Igual que las abejas producen la dulce miel libando el néctar de las flores, Mis Ideas son el producto de muchos años de estudio y reflexión. Si alguna de Mis Ideas no son tan dulces como la miel la culpa es mía.
«He regresado a casa, y les aseguro que mi alegría es más grande que mi
cansancio», anuncia el mismo Papa Francisco en su tweet de hoy, tras su
llegada al aeropuerto romano de Ciampino, este lunes por la mañana,
proveniente de Río de Janeiro donde culminó con éxito rotundo la JMJ
2013. Una intensa semana de la juventud del mundo, que abrazó al Santo
Padre, recibiendo su bendición, sus sonrisas, sus oraciones, su
esperanza y su aliento de Pastor de la Iglesia universal a ser dichosos y
fervientes discípulos y misioneros de Cristo. Sonriendo, el Santo
Padre bajó del avión en el que aterrizó a las 11. 25 de la mañana, hora
de Roma, para luego trasladarse en automóvil hasta el Vaticano, pasando
primero en acción de gracias ante la imagen de la Madre de Dios, María
Salus Populi Romani, que está en la Basílica papal de Santa María la
Mayor
Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, Queridos jóvenes
«Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos». Con estas palabras,
Jesús se dirige a cada uno de ustedes diciendo: «Qué bueno ha sido
participar en la Jornada Mundial de la Juventud, vivir la fe junto a
jóvenes venidos de los cuatro ángulos de la tierra, pero ahora tú debes
ir y transmitir esta experiencia a los demás». Jesús te llama a ser un
discípulo en misión. Hoy a la luz de la palabra de Dios que acabamos de
oír, ¿Qué nos dice hoy el Señor? ¿Qué nos dice hoy el Señor? Tres
palabras: Vayan, sin miedo, para servir. 1. Vayan. Durante
estos días aquí en Río, ustedes han podido hacer la bella experiencia de
encontrar a Jesús y de encontrarlo juntos, sintiendo la alegría de la
fe. Pero la experiencia de este encuentro no puede quedar encerrada en
la vida de ustedes, o en el pequeño grupo de la parroquia, del
movimiento o de la comunidad de ustedes. Sería como quitarle el oxígeno a
una llama que arde. La fe es una llama que se hace más viva cuanto más
es compartida, transmitida, para que todos puedan conocer, amar y
profesar a Jesucristo, que es el Señor de la vida y de la historia (cf.
Rm 10,9). Pero ¡cuidado! Jesús no ha dicho: si quieren, si
tienen tiempo, ¡Vayan!, sino que dijo: «Vayan y hagan discípulos a todos
los pueblos». Compartir la experiencia de la fe, dar testimonio de la
fe, anunciar el evangelio es el mandato que el Señor confía a toda la
Iglesia, también a ti; es un mandato que no nace de la voluntad de
dominio, de la voluntad de poder, sino de la fuerza del amor, del hecho
que Jesús ha venido antes a nosotros y nos ha dado, no nos dio algo de
sí, sino se nos dio todo Él. Ha dado su vida para salvarnos y mostrarnos
el amor y la misericordia de Dios. Jesús no nos trata como a esclavos,
sino como a hombres libres, amigos, hermanos; y no sólo nos envía, sino
que nos acompaña, está siempre a nuestro lado en esta misión de amor.
