toda la Iglesia – añadió – está en espera de la venida de Jesucristo: Jesús regresará. Y ésta es la esperanza cristiana”:
“Podemos preguntarnos, cada uno de nosotros: ¿Cómo es el anuncio en mi vida? ¿Cómo es mi relación con Jesús que intercede por mí? ¿Y cómo es mi esperanza? ¿Creo verdaderamente que el Señor ha resucitado? ¿Creo que reza por mí al Padre? Cada vez que yo lo llamo, Él está rezando por mí, intercede. ¿Creo verdaderamente que el Señor regresará, volverá? Nos hará bien preguntarnos esto acerca de nuestra fe: ¿Creo en el anuncio? ¿Creo en la intercesión? ¿Soy un hombre o una mujer de esperanza?”
viernes, 15 de abril de 2016
Santa Marta 20160415
A un corazón duro que elige abrirse con “docilidad” a su Espíritu, Dios siempre da la gracia y la “dignidad” para volverse a levantar, realizando, “si fuera necesario”, un acto de humildad. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta, al comentar el pasaje bíblico de la conversión de San Pablo.Tener fervor por las cosas sagradas no quiere decir tener un corazón abierto a Dios. El Papa Francisco puso el ejemplo de un hombre fervoroso en la fidelidad a los principios de su fe, Pablo de Tarso, pero con el “corazón cerrado”, totalmente sordo a Cristo, es más, “de acuerdo” con exterminar a sus secuaces hasta el punto de hacerse autorizar a encadenar a quienes vivían en Damasco.
La humillación que ablanda el corazón
Todo sucede precisamente a lo largo del camino que lo lleva a esta meta y la de Pablo – afirmó el Papa – se convierte en la “historia de un hombre que deja que Dios le cambie el corazón”. Pablo es envuelto por una luz potente, oye una voz que lo llama, cae y se vuelve ciego momentáneamente. “Saulo el fuerte, el seguro, estaba por el suelo, comentó Francisco. Y subrayó que en esa condición, “comprende su verdad, que no es “un hombre como Dios quería, porque Dios nos ha creado a todos nosotros para estar de pie, con la cabeza alta”. Sin embargo, la voz del cielo no dice sólo: “¿Por qué me persigues?”, sino que invita a Pablo a levantarse:
“‘Levántate y te será dicho’. Ti debes aprender aún. Y cuando comenzó a levantarse no podía, porque se dio cuenta de que estaba ciego: en aquel momento había perdido la vista. ‘Y se dejó guiar’: comenzó, el corazón, a abrirse. Así, guiándolo de la mano, los hombres que estaban con él lo condujeron a Damasco y durante tres días permaneció ciego y no tomó alimento ni bebida. Este hombre estaba por el suelo, pero entendió inmediatamente que debía aceptar esta humillación. Precisamente el camino para abrir el corazón es la humillación. Cuando el Señor nos envía humillaciones o permite que vengan las humillaciones es precisamente para esto: para que el corazón se abra, sea dócil, [para que] el corazón se convierta al Señor Jesús.
Protagonista es el Espíritu Santo
El corazón de Pablo se ablanda. En aquellos días de soledad y ceguera, cambia su vista interior. Después Dios le envía a Ananías, que le impone las manos y los ojos de Saulo vuelven a ver. Pero hay un aspecto en esta dinámica que – afirmó el Pontífice –, se debe tener muy en cuenta:
“Recordemos que el protagonista de estas historias no son ni los doctores de la ley, ni Esteban, ni Felipe, ni el eunuco, ni Saulo… Es el Espíritu Santo. Protagonista de la Iglesia es el Espíritu Santo que conduce al pueblo de Dios. E inmediatamente se le cayeron de los ojos como dos escamas y recuperó la vista. Se levantó y fue bautizado. La dureza del corazón de Pablo – Saulo, Pablo – llega a ser docilidad al Espíritu Santo”.
La dignidad de volver a levantarse
“Es bello – concluyó diciendo el Obispo de Roma – ver cómo el Señor es capaz de cambiar los corazones” y hacer que “un corazón duro, terco, se transforme en un corazón dócil al Espíritu”:
“Todos nosotros tenemos durezas en el corazón: todos nosotros. Si alguno de ustedes no las tiene, levante la mano, por favor. Todos nosotros. Pidamos al Señor que nos haga ver que estas durezas nos echan al piso. Que nos envíe la gracia y también – si fuera necesario – las humillaciones para que no permanezcamos en el piso y levantarnos, con la dignidad con la que nos ha creado Dios, es decir, la gracia de un corazón abierto y dócil al Espíritu Santo”.
