Igual que las abejas producen la dulce miel libando el néctar de las flores, Mis Ideas son el producto de muchos años de estudio y reflexión. Si alguna de Mis Ideas no son tan dulces como la miel la culpa es mía.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! En este primer domingo
después de Navidad, la Liturgia nos invita a celebrar la fiesta de la
Sagrada Familia de Nazaret. En efecto, cada pesebre nos muestra a Jesús
junto a la Virgen y a San José, en la gruta de Belén. Dios ha querido
nacer en una familia humana, ha querido tener una madre y un padre. Como
nosotros. Y hoy el Evangelio nos presenta a la Sagrada Familia en el
camino doloroso del exilio, en busca de refugio en Egipto. José, María y
Jesús experimentan la condición dramática de los prófugos, marcada por
el miedo, la incertidumbre y las estrecheces (Cfr. Mt 2, 13-15.19-23). Lamentablemente,
en nuestros días, millones de familias pueden reconocerse en esta
triste realidad. Casi cada día la televisión y los periódicos dan
noticias de prófugos que huyen del hambre, de la guerra, de otros
peligros graves, en busca de seguridad y de una vida digna para ellos y
para sus propias familias. En tierras lejanas, incluso cuando
encuentran trabajo, no siempre, no siempre los prófugos y los inmigrados
encuentran acogida verdadera, respeto, aprecio de los valores de los
que son portadores. Sus legítimas expectativas chocan con situaciones
complejas y dificultades que parecen, a veces, insuperables. Por esta
razón, mientras fijamos la mirada en la Sagrada Familia de Nazaret en el
momento en que está obligada a hacerse prófuga, pensemos en el drama de
aquellos migrantes y refugiados que son víctimas del rechazo y de la
explotación. Que son víctimas de la trata de personas y del trabajo
esclavo. Pero también pensemos en otros “exiliados”, yo los llamaría
“exiliados escondidos”, aquellos “exiliados” que puede haber dentro de
las mismas familias: los ancianos, por ejemplo, que a veces son tratados
como presencias molestas. Muchas veces pienso que un signo para saber cómo va una familia es ver cómo se tratan en ella a los niños y a los ancianos. Jesús
ha querido pertenecer a una familia que ha experimentado el exilio,
para que nadie se sienta excluido de la cercanía amorosa de Dios. La
fuga en Egipto a causa de las amenazas de Herodes nos muestra que Dios
está allí donde el hombre está en peligro, allí donde el hombre sufre,
allí donde escapa, donde experimenta el rechazo y el abandono; pero Dios
también está allí donde el hombre sueña, espera volver a su patria en
la libertad, proyecta y elige para la vida y la dignidad suya y de sus
familiares. Hoy nuestra mirada sobre la Sagrada Familia nos deja
atraer también por la sencillez de la vida que ella conduce en Nazaret.
Es un ejemplo que hace tanto bien a nuestras familias, las ayuda a
convertirse cada vez más en comunidad de amor y de reconciliación, en la
que se experimenta la ternura, la ayuda recíproca, el perdón recíproco.
Recordemos las tres palabras clave para vivir en paz y alegría en
la familia: “permiso”, “gracias”, “perdón”. Cuando en una familia no se
es entrometido, cuando en una familia no se es entrometido y se pide
permiso, cuando en una familia no se es egoísta y se aprende a decir
gracias, gracias, y cuando en una familia uno se da cuenta de que ha
hecho algo malo y sabe pedir perdón, ¡en esa familia hay paz y hay
alegría! Recordemos estas tres palabras. Pero podemos repetirlas
todos juntos.¡He! Permiso, gracias, perdón. Todos: Permiso, gracias,
perdón. Pero también quisiera animar a las familias a tomar
conciencia de la importancia que tienen en la Iglesia y en la sociedad.