¿Para dónde nos envía Jesús? No hay fronteras, no hay límites: nos
envía para todas las personas. El evangelio es para todos, y no para
algunas personas. No es sólo para aquellos que parecen más cercanos a
nosotros, más abiertos, más acogedores. Es para todas las personas. No
tengan miedo de ir y llevar a Cristo a todos los ambientes, hasta las
periferias existenciales, incluidos aquellos que parecen más distantes,
más indiferentes. El Señor busca a todos, quiere que todos sientan el
calor de su misericordia y de su amor. De forma especial,
quisiera que este mandato de Cristo: «Vayan», resonara en ustedes
jóvenes de la Iglesia en América Latina, comprometidos en la misión
continental promovida por los obispos. El Brasil, América Latina, el
mundo necesita de Cristo. San Pablo dice: «¡Ay de mí si no anuncio el
evangelio!» (1 Co 9,16). Este continente ha recibido el anuncio del
Evangelio, que marcó su camino y produjo mucho fruto. Ahora este anuncio
se les ha confiado también a ustedes, para que resuene con fuerza
renovada. La Iglesia necesita de ustedes, del entusiasmo, de la
creatividad y de la alegría que los caracteriza. Un gran apóstol de
Brasil, el beato José de Anchieta, partió en misión cuando tenía apenas
diecinueve años! ¿Saben cuál es el mejor medio para evangelizar a los
jóvenes? Otro joven. Éste es el camino a recorrer por ustedes. 2.
Sin miedo. Puede que alguno piense: «No tengo ninguna preparación
especial, ¿cómo puedo ir y anunciar el evangelio?». Querido amigo, tu
miedo no se diferencia mucho del de Jeremías. Escuchamos en la lectura
recién, cuando fue llamado por Dios para ser profeta: «¡Ay, Señor, Dios
mío! Mira que no sé hablar, que sólo soy un niño». También Dios les dice
a ustedes lo que dijo a Jeremías: «No les tengas miedo, que yo estoy
contigo para librarte» (Jr 1,6.8). Él está con nosotros. «No
tengan miedo». Cuando vamos a anunciar a Cristo, es Él mismo el que va
por delante y nos guía. Al enviar a sus discípulos en misión, ha
prometido: «Yo estoy con ustedes todos los días» (Mt 28,20). Y esto es
verdad también para nosotros. Jesús no nos deja solos, ¡nunca deja solo a
nadie! ¡Nos acompaña siempre! Además Jesús no dijo: «Andá»,
sino «Vayan»: somos enviados juntos. Queridos jóvenes, sientan la
compañía de toda la Iglesia, y también la comunión de los santos, en
esta misión. Cuando juntos hacemos frente a los desafíos, entonces somos
fuertes, descubrimos recursos que pensábamos que no teníamos. Jesús no
ha llamado a los apóstoles para que vivan aislados, los ha llamado a
formar un grupo, una comunidad. Quisiera dirigirme también a ustedes,
queridos sacerdotes que concelebran conmigo esta Eucaristía: han venido
para acompañar a sus jóvenes, y es bonito compartir esta experiencia de
fe. Seguro que los ha rejuvenecidos a todos. ¡El joven contagia
juventud! Pero es una etapa en el camino. Por favor, sígan
acompañándolos con generosidad y alegría, ayúdenlos a comprometerse
activamente en la Iglesia; que nunca se sientan solos. Y aquí quiero
agradecer de corazón a los grupos de pastoral juvenil, a los movimientos
y nuevas comunidades que acompañan a los jóvenes en su experiencia de
ser Iglesia, tan creativos, tan audaces. ¡Sigan adelante y no tengan
miedo!
3. La última palabra: para servir. En el
inicio del salmo que proclamado escuchamos estas palabras: «Canten al
Señor un cántico nuevo» (95,1). ¿Cuál es este cántico nuevo? No son
palabras, no es una melodía, sino que es el canto de nuestra vida, es
dejar que nuestra vida se identifique con la Vida de Jesús, es tener sus
sentimientos, sus pensamientos, sus acciones. Y la vida de Jesús es una
vida para los demás. La vida de Jesús es una vida para los demás, es
una vida de servicio. San Pablo, en la lectura que escuchamos
hace poco, decía: «Me hice esclavo de todos, a fin de ganar el mayor
número posible» (1 Co 9,19). Para anunciar a Jesús, Pablo se hizo
«esclavo de todos». Evangelizar significa testimoniar personalmente el
amor de Dios, significa superar nuestros egoísmos, significa servir
inclinándonos a lavar los pies de nuestros hermanos como hizo Jesús.
