miércoles, 22 de abril de 2015

Audiencia 20150422


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! En la catequesis anterior sobre la familia, me detuve sobre el primer relato de la creación del ser humano, en el primer capítulo del Génesis, en donde está escrito: “Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer” (1,27).
Hoy quisiera completar la reflexión con el segundo relato, que encontramos en el segundo capítulo. Aquí leemos que el Señor, después de haber creado el cielo y la tierra “modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz un aliento de vida. Así el hombre se convirtió en un ser viviente” (2,7). Es el culmen de la creación. Pero falta algo. Luego Dios pone al hombre en un bellísimo jardín, “para que lo cultivara y lo cuidara” (cfr. 2, 15).
El Espíritu Santo, que ha inspirado toda la Biblia, sugiere por un momento la imagen del hombre solo - le falta algo - sin mujer. Y sugiere el pensamiento de Dios, casi el sentimiento de Dios que lo mira, que observa a Adán solo en el jardín: es libre, es señor, pero está solo. Y Dios ve que esto “no está bien”: es como una falta de comunión, le falta una comunión, una falta de plenitud. “No está bien” - dice Dios - y agrega: “Voy a hacerle una ayuda adecuada” (2,18).
Entonces Dios presenta al hombre todos los animales; el hombre da a cada uno de ellos su nombre – y ésta es otra imagen de la señoría del hombre sobre la creación – pero no encuentra en ningún animal el otro similar a sí mismo.  El hombre continúa solo. Cuando finalmente Dios presenta a la mujer, el hombre reconoce exultante que aquella creatura, y sólo aquella, es parte de él: “¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!” (2, 23). Finalmente, hay un reflejo, una reciprocidad. Y cuando una persona – es un ejemplo para entender bien esto -  quiere dar la mano a otra, debe tener otro adelante: si uno da la mano y no tiene nada, la mano está allí, le falta la reciprocidad. Así era el hombre, le faltaba algo para llegar a su plenitud, le faltaba reciprocidad. La mujer no es una “replica” del hombre; viene directamente del gesto creador de Dios. La imagen de la “costilla” no expresa de ninguna  manera inferioridad o subordinación sino, al contrario, que hombre y mujer son de la misma sustancia y son complementarios. También tienen esta reciprocidad. Y el hecho que - siempre en la parábola -  Dios plasme la mujer mientras el hombre duerme, subraya precisamente que ella no es de ninguna manera creatura del hombre, sino de Dios. Y también sugiere otra cosa: para encontrar a la mujer y podemos decir, para encontrar el amor en la mujer, pero para encontrar la mujer, el hombre primero debe soñarla, y luego la encuentra.
La confianza de Dios en el hombre y en la mujer, a los cuales confía la tierra, es generosa, directa y plena. Pero es aquí que el maligno introduce en su mente la sospecha, la incredulidad, la desconfianza. Y finalmente, llega la desobediencia al mandamiento que los protegía. Caen en aquel delirio de omnipotencia que contamina todo y destruye la armonía. También nosotros lo sentimos dentro de nosotros, tantas veces, todos.
El pecado genera desconfianza y división entre el hombre y la mujer. Su relación será acechada por mil formas de prevaricación y de sometimiento, de seducción engañosa y de prepotencia humillante, hasta aquellas más dramáticas y violentas. La historia trae consigo las huellas. Pensemos, por ejemplo, en los excesos negativos de las culturas patriarcales. Pensemos en las múltiples formas de machismo donde la mujer era considerada de segunda clase. Pensemos en la instrumentalización y mercantilización del cuerpo femenino en la actual cultura mediática. Pero pensemos también en la reciente epidemia de desconfianza, de escepticismo e incluso de hostilidad que se difunde en nuestra cultura – en particular a partir de una comprensible desconfianza de las mujeres – con respecto a una alianza entre hombre y mujer que sea capaz, al mismo tiempo, de afinar la intimidad de la comunión y de custodiar la dignidad de la diferencia.
Si no encontramos un sobresalto de simpatía por esta alianza, capaz de poner a las nuevas generaciones al amparo de la desconfianza y de la indiferencia, los hijos vendrán al mundo siempre más erradicados de ella, desde el seno materno. La devaluación social por la alianza estable y generativa del hombre y de la mujer es ciertamente una pérdida para todos. ¡Debemos revalorizar el matrimonio y la familia! Y la Biblia dice una cosa bella: el hombre encuentra la mujer, ellos se encuentran, y el hombre debe dejar algo para encontrarla plenamente. Y por esto, el hombre dejará a su padre y a su madre para ir con ella. ¡Es bello! Esto significa comenzar un camino. El hombre es todo para la mujer y la mujer es toda para el hombre.
Por lo tanto, la custodia de esta alianza del hombre y de la mujer, aun pecadores y heridos, confundidos y humillados, desalentados e inciertos, para nosotros creyentes es una vocación ardua y apasionante, en la condición actual. El mismo relato de la creación y del pecado, en su final, nos entrega un ícono bellísimo: “El Señor Dios hizo al hombre y a su mujer unas túnicas de pieles y los vistió” (Gen 3, 21). Es una imagen de ternura hacia aquella pareja pecadora que nos deja a boca abierta: la ternura de Dios por el hombre y por la mujer. Es una imagen de custodia paterna de la pareja humana. Dios mismo cuida y protege su obra maestra.