La humillación que ablanda el corazón
Todo sucede precisamente a lo largo del camino que lo lleva a esta meta y la de Pablo – afirmó el Papa – se convierte en la “historia de un hombre que deja que Dios le cambie el corazón”. Pablo es envuelto por una luz potente, oye una voz que lo llama, cae y se vuelve ciego momentáneamente. “Saulo el fuerte, el seguro, estaba por el suelo, comentó Francisco. Y subrayó que en esa condición, “comprende su verdad, que no es “un hombre como Dios quería, porque Dios nos ha creado a todos nosotros para estar de pie, con la cabeza alta”. Sin embargo, la voz del cielo no dice sólo: “¿Por qué me persigues?”, sino que invita a Pablo a levantarse:
“‘Levántate y te será dicho’. Ti debes aprender aún. Y cuando comenzó a levantarse no podía, porque se dio cuenta de que estaba ciego: en aquel momento había perdido la vista. ‘Y se dejó guiar’: comenzó, el corazón, a abrirse. Así, guiándolo de la mano, los hombres que estaban con él lo condujeron a Damasco y durante tres días permaneció ciego y no tomó alimento ni bebida. Este hombre estaba por el suelo, pero entendió inmediatamente que debía aceptar esta humillación. Precisamente el camino para abrir el corazón es la humillación. Cuando el Señor nos envía humillaciones o permite que vengan las humillaciones es precisamente para esto: para que el corazón se abra, sea dócil, [para que] el corazón se convierta al Señor Jesús.
Protagonista es el Espíritu Santo
El corazón de Pablo se ablanda. En aquellos días de soledad y ceguera, cambia su vista interior. Después Dios le envía a Ananías, que le impone las manos y los ojos de Saulo vuelven a ver. Pero hay un aspecto en esta dinámica que – afirmó el Pontífice –, se debe tener muy en cuenta:
“Recordemos que el protagonista de estas historias no son ni los doctores de la ley, ni Esteban, ni Felipe, ni el eunuco, ni Saulo… Es el Espíritu Santo. Protagonista de la Iglesia es el Espíritu Santo que conduce al pueblo de Dios. E inmediatamente se le cayeron de los ojos como dos escamas y recuperó la vista. Se levantó y fue bautizado. La dureza del corazón de Pablo – Saulo, Pablo – llega a ser docilidad al Espíritu Santo”.
La dignidad de volver a levantarse
“Es bello – concluyó diciendo el Obispo de Roma – ver cómo el Señor es capaz de cambiar los corazones” y hacer que “un corazón duro, terco, se transforme en un corazón dócil al Espíritu”:
“Todos nosotros tenemos durezas en el corazón: todos nosotros. Si alguno de ustedes no las tiene, levante la mano, por favor. Todos nosotros. Pidamos al Señor que nos haga ver que estas durezas nos echan al piso. Que nos envíe la gracia y también – si fuera necesario – las humillaciones para que no permanezcamos en el piso y levantarnos, con la dignidad con la que nos ha creado Dios, es decir, la gracia de un corazón abierto y dócil al Espíritu Santo”.
lunes, 11 de abril de 2016
Santa Marta 20160411
Para Jesús, lo que cuenta es la vida de las personas y no un esquema de leyes y palabras: la muerte de Esteban y Juana de Arco, la muerte de muchos otros inocentes en la historia e incluso el suicidio de Judas recuerdan el mal que puede hacer «un corazón cerrado a la palabra de Dios» hasta el punto de utilizarla contra la verdad.
En la primera lectura, tomada de los Hechos de los apóstoles (6, 8-15), explicó Francisco, «la Iglesia nos hace escuchar el pasaje del discurso de Esteban, y del juicio» contra él. «Algunos de los doctores de la ley, doctores de la letra, se levantaron para discutir con Esteban —recordó el Papa—, pero no pudieron resistir a la sabiduría y al espíritu con que hablaba». De hecho, «Esteban había sido ungido por el Espíritu Santo y tenía la sabiduría del Espíritu Santo, y hablaba con esa fuerza, con esa sabiduría, la misma que tenía Jesús; pero Él era Dios, que hablaba con la autoridad, la autoridad que viene de Dios, la autoridad que viene del Espíritu Santo».