Tres palabras: “Vayan, sin miedo, para servir”. Siguiendo estas tres
palabras “Vayan, sin miedo, para servir”, experimentarán que quien
evangeliza es evangelizado, quien transmite la alegría de la fe, recibe
más alegría. Queridos jóvenes, cuando vuelvan a sus casas, no tengan
miedo de ser generosos con Cristo, de dar testimonio del Evangelio. En
la primera lectura, cuando Dios envía al profeta Jeremías, le da el
poder para «arrancar y arrasar, para destruir y demoler, para reedificar
y plantar» (Jr 1,10). También es así para ustedes. Llevar el Evangelio
es llevar la fuerza de Dios para arrancar y arrasar el mal y la
violencia; para destruir y demoler las barreras del egoísmo, la
intolerancia y el odio; para edificar un mundo nuevo. Queridos jóvenes,
¡Jesucristo cuenta con ustedes! ¡La Iglesia cuenta con ustedes! ¡El Papa
cuenta con ustedes! Que María, Madre de Jesús y Madre nuestra, les
acompañe siempre con su ternura: «Vayan y hagan discípulos a todos los
pueblos». Amén
Queridos jóvenes Buenas tardes. Veo en ustedes la
belleza del rostro joven de Cristo, y mi corazón se llena de alegría.
Recuerdo la primera Jornada Mundial de la Juventud a nivel
internacional. Se celebró en 1987 en Argentina, en mi ciudad de Buenos
Aires. Guardo vivas en la memoria estas palabras de Juan Pablo II a los
jóvenes: “¡Tengo tanta esperanza en vosotros! Espero sobre todo que
renovéis vuestra fidelidad a Jesucristo y a su cruz redentora” (Discurso
a los Jóvenes, 11 de abril 1987: Insegnamenti, X/1 [1987], p. 1261). Antes
de continuar, quisiera recordar el trágico accidente en la Guyana
francesa, que sufrieron los jóvenes que venían a esta jornada, allí
perdió la vida la joven Sophie Morinière, y otros jóvenes resultaron
heridos. Los invito a hacer un instante de silencio y de oración a Dios
nuestro Padre por Sophie, los heridos y sus familiares. Este
año, la Jornada vuelve, por segunda vez, a América Latina. Y ustedes,
jóvenes, han respondido en gran número a la invitación de Benedicto XVI,
que los ha convocado para celebrarla. A él se lo agradecemos de todo
corazón y a él que nos convocó hoy aquí le enviamos un saludo y un
fuerte aplauso. Ustedes saben, ustedes saben que antes de venir a
Brasil, estuve charlando con él y le pedí que me acompañara en el viaje
con la oración y me dijo los acompaño con la oración y estaré junto al
televisor, así que ahora nos está viendo. Mi mirada se extiende sobre
esta gran muchedumbre: ¡Son ustedes tantos! Llegados de todos los
continentes. Distantes, a veces no sólo geográficamente, sino también
desde el punto de vista existencial, cultural, social, humano. Pero hoy
están aquí, o más bien, hoy estamos aquí, juntos, unidos para compartir
la fe y la alegría del encuentro con Cristo, de ser sus discípulos. Esta
semana, Río se convierte en el centro de la Iglesia, en su corazón vivo
y joven, porque ustedes han respondido con generosidad y entusiasmo a
la invitación que Jesús les ha hecho para estar con él, para ser sus
amigos. El tren de esta Jornada Mundial de la Juventud ha
venido de lejos y ha atravesado la Nación brasileña siguiendo las etapas
del proyecto “Bota fe - Poné fe”. Hoy ha llegado a Río de Janeiro.