lunes, 13 de abril de 2015

Santa Marta 20150413

Sólo el Espíritu Santo nos da la «fuerza de anunciar a Jesucristo hasta el testimonio final». Y el Espíritu «viene de cualquier parte, como el viento». En la homilía de la misa que celebró el lunes 13 de abril en Santa Marta, el Papa Francisco afrontó el tema de la «valentía cristiana» que es una «gracia que da el Espíritu Santo».
El punto de partida de su reflexión fue un pasaje de los Hechos de los apóstoles (4, 23-31). Se trata de la parte final de un largo relato «que comienza con un milagro que hacen Pedro y Juan: la curación del cojo que estaba en la puerta llamada «Hermosa», pidiendo limosna». El Papa hizo referencia a todo el episodio y recordó que Pedro miró al cojo «y le dijo: “No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: levántate y camina”». El hombre se curó. La gente que vio esto quedó asombrada «y alababa a Dios». Entonces «Pedro aprovechó para anunciar el Evangelio, para anunciar la buena noticia de Jesucristo: para anunciar a Jesucristo».
A ese punto, explicó el Papa Francisco, los sacerdotes se encontraban molestos: enviaron a «algunos a detener a Pedro y a Juan», quienes se mostraron como «gente sencilla, sin instrucción». Los dos apóstoles «permanecieron en la cárcel esa noche». Al día siguiente los sacerdotes decidieron «prohibirle hablar en nombre de Jesús, de predicar esta doctrina». Pero ellos «continuaron»; es más, Pedro —que «era quien hablaba en nombre de los dos»— afirmó: «Si es justo obedeceros a vosotros en lugar de obedecer a Dios: nosotros obedecemos a Dios». Y añadió «la palabra que hemos escuchado muchas veces: “No podemos menos de contar lo que hemos visto y oído».
De aquí el Pontífice retomó el pasaje propuesto por la liturgia del día, donde se lee que los dos, «al ser puestos en libertad», fueron a contar a la comunidad «lo que les habían dicho los sumos sacerdotes y los ancianos», y que todos, ante esas palabras, «todos invocaron a una a Dios y comenzaron a rezar», recorriendo las etapas de la historia de la salvación hasta Jesús. Y «al terminar la oración, tembló el lugar donde estaban reunidos y todos se llenaron de Espíritu Santo y proclamaban la Palabra de Dios con franqueza».
Precisamente en esta última palabra —«franqueza»— se detuvo el Pontífice destacando cómo en esa oración común se lee: «“Ahora, Señor, fíjate en sus amenazas y concede a tus siervos” no huir: “predicar con toda franqueza tu palabra”». Aquí emerge la indicación para cada cristiano: «Podemos decir», subrayó el Papa Francisco, que «también hoy el mensaje de la Iglesia es el mensaje del camino de la franqueza, del camino de la valentía cristiana». Esa palabra, explicó, «se puede traducir “valor”, “franqueza”, “libertad de hablar”, “no tener miedo de decir las cosas”». Es la “parresía”. Los dos apóstoles «pasaron del temor a la franqueza, a decir las cosas con libertad».