No pudiendo hacer nada contra él, prosiguió Francisco, esas personas que estaban en la sinagoga «instigaron a algunos para que» lo acusasen injustamente de haber pronunciado «palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios». No siendo capaces de «dialogar con él y abrir el corazón a la verdad», «rápidamente tomaron el camino de la calumnia». Los Hechos relatan que Esteban fue capturado y llevado ante el Sanedrín y que también se presentaron testigos falsos para acusarlo.
La historia de Esteban es significativa: «El corazón cerrado a la verdad de Dios se aferra solamente a la verdad de la ley, de la letra —más que a la ley, a la letra— y no encuentra otra salida que la mentira, el falso testimonio y la muerte». Precisamente «Jesús había reprendido esta actitud, ya que con los profetas, en el Antiguo Testamento, había sucedido lo mismo». Tanto es así que «Jesús había dicho» a esas personas «que sus padres habían matado a los profetas “y vosotros hacéis los monumentos, los sepulcros”» Sin embargo, su «respuesta es más que hipócrita, es cínica: “Si hubiéramos vivido en los tiempos de nuestros padres, no hubiéramos hecho lo mismo”». Y «así se lavan las manos y ante sí mismos se juzgan puros». Pero, «el corazón está cerrado a la palabra de Dios, está cerrado a la verdad, está cerrado al mensajero de Dios que trae la profecía para hacer que el pueblo de Dios siga hacia adelante».
«Me duele leer ese breve pasaje del Evangelio de Mateo, cuando Judas arrepentido va a los sacerdotes y les dice: “he pecado”, y quiere dar ... y da las monedas». Pero ellos le contestan: «¡Qué nos importa! ¡Tú verás!». Tienen «un corazón cerrado ante este pobre hombre arrepentido que no sabía qué hacer». Ellos le dicen: «Tú veras». Y así Judas «fue y se ahorcó».
Y «¿qué es lo que hacen cuando Judas va a colgarse? Hablan y dicen: “pero, pobre hombre ...”». Y, a continuación, refiriéndose a los treinta denarios añaden, «son precio de sangre, no pueden entrar en el templo». En esencia son «son los doctores de la letra», y así siguen «tal y tal y tal regla ...».
A ellos «no les importa la vida de una persona, no les importa el arrepentimiento de Judas: el Evangelio dice que regresó arrepentido». A ellos «les importa sólo su esquema de leyes y las muchas palabras y muchas cosas que han construido». «Esta es la dureza de sus corazones, la insensatez del corazón de esta gente, que dado que no podía resistir la verdad de Esteban va a buscar evidencias y testigos falsos para juzgarlo: la suerte de Esteban está marcada como la de los profetas como la de Jesús».
Y esta forma de hacer «se repetirá» en el tiempo, dijo Francisco recordando que «no sólo sucedió en los primeros tiempos de la Iglesia». Por otra parte, señaló, «la historia nos habla de mucha gente que fue asesinada, juzgada, a pesar de que era inocente: juzgada con la palabra de Dios contra la palabra de Dios». El Papa se refirió «a la caza de brujas o a santa Juana de Arco», y también «a muchos otros que fueron quemados, condenados porque no se «ajustaron», según los jueces, a la palabra de Dios».
Es «el modelo de Jesús que, por ser fiel y haber obedecido la palabra del Padre, termina en la cruz». Francisco volvió a proponer la imagen de la gran ternura de Jesús que les dijo a los discípulos de Emaús : «Insensatos y tardos de corazón». Al Señor, concluyó, «pidámosle que, con la misma ternura, mire las pequeños o grandes insensateces de nuestro corazón y nos acaricie» diciéndonos «“insensato y tardo de corazón” y comience a explicarnos las cosas».
viernes, 8 de abril de 2016
Resumen Amoris laetitia
Resumen
distribuido por la Oficina
de Prensa de la Santa Sede : “Amoris laetitia” (“La alegría del amor”), la Exhortación
apostólica post-sinodal “sobre el amor en la familia”, con fecha no casual del 19 de
marzo, Solemnidad de San José, recoge los resultados de dos Sínodos sobre la
familia convocados por Papa Francisco en el 2014 y en el 2015, cuyas Relaciones
conclusivas son largamente citadas, junto a los documentos y enseñanzas de sus
Predecesores y a las numerosas catequesis sobre la familia del mismo Papa
Francisco. Todavía, como ya ha sucedido en otros documentos magisteriales, el
Papa hace uso también de las contribuciones de diversas Conferencias
episcopales del mundo (Kenia, Australia, Argentina…) y de citaciones de
personalidades significativas como Martin Luther King o Eric Fromm. Es
particular una citación de la película “La fiesta de Babette”, que el Papa
recuerda para explicar el concepto de gratuidad.