Desde el Corcovado, el Cristo Redentor nos abraza, nos bendice. Viendo
este mar, la playa y a todos ustedes, me viene a la mente el momento en
que Jesús llamó a sus primeros discípulos a orillas del lago de
Tiberíades. Hoy Jesús nos sigue preguntando: ¿Querés ser mi discípulo?
¿Querés ser mi amigo? ¿Querés ser testigo del Evangelio? En el corazón
del Año de la fe, estas preguntas nos invitan a renovar nuestro
compromiso cristiano. Sus familias y comunidades locales les han
transmitido el gran don de la fe. Cristo ha crecido en ustedes. Hoy
quiere venir aquí para confirmarlos en esta fe, la fe en Cristo vivo que
habita en ustedes, pero he venido yo también para ser confirmado por el
entusiasmo de la fe de ustedes. Ustedes saben que en la vida de un
obispo hay tantos problemas que piden ser solucionados y con estos
problemas y dificultades la fe del obispo puede entristecerse, qué feo
es un obispo triste, qué feo que es. Para que mi fe no sea triste, he
venido aquí para contagiarme con el entusiasmo de ustedes Los
saludo con cariño, a ustedes aquí presentes, venidos de los cinco
continentes y, a través de ustedes, saludo a todos los jóvenes del
mundo, en particular a aquellos que querían venir a Río de Janeiro y no
han podido. A los que nos siguen por medio de la radio, la televisión e
internet, a todos les digo: ¡Bienvenidos a esta fiesta de la fe! En
diversas partes del mundo, muchos jóvenes están reunidos ahora para
vivir juntos con nosotros este momento: sintámonos unidos unos a otros
en la alegría, en la amistad, en la fe. Y tengan certeza de que mi
corazón de Pastor los abraza a todos con afecto universal. Porque lo más
importante hoy es esta reunión de ustedes y la reunión de todos los
jóvenes que nos están siguiendo a través de los medios ¡El Cristo
Redentor, desde la cima del monte Corvado, los acoge y los abraza en
esta bellísima ciudad de Río! Un saludo particular al
Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos, el querido e
incansable Cardenal Stanislaw Rilko, y a cuantos colaboran con él.
Agradezco a Monseñor Orani João Tempesta, Arzobispo de São Sebastião do
Río de Janeiro, la cordial acogida que me ha dispensado. Además quiero
decir aquí que los cariocas saben recibir bien, saben dar una gran
acogida y agradecerle el gran trabajo realizado para preparar esta
Jornada Mundial de la Juventud, junto a sus obispos auxiliares con las
diversas diócesis de este inmenso Brasil. Mi agradecimiento también se
dirige a todas las autoridades nacionales, estatales y locales, y a
cuantos han contribuido para hacer posible este momento único de
celebración de la unidad, de la fe y de la fraternidad. Gracias a los
Hermanos Obispos, a los sacerdotes, a los seminaristas, a las personas
consagradas y a los fieles laicos que acompañan a los jóvenes, desde
diversas partes de nuestro planeta, en su peregrinación hacia Jesús. A
todos y a cada uno, un abrazo afectuoso en Jesús y con Jesús. ¡Hermanos y amigos, bienvenidos a la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud, en esta maravillosa ciudad de Río de Janeiro!
Queridos hermanos y hermanas Es bello estar aquí con
ustedes. Ya desde el principio, al programar la visita a Brasil, mi
deseo era poder visitar todos los barrios de esta nación. Habría querido
llamar a cada puerta, decir «buenos días», pedir un vaso de agua
fresca, tomar un «cafezinho», no un vasito de cachaça, hablar
como amigo de casa, escuchar el corazón de cada uno, de los padres, los
hijos, los abuelos... Pero Brasil, ¡es tan grande! Y no se puede llamar
a todas las puertas. Así que elegí venir aquí, a visitar vuestra
Comunidad, que hoy representa a todos los barrios de Brasil. ¡Qué
hermoso es ser recibidos con amor, con generosidad, con alegría! Basta
ver cómo habéis decorado las calles de la Comunidad; también esto es un
signo de afecto, nace del corazón, del corazón de los brasileños, que
está de fiesta. Muchas gracias a todos por la calurosa bienvenida.