El círculo de la reflexión del Papa se cerró con la relectura del pasaje del Evangelio de san Juan (3, 1-8), o sea del «diálogo un poco misterioso entre Jesús y Nicodemo, sobre el “segundo nacimiento”». En este punto el Pontífice se preguntó: «En toda la historia, ¿quién es el verdadero protagonista? En este itinerario de la franqueza, ¿quién es el verdadero protagonista? ¿Pedro, Juan, el cojo curado, la gente que escuchaba, los sacerdotes, los soldados, Nicodemo, Jesús?». Y la respuesta fue: «el verdadero protagonista es precisamente el Espíritu Santo. Porque Él es el único capaz de darnos esta gracia de la valentía de anunciar a Jesucristo».
Es la «valentía del anuncio» lo que «nos distingue del simple proselitismo». Explicó el Papa: «Nosotros no hacemos publicidad» para tener «más “socios” en nuestra “sociedad espiritual”». Esto «no funciona, no es cristiano». En cambio, «lo que el cristiano hace es anunciar con valentía; y el anuncio de Jesucristo provoca, mediante el Espíritu Santo, ese estupor que nos hace seguir adelante». Por eso «el verdadero protagonista de todo esto es el Espíritu Santo», hasta el punto que –como se lee en los Hechos de los Apóstoles– cuando los discípulos terminaron la oración, el lugar donde se encontraban tembló y todos quedaron llenos de Espíritu. Fue, dijo el Papa Francisco, «como un nuevo Pentecostés».
El Espíritu Santo es, por lo tanto, el protagonista, hasta el punto que Jesús dice a Nicodemo que se puede nacer de nuevo pero que «el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene y adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu». Por ello, explicó el Pontífice, «es precisamente el Espíritu quien nos cambia, quien viene de cualquier parte, como el viento». Y también: «solamente el Espíritu es capaz de cambiar nuestra actitud, de cambiarnos, de cambiar la actitud, de cambiar la historia de nuestra vida, cambiar incluso nuestra pertenencia». Y es el Espíritu mismo quien dio la fuerza a los dos apóstoles, «hombres sencillos y sin instrucción», de «anunciar a Jesucristo hasta el testimonio final: el martirio».
Aquí está entonces la enseñanza para cada creyente: «el camino de la valentía cristiana es una gracia que da el Espíritu Santo». Hay, en efecto, «muchos caminos que podemos tomar, incluso que nos dan una cierta valentía», por lo que se puede decir: «¡Mira qué valiente la decisión que tomó!». Pero todo esto «es instrumento de algo más grande: el Espíritu». Y «si no está el Espíritu, podemos hacer muchas cosas, mucho trabajo, pero no sirve de nada».
Por eso, concluyó el Papa, después del día de Pascua, «que duró ocho días», la Iglesia «nos prepara para recibir el Espíritu Santo». Ahora, «en la celebración del misterio de la muerte y resurrección de Jesús, podemos recordar toda la historia de salvación», que es también «nuestra propia historia de salvación», y podemos «pedir la gracia de recibir el Espíritu para que nos dé la auténtica valentía para anunciar a Jesucristo».

viernes, 27 de marzo de 2015

Santa Marta 20150326

Podemos imaginar la alegría de Abraham, exultante de gozo en la esperanza de llegar a ser padre, como Dios le promete (Gen 17,3-9). Abraham es viejo, igual que su mujer Sara, pero cree, abre su corazón a la esperanza y se queda lleno de alegría. Jesús, en el Evangelio de hoy, recuerda a los doctores de la ley que Abraham exultó en la esperanza de ver su día y quedó lleno de gozo (Jn 8,51-59).