Premisa
Pero
sobre todo el Papa afirma inmediatamente y con claridad que es necesario salir
de la estéril contraposición entre la ansiedad de cambio y la aplicación pura y
simple de normas abstractas. Escribe: “los debates que se dan en los medios de
comunicación, en las publicaciones y aún entre ministros de la Iglesia , van desde un
deseo desenfrenado de cambiar todo sin suficiente reflexión o fundamentación,
hasta la actitud de pretender resolver todo aplicando normativas generales o
extrayendo conclusiones excesivas de algunas reflexiones teológicas” (AL 2).
Capítulo primero: “A la luz de la Palabra ”
Puestas
estas premisas, el Papa articula su reflexión a partir de la Sagrada Escritura
en el primer capítulo, que se desarrolla como una meditación sobre el
Salmo 128, característico de la liturgia nupcial tanto judía como cristiana. La Biblia “está poblada de
familias, de generaciones, de historias de amor y de crisis familiares” (AL 8)
y a partir de este dato se puede meditar cómo la familia no es un ideal
abstracto sino un “trabajo ‘artesanal’” (AL 16) que se expresa con ternura (AL
28) pero que se ha confrontado también con el pecado desde el inicio, cuando la
relación de amor se transforma en dominio (cfr. AL 19). Entonces la Palabra de Dios “no se
muestra como un secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje
también para las familias que están en crisis o en medio de algún dolor, y les
muestra la meta del camino” (AL 22).
Capítulo segundo: “La realidad y los desafíos de la familia”
A
partir del terreno bíblico en el segundo capítulo el Papa considera la
situación actual de las familias, poniendo “los pies sobre la tierra” (AL 6),
recurriendo ampliamente a las Relaciones conclusivas de los dos Sínodos y
afrontando numerosos desafíos, desde el fenómeno migratorio a las negociaciones
ideológicas de la diferencia de sexos (“ideología del gender”); desde la
cultura de lo provisorio a la mentalidad antinatalista y al impacto de la
biotecnología en el campo de la procreación; de la falta de casa y de trabajo a
la pornografía y el abuso de menores; de la atención a las personas con
discapacidad, al respeto de los ancianos; de la deconstrucción jurídica de la
familia, a la violencia contra las mujeres. El Papa insiste sobre lo concreto,
que es una propiedad fundamental de la Exhortación. Y son
las cosas concretas y el realismo que ponen una substancial diferencia entre
teoría de interpretación de la realidad e “ideologías”.
Citando
la Familiares
consortio Francisco afirma que “es sano prestar atención a la realidad
concreta, porque “las exigencias y llamadas del Espíritu resuenan también en
los acontecimientos mismos de la historia”, a través de los cuales “la Iglesia puede ser guiada a
una comprensión más profunda del inagotable misterio del matrimonio y de la
familia”. (AL 31) Por lo tanto, sin escuchar la realidad no es posible
comprender las exigencias del presente ni los llamados del Espíritu. El Papa
nota que el individualismo exagerado hace difícil hoy la entrega a otra persona
de manera generosa (Cfr. AL 33). Esta es una interesante fotografía de la
situación: “se teme la soledad, se desea un espacio de protección y de
fidelidad, pero al mismo tiempo crece el temor de ser atrapado por una relación
que pueda postergar el logro de las aspiraciones personales” (AL 34).
La
humildad del realismo ayuda a no presentar “un ideal teológico del matrimonio
demasiado abstracto, casi artificialmente construido, lejano de la situación
concreta y de las posibilidades efectivas de las familias reales” (AL 36). El
idealismo aleja de considerar al matrimonio tal cual es, esto es “un camino
dinámico de crecimiento y realización”. Por esto no es necesario tampoco creer
que las familias se sostienen “solamente insistiendo sobre cuestiones
doctrinales, bioéticas y morales, sin motivar la apertura a la gracia” (AL 37).