Agradezco a los esposos Rangler y Joana sus cálidas palabras. 1.
Desde el primer momento en que he tocado el suelo brasileño, y también
aquí, entre vosotros, me siento acogido. Y es importante saber acoger;
es todavía más bello que cualquier adorno. Digo esto porque, cuando
somos generosos en acoger a una persona y compartimos algo con ella
—algo de comer, un lugar en nuestra casa, nuestro tiempo— no nos hacemos
más pobres, sino que nos enriquecemos. Ya sé que, cuando alguien que
necesita comer llama a su puerta, siempre encuentran ustedes un modo de
compartir la comida; como dice el proverbio, siempre se puede «añadir
más agua a los frijoles». ¿Se puede añadir más agua a los frijoles? ¡Siempre! Siempre!Y lo hacen con amor, mostrando que la verdadera riqueza no está en las cosas, sino en el corazón.
Y el pueblo brasileño, especialmente las personas más sencillas, pueden
dar al mundo una valiosa lección de solidaridad, una palabra a menudo
olvidada u omitida, porque es incomoda. Me gustaría hacer un llamamiento
a quienes tienen más recursos, a los poderes públicos y a todos los
hombres de buena voluntad comprometidos en la justicia social: que no se
cansen de trabajar por un mundo más justo y más solidario. Nadie puede
permanecer indiferente ante las desigualdades que aún existen en el
mundo. Que cada uno, según sus posibilidades y responsabilidades,
ofrezca su contribución para poner fin a tantas injusticias sociales. No
es la cultura del egoísmo, del individualismo, que muchas veces regula
nuestra sociedad, la que construye y lleva a un mundo más habitable,
sino la cultura de la solidaridad; no ver en el otro un competidor o un
número, sino un hermano. Deseo alentar los esfuerzos que la
sociedad brasileña está haciendo para integrar todas las partes de su
cuerpo, incluidas las que más sufren o están necesitadas, a través de la
lucha contra el hambre y la miseria. Ningún esfuerzo de «pacificación»
será duradero, ni habrá armonía y felicidad para una sociedad que
ignora, que margina y abandona en la periferia una parte de sí misma.
Una sociedad así, simplemente se empobrece a sí misma; más aún, pierde
algo que es esencial para ella. No dejemos entrar en nuestro corazón la
cultura de lo descartable, porque somos hermanos y ninguno es
descartable. Recordémoslo siempre: sólo cuando se es capaz de compartir,
llega la verdadera riqueza; todo lo que se comparte se multiplica.
Pensemos en la multiplicación de los panes de Jesús. La medida de la
grandeza de una sociedad está determinada por la forma en que trata a
quien está más necesitado, a quien no tiene más que su pobreza. 2.
También quisiera decir que la Iglesia, «abogada de la justicia y
defensora de los pobres ante intolerables desigualdades sociales y
económicas, que claman al cielo» (Documento de Aparecida, 395), desea
ofrecer su colaboración a toda iniciativa que pueda significar un
verdadero desarrollo de cada hombre y de todo el hombre. Queridos
amigos, ciertamente es necesario dar pan a quien tiene hambre; es un
acto de justicia. Pero hay también un hambre más profunda, el hambre de
una felicidad que sólo Dios puede saciar. Hambre de dignidad. No hay una
verdadera promoción del bien común, ni un verdadero desarrollo del
hombre, cuando se ignoran los pilares fundamentales que sostienen una
nación, sus bienes inmateriales: la vida, que es un don de Dios, un
valor que siempre se ha de tutelar y promover; la familia, fundamento de
la convivencia y remedio contra la desintegración social; la educación
integral, que no se reduce a una simple transmisión de información con
el objetivo de producir ganancias; la salud, que debe buscar el
bienestar integral de la persona, incluyendo la dimensión espiritual,
esencial para el equilibrio humano y una sana convivencia; la seguridad,
en la convicción de que la violencia sólo se puede vencer partiendo del
cambio del corazón humano. 3. Quisiera decir una última cosa.