En efecto, el anuncio del Evangelio pasa ante todo, a través de las
familias, para alcanzar después los diversos ámbitos de la vida
cotidiana. Invoquemos con fervor a María Santísima, la Madre de
Jesús y Madre nuestra, y a San José, su esposo. Pidamos a ellos que
iluminen, consuelen, guíen a toda familia del mundo, para que se pueda
cumplir con dignidad y serenidad la misión que Dios le ha encomendado.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! En este IV Domingo de
Adviento, el Evangelio nos relata los hechos que precedieron al
nacimiento de Jesús, y el evangelista Mateo los presenta desde el punto
de vista de San José, el esposo prometido de la Virgen María. José y
María vivían en Nazaret; aún no habitaban juntos, porque el matrimonio
todavía no se había celebrado. Mientras tanto, María, después de haber
acogido el anuncio del Ángel, estaba encinta por obra del Espíritu
Santo. Cuando José se da cuenta de este hecho, permanece desconcertado. El
Evangelio no explica sus pensamientos, pero nos dice lo esencial: él
trata de hacer la voluntad de Dios y está dispuesto a la renuncia más
radical. En lugar de defenderse y de hacer valer sus propios derechos,
José elige una solución que para él representa un enorme sacrificio. Y
el Evangelio dice: “Como era justo y no quería ponerla en evidencia,
resolvió repudiarla en secreto” (1, 19). ¡Esta breve frase resume un
verdadero y propio drama interior, si pensamos en el amor que José
tenía por María! Pero también en semejante circunstancia, José desea
hacer la voluntad de Dios y decide, seguramente con gran dolor, despedir
a María en secreto. Es necesario meditar sobre estas palabras, para
entender cuál fue la prueba que José tuvo que sostener en los días que
precedieron el nacimiento de Jesús. Una prueba semejante a la del
sacrificio de Abraham, cuando Dios le pidió a su hijo Isaac (Cfr. Ge 22): renunciar a lo más precioso, a la persona más amada. Pero,
como en el caso de Abraham, el Señor interviene: ha encontrado la fe
que buscaba y abre un camino diverso, un camino de amor y de felicidad:
“José – le dice – no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo
engendrado en ella es del Espíritu Santo” (Mt 1, 20). Este
Evangelio nos muestra toda la grandeza de espíritu de San José. Él
estaba siguiendo un buen proyecto de vida, pero Dios reservaba para él
otro designio, una misión más grande. José era un hombre que escuchaba
siempre la voz de Dios, profundamente sensible a su secreto deseo, un
hombre atento a los mensajes que le llegaban de lo profundo del corazón y
de lo alto. No se obstinó en perseguir su proyecto de vida, no permitió
que el rencor le envenenara el ánimo, sino que estuvo listo para
ponerse a disposición de la novedad que se le presentaba de modo
desconcertante. Y así, ¡era un hombre bueno! No odiaba, y no permitió
que el rencor le envenenara el ánimo. ¡Pero cuántas veces a nosotros el
odio, también la antipatía, el rencor nos envenenan el alma! ¡Esto hace
mal! No lo permitan jamás, él es un ejemplo de esto. Y de este modo
José se volvió más libre y grande aún. Aceptándose según el designio del
Señor, José se encuentra plenamente, más allá de sí mismo. Esta
libertad suya de renunciar a lo que es suyo, a la posesión de su propia
existencia, y esta plena disponibilidad interior suya a la voluntad de
Dios, nos interpelan y nos muestran el camino. Nos disponemos
entonces a celebrar la Navidad contemplando a María y a José: María, la
mujer llena de gracia que ha tenido el coraje de encomendarse totalmente
a la Palabra de Dios; José, el hombre fiel y justo que ha preferido
creer al Señor en lugar de escuchar las voces de la duda y del orgullo
humano. Con ellos, caminamos juntos hacia Belén.
«Queridos hermanos y hermanas: Hoy es el tercer domingo de
Adviento, denominado también ‘domingo Gaudete’, domingo de la alegría.