Invitando a una cierta “autocrítica” de una presentación no adecuada de la
realidad matrimonial y familiar, el Papa insiste que es necesario dar espacio a
la formación de la conciencia de los fieles: “Estamos llamado a formar las
conciencias no a pretender sustituirlas” (AL 37). Jesús proponía un ideal
exigente pero “no perdía jamás la cercana compasión con las personas más
frágiles como la samaritana o la mujer adúltera” (AL 38).
Capítulo tercero: “La mirada puesta en Jesús: la vocación de la
familia”
El tercer
capítulo está dedicado a algunos elementos esenciales de la enseñanza de la Iglesia a cerca del
matrimonio y la familia. La presencia de este capítulo es importante porque
ilustra de manera sintética en 30 párrafos la vocación de la familia según el
Evangelio, así como fue entendida por la Iglesia en el tiempo, sobre todo sobre el tema de
la indisolubilidad, de la sacramentalidad del matrimonio, de la transmisión de
la vida y de la educación de los hijos. Son ampliamente citadas la Gaudium et spes
del Vaticano II, la Humanae
vitae de Pablo VI, la Familiares
consortio de Juan Pablo II.
La
mirada es amplia e incluye también las “situaciones imperfectas”. Leemos de
hecho: “’El discernimiento de la presencia de las ‘semina Verbi’’ en
otras culturas (cfr Ad gentes, 11) puede ser aplicado también a la
realidad matrimonial y familiar. Fuera del verdadero matrimonio natural también
hay elementos positivos presentes en las formas matrimoniales de otras
tradiciones religiosas’, aunque tampoco falten las sombras” (AL 77). La
reflexión incluye también a las “familias heridas” frente a las cuales el Papa
afirma –citando la Relatio
finalis del Sínodo 2015- “siempre es necesario recordar un principio
general: “Sepan los pastores que, por amor a la verdad, están obligados a
discernir bien las situaciones” (Familiares consortio, 84). El grado de
responsabilidad no es igual en todos los casos, y puede haber factores que
limitan la capacidad de decisión. Por lo tanto, al mismo tiempo que la doctrina
debe expresarse con claridad, hay que evitar los juicios que no toman en cuenta
la complejidad de las diversas situaciones, y hay que estar atentos al modo en
que las personas viven y sufren a causa de su condición” (AL 79).
Capítulo cuatro: “El amor en el matrimonio”
El cuarto
capítulo trata del amor en el matrimonio, y lo ilustra a partir del “himno
al amor” de san Pablo en 1 Cor 13,4-7. El capítulo es una verdadera y
propia exégesis atenta, puntual, inspirada y poética del texto paulino.
Podríamos decir que se trata de una colección de fragmentos de un discurso
amoroso que está atento a describir el amor humano en términos absolutamente
concretos. Uno se queda impresionado por la capacidad de introspección
psicológica que sella esta exégesis. La profundización psicológica entra en el
mundo de las emociones de los conyugues –positivas y negativas- y en la
dimensión erótica del amor. Se trata de una contribución extremamente rica y
preciosa para la vida cristiana de los conyugues, que no tiene hasta ahora
parangón en precedentes documentos papales.
A su
modo este capítulo constituye un tratado dentro del desarrollo más amplio,
plenamente consciente de la cotidianidad del amor que es enemiga de todo
idealismo: “no hay que arrojar sobre dos personas limitadas –escribe el
Pontífice- el tremendo peso de tener que reproducir de manera perfecta la unión
que existe entre Cristo y su Iglesia, porque el matrimonio como signo implica
“un proceso dinámico, que avanza gradualmente con la progresiva integración de
los dones de Dios”” (AL 122). Pero por otra parte el Papa insiste de manera
fuerte y decidida sobre el hecho de que “en la naturaleza misma del amor
conyugal está la apertura a lo definitivo” (AL 123), propiamente al interior de
esa “combinación de alegrías y de fatigas, de tensiones y de reposo, de
sufrimientos y de liberación, de satisfacciones y de búsquedas, de fastidios y
de placeres” (AL 126) es, precisamente, el matrimonio.
El
capítulo se concluye con una reflexión muy importante sobre la “transformación
del amor” porque “la prolongación de la vida hace que se produzca algo que no
era común en otros tiempos: la relación íntima y la pertenencia mutua deben
conservarse por cuatro, cinco o seis décadas, y esto se convierte en una
necesidad de volver a elegirse una y otra vez” (AL 163). El aspecto físico
cambia y la atracción amorosa no disminuye pero cambia: el deseo sexual con el
tiempo se puede transformar en deseo de intimidad y “complicidad”. “No podemos
prometernos tener los mismos sentimientos durante toda la vida. En cambio, sí
podemos tener un proyecto común estable, comprometernos a amarnos y a vivir
unidos hasta que la muerte nos separe, y vivir siempre una rica intimidad” (AL
163).