Aquí, como en todo Brasil, hay muchos jóvenes. Queridos jóvenes,
ustedes tienen una especial sensibilidad ante la injusticia, pero a
menudo se sienten defraudados por los casos de corrupción, por las
personas que, en lugar de buscar el bien común, persiguen su propio
interés. A ustedes y a todos les repito: nunca se desanimen, no pierdan
la confianza, no dejen que la esperanza se apague. La realidad puede
cambiar, el hombre puede cambiar. Sean los primeros en tratar de hacer
el bien, de no habituarse al mal, sino a vencerlo. La Iglesia los
acompaña ofreciéndoles el don precioso de la fe, de Jesucristo, que ha
«venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10).
Hoy digo a todos ustedes, y en particular a los habitantes de esta
Comunidad de Varginha: No están solos, la Iglesia está con ustedes, el
Papa está con ustedes. Llevo a cada uno de ustedes en mi corazón y hago
mías las intenciones que albergan en lo más íntimo: la gratitud por las
alegrías, las peticiones de ayuda en las dificultades, el deseo de
consuelo en los momentos de dolor y sufrimiento. Todo lo encomiendo a la
intercesión de Nuestra Señora de Aparecida, la Madre de todos los
pobres del Brasil, y con gran afecto les imparto mi Bendición, gracias!
Señor
Cardenal,
Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
Queridos hermanos y hermanas ¡Qué alegría venir a la casa de la Madre de todo brasileño, el Santuario
de Nuestra Señora de Aparecida! Al día siguiente de mi elección como Obispo de
Roma fui a la Basílica de Santa María la Mayor, en Roma, con el fin de
encomendar a la Virgen mi ministerio. Hoy he querido venir
aquí para pedir a María, nuestra Madre, el éxito de la Jornada Mundial de la
Juventud, y poner a sus pies la vida del pueblo latinoamericano. Quisiera ante todo decirles una cosa. En este santuario, donde hace seis
años se celebró la V Conferencia General del Episcopado de América Latina y el
Caribe, ha ocurrido algo muy hermoso, que he podido constatar personalmente: ver
cómo los obispos —que trabajaban sobre el tema del encuentro con Cristo, el
discipulado y la misión— se sentían alentados, acompañados y en cierto sentido
inspirados por los miles de peregrinos que acudían cada día a confiar su vida a
la Virgen: aquella Conferencia ha sido un gran momento de Iglesia. Y, en efecto,
puede decirse que el Documento de Aparecida nació precisamente de esta urdimbre entre el trabajo de los
Pastores y la fe sencilla de los peregrinos, bajo la protección materna de
María. La Iglesia, cuando busca a Cristo, llama siempre a la casa de la Madre y
le pide: «Muéstranos a Jesús». De ella se aprende el verdadero discipulado. He
aquí por qué la Iglesia va en misión siguiendo siempre la estela de María. Hoy, en vista de la Jornada Mundial de la Juventud que me ha traído a
Brasil, también yo vengo a llamar a la puerta de la casa de María —que amó a
Jesús y lo educó— para que nos ayude a todos nosotros, Pastores del Pueblo de
Dios, padres y educadores, a transmitir a nuestros jóvenes los valores que los
hagan artífices de una nación y de un mundo más justo, solidario y fraterno.