Y eso es lo que no entendían aquellos doctores de la ley. No comprendían la alegría de la promesa; no entendían la alegría de la esperanza; no comprendían la alegría de la alianza. ¡No lo entendían! No sabían gozar, porque habían perdido el sentido de la alegría, que solo viene de la fe. Nuestro padre Abraham fue capaz de alegrarse porque tenía fe: fue justificado por su fe. Éstos, en cambio, habían perdido la fe. Eran doctores de la ley, ¡pero sin fe! Y peor aún: ¡habían perdido la ley! Porque el centro de la ley es el amor, el amor a Dios y al prójimo.

Solo tenían un sistema de doctrinas concretas que precisaban cada día más para que nadie lo tocase. Hombres sin fe, sin ley, apegados a doctrinas que acaban siendo una casuística: ¿se puede pagar el impuesto al César o no? ¿Esta mujer, que ha estado casada siete veces, cuando vaya al Cielo será esposa de los siete? Todo casuística… Ese era su mundo, un mundo abstracto, un mundo sin amor, un mundo sin fe, un mundo sin esperanza, un mundo sin confianza, un mundo sin Dios. ¡Por eso no podía alegrarse!

A lo mejor esos doctores de la ley podían hasta divertirse, pero sin alegría, es más, con miedo. Esa es la vida sin fe en Dios, sin confianza en Dios, sin esperanza en Dios. Y su corazón estaba petrificado. Es triste ser creyente sin alegría, y no hay alegría cuando no hay fe, cuando no hay esperanza, cuando no hay ley, sino solo prescripciones, doctrina fría. La alegría de la fe, la alegría del Evangelio es la piedra de toque de la fe de una persona. Sin alegría, esa persona no es un verdadero creyente.

Repitamos estas palabras de Jesús: Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría (Jn 8,56). Pidamos al Señor la gracia de exultar en la esperanza, la gracia de poder ver el día de Jesús, cuando nos encontremos con Él, y la gracia de la alegría.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Santa Marta 20150324

Si tenemos caprichos espirituales con Dios, y no somos capaces de aceptar el estilo divino, nos ponemos tristes, y acabamos murmurando. Es un error que hoy cometen tantos cristianos, como nos cuenta la Biblia que le pasó —en su día— al pueblo judío, cuando fue salvado de la esclavitud de Egipto.

Acabamos de leer en el Libro de los Números (21,4-9) el episodio en que los judíos se rebelan, cansados de huir por el desierto, hartos del alimento “sin cuerpo” del maná, y empiezan a murmurar contra Moisés y contra Dios. Muchos acabarán mordidos por serpientes venenosas, y morirán. Solo la oración de Moisés, que intercede por ellos y levanta un estandarte con una serpiente —símbolo de la Cruz en la que colgará Cristo (cfr. Jn 8,28)—, salvará del veneno a quien la mire. También entre los cristianos a veces nos encontramos un poco así, como envenenados ante el descontento de la vida. “Sí, es verdad, Dios es bueno, pero los cristianos… no tanto”. “Cristianos sí, pero…”. Son los que no acaban de abrir el corazón a la salvación de Dios, ¡siempre poniendo condiciones!: “sí, pero…; sí, sí, claro que quiero salvarme, pero… a mi modo...”. ¡Así se envenena el corazón!