Capitulo quinto: “El amor que se vuelve fecundo”
El capítulo
quinto esta todo concentrado sobre la fecundidad y la generatividad del
amor. Se habla de manera espiritual y psicológicamente profunda del recibir una
vida nueva, de la espera propia del embarazo, del amor de madre y de padre.
Pero también de la fecundidad ampliada, de la adopción, de la aceptación de la
contribución de las familias para promover la “cultura del encuentro”, de la
vida de la familia en sentido amplio, con la presencia de los tíos, primos,
parientes de parientes, amigos. Amoris laetitia no toma en consideración
la familia “mononuclear”, porque es bien consciente de la familia como amplia
red de relaciones. La misma mística del sacramento del matrimonio tiene un
profundo carácter social (cfr. AL 186). Y al interno de esta dimensión el Papa
subraya en particular tanto el rol específico de la relación entre jóvenes y
ancianos, como la relación entre hermanos y hermanas como práctica de
crecimiento en relación con los otros.
Capítulo sexto: “Algunas perspectivas pastorales”
En el
sexto capítulo el Papa afronta algunas vías pastorales que orientan para
construir familias sólidas y fecundas según el plan de Dios. En esta parte la Exhortación hace un
largo recurso a las Relaciones conclusivas de los dos Sínodos y a las
catequesis del Papa Francisco y de Juan Pablo II. Se confirma que las familias
son sujeto y no solamente objeto de evangelización. El Papa señala que “a los
ministros ordenados les suele faltar formación adecuada para tratar los
complejos problemas actuales de las familias” (AL 202). Si por una parte es
necesario mejorar la formación psico-afectiva de los seminaristas e involucrar
más a las familias en la formación al ministerio (cfr. AL 203), por otra “puede
ser útil (…) también la experiencia de la larga tradición oriental de los
sacerdotes casados” (cfr. AL 239).
Después
el Papa afronta el tema de guiar a los novios en el camino de la preparación al
matrimonio, de acompañar a los esposos en los primeros años de vida matrimonial
(incluido el tema de la paternidad responsable), pero también en algunas
situaciones complejas y en particular en las crisis, sabiendo que “cada crisis esconde
una buena noticia que hay que saber escuchar afinando el oído del corazón” (AL
232). Se analizan algunas causas de crisis, entre las cuales una maduración
afectiva retrasada (cfr. AL 239).
Entre
otras cosas se habla también del acompañamiento de las personas abandonadas,
separadas y divorciadas y se subraya la importancia de la reciente reforma de
los procedimientos para el reconocimiento de los casos de nulidad matrimonial.
Se pone de relieve el sufrimiento de los hijos en las situaciones de conflicto
y se concluye: “El divorcio es un mal, y es muy preocupante el crecimiento del
número de divorcios. Por eso, sin duda, nuestra tarea pastoral más importante
con respecto a las familias, es fortalecer el amor y ayudar a sanar las
heridas, de manera que podamos prevenir el avance de este drama de nuestra
época” (AL 246).
Se
tocan después las situaciones de matrimonios mixtos y de aquellos con
disparidad de culto, y las situaciones de las familias que tienen en su
interior personas con tendencia homosexual, confirmando el respeto en relación
a ellos y el rechazo de toda injusta discriminación y de toda forma de agresión
o violencia. Pastoralmente preciosa es la parte final del capítulo; “Cuando la
muerte planta su aguijón”, sobre el tema de la perdida de las personas queridas
y la viudez.
Capítulo séptimo: “Reforzar la educación de los hijos”
El séptimo
capítulo esta todo dedicado a la educación de los hijos: su formación
ética, el valor de la sanción como estímulo, el paciente realismo, la educación
sexual, la transmisión de la fe, y más en general, la vida familiar como
contexto educativo. Es interesante la sabiduría práctica que transparenta en
cada párrafo y sobre todo la atención a la gradualidad y a los pequeños pasos
“que puedan ser comprendidos, aceptados y valorados” (AL 271).