Para ello, quisiera señalar tres sencillas actitudes, tres sencillas actitudes: mantener la esperanza,
dejarse sorprender por Dios y vivir con alegría. 1. Mantener la esperanza. La Segunda Lectura de la Misa presenta una
escena dramática: una mujer —figura de María y de la Iglesia— es perseguida por
un dragón —el diablo— que quiere devorar a su hijo. Pero la escena no es de
muerte sino de vida, porque Dios interviene y pone a salvo al niño (cf. Ap
12,13a-16.15-16a). Cuántas dificultades hay en la vida de cada uno, en nuestra
gente, nuestras comunidades. Pero, por más grandes que parezcan, Dios nunca deja
que nos hundamos. Ante el desaliento que podría haber en la vida, en quien
trabaja en la evangelización o en aquellos que se esfuerzan por vivir la fe como
padres y madres de familia, quisiera decirles con fuerza: Tengan siempre en el
corazón esta certeza: Dios camina a su lado, en ningún momento los abandona.
Nunca perdamos la esperanza. Jamás la apaguemos en nuestro corazón. El «dragón»,
el mal, existe en nuestra historia, pero no es el más fuerte. El más fuerte es
Dios, y Dios es nuestra esperanza. Es cierto que hoy en día, todos un poco, y
también nuestros jóvenes, sienten la sugestión de tantos ídolos que se ponen en
el lugar de Dios y parecen dar esperanza: el dinero, el éxito, el poder, el
placer. Con frecuencia se abre camino en el corazón de muchos una sensación de
soledad y vacío, y lleva a la búsqueda de compensaciones, de estos ídolos
pasajeros. Queridos hermanos y hermanas, seamos luces de esperanza. Tengamos una
visión positiva de la realidad. Demos aliento a la generosidad que caracteriza a
los jóvenes, ayudémoslos a ser protagonistas de la construcción de un mundo
mejor: son un motor poderoso para la Iglesia y para la sociedad. Ellos no sólo
necesitan cosas. Necesitan sobre todo que se les propongan esos valores
inmateriales que son el corazón espiritual de un pueblo, la memoria de un
pueblo. Casi los podemos leer en este santuario, que es parte de la memoria de
Brasil: espiritualidad, generosidad, solidaridad, perseverancia, fraternidad,
alegría; son valores que encuentran sus raíces más profundas en la fe cristiana. 2. La segunda actitud: dejarse sorprender por Dios. Quien es hombre,
mujer de esperanza —la gran esperanza que nos da la fe— sabe que Dios actúa y
nos sorprende también en medio de las dificultades. Y la historia de este
santuario es un ejemplo: tres pescadores, tras una jornada baldía, sin lograr
pesca en las aguas del Río Parnaíba, encuentran algo inesperado: una imagen de
Nuestra Señora de la Concepción. ¿Quién podría haber imaginado que el lugar de
una pesca infructuosa se convertiría en el lugar donde todos los brasileños
pueden sentirse hijos de la misma Madre? Dios nunca deja de sorprender, como con
el vino nuevo del Evangelio que acabamos de escuchar. Dios guarda lo mejor para
nosotros. Pero pide que nos dejemos sorprender por su amor, que acojamos sus
sorpresas. Confiemos en Dios. Alejados de él, el vino de la alegría, el vino de
la esperanza, se agota. Si nos acercamos a él, si permanecemos con él, lo que
parece agua fría, lo que es dificultad, lo que es pecado, se transforma en vino
nuevo de amistad con él. 3. La tercera actitud: vivir con alegría. Queridos amigos, si caminamos
en la esperanza, dejándonos sorprender por el vino nuevo que nos ofrece Jesús,
ya hay alegría en nuestro corazón y no podemos dejar de ser testigos de esta
alegría. El cristiano es alegre, nunca triste. Dios nos acompaña. Tenemos una
Madre que intercede siempre por la vida de sus hijos, por nosotros, como la
reina Esther en la Primera Lectura (cf. Est 5,3). Jesús nos ha mostrado
que el rostro de Dios es el de un Padre que nos ama. El pecado y la muerte han
sido vencidos. El cristiano no puede ser pesimista. No tiene el aspecto de quien
parece estar de luto perpetuo. Si estamos verdaderamente enamorados de Cristo y
sentimos cuánto nos ama, nuestro corazón se «inflamará» de tanta alegría que
contagiará a cuantos viven a nuestro alrededor. Como decía Benedicto XVI, aquí,
en este Santuario: «El discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no
hay futuro» (Discurso Inaugural de la V Conferencia general del Episcopado Latinoamericano y
del Caribe, Aparecida, 13 de mayo 2007: Insegnamenti III/1 [2007], p. 861).