Muchas veces, también nosotros decimos que estamos hartos del estilo divino; no aceptamos el don de Dios con su estilo: ¡y ese es el pecado, ese es el veneno! No nos gusta el estilo de Dios, y eso nos envenena el alma, nos quita la alegría y no nos deja avanzar. Sin embargo, Jesús repara ese pecado subiendo al Calvario. Él mismo toma el veneno —el pecado— y es levantado sobre la tierra. Pues bien, esa tibieza del alma, ese ser cristianos a medias —“cristianos sí, pero…”—, ese entusiasmo inicial para seguir al Señor, y que luego nos deja descontentos, solo se cura mirando la Cruz, mirando a Dios que asume nuestros pecados: ¡mis pecados están ahí!

¡Cuántos cristianos mueren hoy en el desierto de su tristeza, de su murmuración, por no querer el estilo de Dios! Miremos la serpiente, el veneno, allí, en el cuerpo de Cristo —el veneno de todos los pecados del mundo—, y pidamos la gracia de aceptar los momentos difíciles, de aceptar el estilo divino de la salvación, de aceptar también ese alimento tan flojo del que se quejaban los judíos, de aceptar las cosas de Dios, de aceptar los caminos por los que el Señor me saca adelante. Que esta Semana Santa —que empieza el domingo— nos ayude a salir de esa tentación de volvernos “cristianos sí, pero…”.

lunes, 16 de marzo de 2015

Santa Marta 20150316

 Dios está enamorado de nosotros y nosotros somos su sueño de amor. Ningún teólogo puede explicar esto, mientras nosotros sólo podemos llorar de alegría. De este modo podemos sintetizar cuanto afirmó el Papa Francisco en su homilía de la misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta. El sueño de Dios
Partiendo de la primera lectura del profeta Isaías, en que el Señor dice que creará “nuevos cielos y nueva tierra”, el Papa Bergoglio reafirmó que la segunda creación de Dios es más “maravillosa” aún de la primera, porque “cuando el Señor ‘rehace’ el mundo arruinado por el pecado”, lo ‘rehace’ en Jesucristo. Y en este renovar todo, Dios manifiesta su inmensa alegría:
“Encontramos que el Señor tiene tanto entusiasmo: habla de alegría y dice una palabra: ‘Gozaré de mi pueblo’. El Señor piensa en lo que hará, piensa que Él, Él mismo estará en la alegría con su pueblo. Es como si fuera un sueño del Señor: el Señor sueña. Tiene sus sueños. Sus sueños sobre nosotros. ‘Ah, qué bello será cuando nos encontraremos todos juntos, cuando nos reencontraremos allá o cuando aquella persona, aquella otra… aquella otra caminará conmigo… ¡Y yo gozaré en aquel momento!’. Para poner un ejemplo que nos pueda ayudar, como si una muchacha con su novio o el muchacho con su novia pensara: ‘Cuando estemos juntos, cuando nos casemos…’. Es el ‘sueño’ de Dios”.
Estamos en la mente y en el corazón de Dios
“Dios –  prosiguió explicando el Papa –  piensa en cada uno de nosotros” y “piensa bien, nos quiere, ‘sueña’ con nosotros. Sueña acerca de la alegría que gozará con nosotros. Por esta razón el Señor quiere ‘re-crearnos’, y hacer nuevo nuestro corazón, ‘re-crear’ nuestro corazón para hacer que la alegría triunfe”:
“¿Han pensado? ‘¡El Señor sueña conmigo! ¡Piensa en mí! ¡Yo estoy en la mente, en el corazón del Señor! ¡El Señor es capaz de cambiarme la vida!’. Y hace tantos planes: ‘Fabricaremos casas, plantaremos viñas, comeremos juntos’… todas estas ilusiones que hace sólo un enamorado… Y aquí el Señor se deja ver enamorado de su pueblo. Y cuando le dice a su pueblo: ‘Pero yo no te he elegido porque tú eres el más fuerte, el más grande, el más potente. Te he elegido porque tú eres el más pequeños de todos. También puede decir: el más miserable de todos. Pero yo te he elegido así’. Y esto es el amor”.
Ningún teólogo puede explicar el amor de Dios por nosotros
Dios “está enamorado de nosotros” –  repitió el Santo Padre al comentar el pasaje del Evangelio de la curación del hijo del funcionario real:
“Creo que no haya ningún teólogo que pueda explicar esto: no se puede explicar. Sobre esto sólo se puede pensar, sentir, llorar. De alegría. El Señor nos puede cambiar. ‘¿Y qué debo hacer?’. Creer. Creer que el Señor puede cambiarme, que Él es Todopoderoso: como hizo aquel hombre del Evangelio que tenía al hijo enfermo. ‘Señor, ven, antes que mi niño muera’. ‘Ve’, ¡tu hijo vive!’. Aquel hombre creyó en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Creyó. Creyó que el Señor tenía el poder de cambiar a su niños, la salud de su niño. Y ganó. La fe es hacer espacio a este amor de Dios, es hacer espacio al poder, al poder de Dios, pero no al poder de uno que es muy potente, sino al poder de uno que me ama, que está enamorado de mí y que quiere la alegría conmigo. Esto es la fe. Esto es creer: es hacer espacio al Señor para que venga y me cambie”.