Hay un
párrafo particularmente significativo y pedagógicamente fundamental en el cual
Francisco afirma claramente que “la obsesión no es educativa, y no se puede
tener un control de todas las situaciones por las que podría llegar a pasar un
hijo (…) Si un padre está obsesionado por saber dónde está su hijo y por
controlar todos sus movimientos, sólo buscará dominar su espacio. De ese modo
no lo educará, no lo fortalecerá, no lo preparará para enfrentar los desafíos.
Lo que interesa sobre todo es generar en el hijo, con mucho amor, procesos de
maduración de su libertad, de capacitación, de crecimiento integral, de cultivo
de la auténtica autonomía” (AL 261).
Notable
es la sección dedicada a la educación sexual titulada muy expresivamente: “Si a
la educación sexual”. Se sostiene su necesidad y se nos pregunta “si nuestras
instituciones educativas han asumido este desafío (…) en una época en que se
tiende a banalizar y a empobrecer la sexualidad”. Ella debe realizarse “en el
cuadro de una educación al amor, a la recíproca donación” (AL 280). Se pone en
guardia de la expresión “sexo seguro”, porque transmite “una actitud negativa
hacia la finalidad procreativa natural de la sexualidad, como si un posible
hijo fuera un enemigo del cual hay que protegerse. Así se promueve la
agresividad narcisista en lugar de la acogida” (AL 283).
Capítulo octavo: “Acompañar, discernir e integrar la fragilidad”
El capítulo
octavo constituye una invitación a la misericordia y al discernimiento
pastoral frente a situaciones que no responden plenamente a aquello que el
Señor propone. El Papa que escribe usa tres verbos muy importantes: “acompañar,
discernir e integrar” que son fundamentales para afrontar situaciones de
fragilidad, complejas o irregulares. Entonces el Papa presenta la necesaria
gradualidad en la pastoral, la importancia del discernimiento, las normas y
circunstancias atenuantes en el discernimiento pastoral y en fin, aquella que
él define la “lógica de la misericordia pastoral”.
El
capítulo octavo es muy delicado. Para leerlo se debe recordar que “a menudo, la
tarea de la Iglesia
asemeja a la de un hospital de campaña” (AL 291). Aquí el Pontífice asume lo
que ha sido fruto de las reflexiones del Sínodo sobre temáticas controvertidas.
Se confirma qué es el matrimonio cristiano y se agrega que “otras formas de
unión contradicen radicalmente este ideal, pero algunas lo realizan al menos de
modo parcial y análogo”. La
Iglesia por lo tanto “no deja de valorar los elementos
constructivos en aquellas situaciones que no corresponden todavía o ya no
corresponden más a su enseñanza sobre el matrimonio” (AL 292).
En
relación al “discernimiento” acerca de las situaciones “irregulares” el Papa
observa que “hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad
de las diversas situaciones, y es necesario estar atentos al modo en que las
personas viven y sufren a causa de su condición” (AL 296). Y continua: “Se
trata de integrar a todos, se debe ayudar a cada uno a encontrar su propia
manera de participar en la comunidad eclesial, para que se sienta objeto de una
misericordia “inmerecida, incondicional y gratuita”” (AL 297). Todavía: “Los
divorciados en nueva unión, por ejemplo, pueden encontrarse en situaciones muy
diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones
demasiado rígidas sin dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y
pastoral” (AL 298).
En
esta línea, acogiendo las observaciones de muchos Padres sinodales, el Papa
afirma que “los bautizados que se han divorciado y se han vuelto a casar
civilmente deben ser más integrados en la comunidad cristiana en las diversas
formas posibles, evitando cualquier ocasión de escándalo”. “Su participación
puede expresarse en diferentes servicios eclesiales (…) Ellos no sólo no tienen
que sentirse excomulgados, sino que pueden vivir y madurar como miembros vivos
de la Iglesia
(…) Esta integración es también necesaria para el cuidado y la educación
cristiana de sus hijos, que deben ser considerados los más importantes” (AL
299).