Queridos amigos, hemos venido a llamar a la puerta de la casa de María.
Ella nos ha abierto, nos ha hecho entrar y nos muestra a su Hijo. Ahora ella nos
pide: «Hagan todo lo que él les diga» (Jn 2,5). Sí, Madre, nos
comprometemos a hacer lo que Jesús nos diga. Y lo haremos con esperanza,
confiados en las sorpresas de Dios y llenos de alegría. Que así sea.
«Este
primer viaje es justo para encontrar a los jóvenes, pero encontrarlos
no aislados de su vida: sino que quisiera encontrarlos en el tejido
social, en la sociedad. Porque cuando aislamos a los jóvenes cometemos
una injusticia: les quitamos su pertenencia. Los jóvenes tienen una
pertenencia: una pertenencia a una familia, a una patria, a una
cultura, a una fe... ¡Tienen una pertenencia y no debemos aislarlos!
¡Pero, sobre todo, no aislarlos de toda la sociedad! Ellos - ¡de
verdad! – son el futuro de un pueblo: ¡eso es verdad! Pero no sólo
ellos: ellos son el futuro porque tienen fuerza, son jóvenes, van hacia
adelante. Pero también en el otro extremo de la vida, las personas
mayores, los ancianos son el futuro de un pueblo. Un pueblo tiene futuro
si va adelante con todos, con los dos puntos: con la juventud, con la
fuerza - porque la fuerza va adelante- y con los ancianos.... Creo que
hacemos una injusticia con los ancianos: todos somos parte de la
sociedad... ellos no han dejado de darnos algo importante, tienen la
sabiduría, la sabiduría de la vida, la sabiduría de la historia, la
sabiduría de la patria, la sabiduría de la familia, y de todo ello
tenemos necesidad. Y por eso digo que voy a encontrar a los jóvenes,
pero en su tejido social, principalmente, con los ancianos... Es
cierto que la crisis mundial no hace cosas buenas para los jóvenes. Leí
la semana pasada, el porcentaje de jóvenes sin trabajo: imagínense que
corremos el riesgo de tener una generación que nunca ha tenido un
trabajo ... Y del trabajo viene la dignidad de la persona: ganarse el
pan ... Los jóvenes, en este momento, están en crisis. Y ... estamos
acostumbrados a esta cultura del descarte: con los ancianos se hace
demasiado a menudo. Y ahora incluso con tantos jóvenes sin trabajo,
también para ellos llega la cultura del descarte. ¡Tenemos que cortar
esta costumbre del descarte! ¿No? La cultura de la inclusión, la cultura
del encuentro, debemos hacer un esfuerzo para incluir a todos en la
sociedad! ?»
El próximo viernes 5 de julio, a las 11,00 de la mañana, en el Aula Juan
Pablo II de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, tendrá lugar la
presentación de la primera Encíclica del Papa Francisco, “Lumen fidei”. Intervendrán
en esta rueda de prensa el Cardenal Marc Ouellet, Prefecto de la
Congregación para los obispos con Mons. Gerhard Ludwig Müller, Prefecto
de la Congregación para la doctrina de la fe y Mons. Rino Fisichella,
Presidente del Consejo pontificio para la promoción de la Nueva
Evangelización. La Encíclica estará disponible a partir de ese día en italiano, francés, inglés, alemán, español y portugués.