martes, 10 de marzo de 2015

Santa Marta 20150310

Dios es omnipotente, pero hasta su omnipotencia, en cierto modo, se para ante la puerta cerrada de un corazón. Un corazón que no quiera perdonar a quien le haya herido. Acabamos de verlo en el Evangelio (Mt 18,21-35), cuando Jesús explica a Pedro que hay que perdonar setenta veces siete, o sea, siempre, porque el perdón de Dios por nosotros y nuestro perdón a los demás están estrechamente conectados.
Todo empieza por cómo nos presentemos nosotros primero a Dios para pedirle  perdón. Tenemos un buen ejemplo en la Primera Lectura (Dan 3,25.34-43), cuando el profeta Azarías pide clemencia por el pecado de su pueblo, que está sufriendo, pero que también es culpable de haber abandonado la ley del Señor. Azarías no protesta, no se queja ante Dios por los sufrimientos; más bien reconoce los errores del pueblo y se arrepiente. Pedir perdón es muy distinto a “lo siento”. ¿Me equivoco? Pues, lo siento, perdona, me he equivocado. ¿He pecado?... ¡Nada que ver una cosa con la otra! El pecado no es un simple error. El pecado es idolatría, es adorar al ídolo del orgullo, de la vanidad, del dinero, del yo, del bienestar…, y tantos ídolos como tenemos. Por eso Azarías no se excusa: ¡pide perdón!
El perdón hay que pedirlo sinceramente, con el corazón, y también de corazón hay que perdonar a quien nos haya hecho algo malo. Como el señor de la parábola evangélica contada por Jesús, que perdona una deuda enorme a un siervo suyo porque se compadece de sus súplicas. Y no como ese mismo siervo hizo con un compañero suyo, tratándolo sin piedad y metiéndolo en la cárcel, cuando solo le debía una cantidad irrisoria.
La dinámica del perdón es la que nos enseña Jesús en el Padrenuestro: Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden (Mt 6,12). Si yo no soy capaz de perdonar, no soy capaz de pedir perdón. —Pero yo voy a confesarme…¿Y qué haces antes de confesarte? —Pues pienso en lo que he hecho mal…. —Bien. —Y pido perdón al Señor y prometo no hacerlo más… —Bien. ¿Y luego vas al sacerdote? Pues antes te falta una cosa: ¿has perdonado a los que te han hecho algún mal?
En una palabra, el perdón que Dios te dé requiere el perdón que tú des a los demás. Esa es la enseñanza de Jesús sobre el perdón. Primero: pedir perdón no es un simple excusarse, sino ser conscientes del pecado, de la idolatría cometida. Segundo: Dios siempre perdona, ¡siempre!, pero pide que yo perdone. Si yo no perdono, en cierto sentido, le cierro la puerta al perdón de Dios. Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.