Más en
general el Papa hace una afirmación extremamente importante para comprender la
orientación y el sentido de la
Exhortación : “Si se tiene en cuenta la innumerable diversidad
de situaciones concretas (…) puede comprenderse que no debería esperarse del
Sínodo o de esta Exhortación una nueva normativa general de tipo canónica,
aplicable a todos los casos. Sólo cabe un nuevo aliento a un responsable
discernimiento personal y pastoral de los casos particulares, que debería
reconocer que, puesto que “el grado de responsabilidad no es igual en todos los
casos”, las consecuencias o efectos de una norma no necesariamente deben ser
siempre las mismas” (AL 300). El Papa desarrolla de modo profundo exigencias y
características del camino de acompañamiento y discernimiento en diálogo
profundo entre fieles y pastores. A este fin llama a la reflexión de la Iglesia “sobre los
condicionamientos y circunstancias atenuantes” en lo que reguarda a la
imputabilidad y la responsabilidad de las acciones y, apoyándose en Santo Tomas
de Aquino, se detiene sobre la relación entre “las normas y el discernimiento”
afirmando: “Es verdad que las normas generales presentan un bien que nunca se
debe desatender ni descuidar, pero en su formulación no pueden abarcar
absolutamente todas las situaciones particulares. Al mismo tiempo, hay que
decir que, precisamente por esa razón, aquello que forma parte de un
discernimiento práctico ante una situación particular no puede ser elevado a la
categoría de una norma” (AL 304).
En la
última sección del capítulo: “la lógica de la misericordia pastoral”, Papa
Francisco, para evitar equívocos, reafirma con fuerza: “Comprender las
situaciones excepcionales nunca implica ocultar la luz del ideal más pleno ni
proponer menos que lo que Jesús ofrece al ser humano. Hoy, más importante
que una pastoral de los fracasos es el esfuerzo pastoral para consolidar los
matrimonios y así prevenir las rupturas” (AL 307). Pero el sentido general
del capítulo y del espíritu que el Papa quiere imprimir a la pastoral de la Iglesia está bien resumido
en las palabras finales: “Invito a los fieles que están viviendo situaciones
complejas, a que se acerquen con confianza a conversar con sus pastores o con
laicos que viven entregados al Señor. No siempre encontrarán en ellos una
confirmación de sus propias ideas o deseos, pero seguramente recibirán una luz
que les permita comprender mejor lo que les sucede y podrán descubrir un camino
de maduración personal. E invito a los pastores a escuchar con afecto y
serenidad, con el deseo sincero de entrar en el corazón del drama de las
personas y de comprender su punto de vista, para ayudarles a vivir mejor y a
reconocer su propio lugar en la
Iglesia ” (AL 312). Sobre la “lógica de la misericordia
pastoral” Papa Francisco afirma con fuerza:“A veces nos cuesta mucho dar lugar
en la pastoral al amor incondicional de Dios. Ponemos tantas condiciones a la
misericordia que la vaciamos de sentido concreto y de significación real, y esa
es la peor manera de licuar el Evangelio” (AL 311).
Capítulo noveno: “Espiritualidad conyugal y familiar”
El noveno
capítulo está dedicado a la espiritualidad conyugal y familiar, “hecha de
miles de gestos reales y concretos” (AL 315). Con claridad se dice que “quienes
tienen hondos deseos espirituales no deben sentir que la familia los aleja del
crecimiento en la vida del Espíritu, sino que es un camino que el Señor utiliza
para llevarles a las cumbres de la unión mística” (AL 316). Todo, “los momentos
de gozo, el descanso o la fiesta, y aun la sexualidad, se experimentan como una
participación en la vida plena de su Resurrección” (AL 317). Se habla entonces
de la oración a la luz de la
Pascua , de la espiritualidad del amor exclusivo y libre en el
desafío y el anhelo de envejecer y gastarse juntos, reflejando la fidelidad de
Dios (cfr. AL 319). Y, en fin, de la espiritualidad “del cuidado, de la
consolación y el estímulo”. “Toda la vida de la familia es un “pastoreo”
misericordioso. Cada uno, con cuidado, pinta y escribe en la vida del otro” (AL
322), escribe el Papa. Es una honda “experiencia espiritual contemplar a cada
ser querido con los ojos de Dios y reconocer a Cristo en él” (AL 323).
En el
párrafo conclusivo el Papa afirma: “ninguna familia es una realidad perfecta y
confeccionada de una vez para siempre, sino que requiere una progresiva
maduración de su capacidad de amar (...). Todos estamos llamados a mantener
viva la tensión hacia un más allá de nosotros mismos y de nuestros límites, y
cada familia debe vivir en ese estímulo constante. ¡Caminemos familias, sigamos
caminando! (…) No desesperemos por nuestros límites, pero tampoco renunciemos a
buscar la plenitud de amor y de comunión que se nos ha prometido” (AL 325).
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