lunes, 9 de marzo de 2015

Santa Marta 20150309

Dios actúa en la humildad y en el silencio, su estilo no es el espectáculo, reiteró el Papa Francisco en la Misa matutina en la Casa de Santa Marta. En el Evangelio del día, Jesús reprocha a los habitantes de Nazaret por su falta de fe. Al comienzo, lo escuchan con admiración, pero luego estalla ‘la ira, la indignación’:«En aquel momento, a esta gente, que escuchaba con gusto lo que decía Jesús, no le gustó lo que decía a uno, dos o tres, y quizá algún chismoso se levantó y dijo: ‘¿Pero de qué viene a hablarnos éste? ¿Dónde estudió para decirnos estas cosas? ¡Que nos muestre su doctorado! ¿En qué Universidad estudió? Éste es el hijo del carpintero y lo conocemos bien’. Estalló la furia, también la violencia. Lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina, para despeñarlo».
Es un estilo que atraviesa ‘toda la historia de la salvación’
La primera lectura habla de Naamán, comandante del ejército sirio, leproso. El profeta Elíseo le dice que se bañe siete veces en el Jordán para sanarse y también él se indigna, porque pensaba en un gesto más grande. Luego escucha el consejo de los siervos, hace lo que el profeta le dice y la lepra desaparece. Tanto los habitantes de Nazaret como Naamán – señaló el Papa – ‘querían espectáculo’, pero ‘el estilo del buen Dios no es el de dar espectáculo: Dios actúa en la humildad, en el silencio, en las cosas pequeñas’. Ello a partir de la Creación, donde el Señor no agarra una ‘varilla mágica’, sino que crea al hombre ‘con el fango’. Es un estilo que atraviesa ‘toda la historia de la salvación’:
«Cuando quiso liberar a su pueblo, lo liberó por la fe y la confianza de un hombre, Moisés. Cuando quiso hacer caer la poderosa ciudad de Jericó, lo hizo a través de una prostituta. También para la conversión de los samaritanos pidió el trabajo de otra pecadora. Cuando él envió a David a luchar contra Goliat, parecía una locura: el pequeño David ante ese gigante, que tenía una espada, tenía tantas cosas. Y David sólo una honda y piedras. Cuando le dijo a los Magos que había nacido el Rey, el Gran Rey ¿qué encontraron ellos? A un niño, en un pesebre. Las cosas simples, la humildad de Dios, éste es el estilo divino, nunca el espectáculo».
Así actúa el Señor, en la humildad y lo mismo nos pide a nosotros
El Papa recordó que ‘también una de las tres tentaciones de Jesús en el desierto: el espectáculo’. Satanás lo invita a tirarse desde el pináculo del Templo para que, viendo el milagro, la gente pueda creer en Él. Pero ‘el Señor se revela en la sencillez y en la humildad’. ‘Nos hará bien en esta Cuaresma – concluyó el Papa Francisco – pensar en nuestra vida, sobre cómo el Señor nos ha ayudado, cómo el Señor nos hecho ir adelante, y encontraremos que siempre lo ha hecho con cosas simples’:
«Así actúa el Señor: hace las cosas simplemente. Te habla silenciosamente al corazón. Recordemos en nuestra vida las tantas veces que hemos oído estas cosas: la humildad de Dios es su estilo.  Y también en la celebración litúrgica, en los sacramentos, qué lindo es que se manifieste la humildad de Dios y no en el espectáculo mundano. Nos hará bien recorrer nuestra vida y pensar en las tantas veces que el Señor nos ha visitado con su gracia. Y siempre con este estilo humilde, el estilo que también Él nos pide a nosotros: la humildad».