En la liturgia resuena en repetidas ocasiones la invitación a la
alegría, a alegrarse, porque el Señor está cerca. ¡La Navidad está
cerca! El mensaje cristiano se llama "evangelio", es decir "buena
noticia", un anuncio de alegría para todo el pueblo; ¡la Iglesia no es
un refugio para personas tristes, la Iglesia es la casa de la alegría! Y
aquellos que están tristes, encuentran en ella la alegría. Encuentran
en ella la verdadera alegría. Pero la del Evangelio no es una
alegría cualquiera. Encuentra su razón en el saberse acogidos y amados
por Dios. Como nos recuerda hoy, el profeta Isaías (cf. 35,1-6ª. 8a.10),
Dios es el que viene a salvarnos y presta socorro especialmente a los
descorazonados. Su venida entre nosotros nos fortalece, nos da firmeza,
nos dona coraje, hace exultar y florecer el desierto y la estepa, es
decir, nuestra vida cuando se vuelve árida. ¿Y cuándo se hace árida
nuestra vida? Cuando está sin el agua de la Palabra de Dios y de su
Espíritu de amor. Por grandes que puedan ser nuestros límites y nuestra
confusión y desaliento, no se nos permite ser débiles y vacilantes ante
las dificultades y ante nuestras propias debilidades. Por el
contrario, se nos invita a fortalecer nuestras manos, a hacer firmes
nuestras rodillas, a tener coraje y a no temer, porque nuestro Dios
muestra siempre la grandeza de su misericordia. Él nos da la fuerza para
ir adelante. Él está siempre con nosotros para ayudarnos a ir adelante.
¡Es un Dios que nos quiere tanto, nos ama, y por eso está con nosotros,
para ayudarnos, para fortalecernos, e ir adelante! ¡Coraje, siempre
adelante! Gracias a su ayuda, siempre podemos empezar de
nuevo. ¿Cómo comenzar de nuevo? Alguno me puede decir: “No padre, soy un
gran pecador, soy una gran pecadora, yo no puedo recomenzar de nuevo”.
¡Te equivocas! ¡Tú puedes recomenzar de nuevo! ¿Por qué? ¡Porque Él te
espera! ¡Él está cerca de ti! ¡Él te ama! ¡Él es misericordioso! ¡Él te
perdona! ¡Él te da la fuerza de recomenzar de nuevo! ¡A todos! Podemos
volver a abrir los ojos, superar la tristeza y el llanto, y cantar un
canto nuevo. Y esta alegría verdadera permanece siempre
también en la prueba, incluso en el sufrimiento, porque no es
superficial, sino que llega a lo más profundo de la persona que se
encomienda a Dios y confía en Él.
La alegría cristiana,
como la esperanza, tiene su fundamento en la fidelidad de Dios, en la
certeza de que Él mantiene siempre sus promesas. El profeta Isaías
exhorta a aquellos que han perdido el camino y se encuentran en la
desesperación, a confiar en la fidelidad del Señor porque su salvación
no tardará en irrumpir en sus vidas. Cuantos han encontrado a Jesús, a
lo largo del camino, experimentan en el corazón una serenidad y una
alegría, de la que nada ni nadie puede privarlos. ¡Nuestra
alegría es Cristo, su amor fiel e inagotable! Por lo tanto, cuando un
cristiano se vuelve triste, quiere decir que se ha alejado de Jesús.
¡Pero entonces no hay que dejarlo solo! Tenemos que rezar por él y
hacerle sentir la calidez de la comunidad. Que la Virgen María
nos ayude a acelerar nuestros pasos hacia Belén para encontrar al Niño
que ha nacido para nosotros, para la salvación y la alegría de todos los
hombres. A Ella el Ángel le dijo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor
está contigo" (Lc 1, 28 ). Ella nos obtenga vivir la alegría del
Evangelio en las familias, en el trabajo, en las parroquias y en todos
los ambientes. ¡Una alegría íntima, hecha de estupor y ternura. La misma
que siente una mamá cuando mira a su niño recién nacido y siente que es
un don de Dios, un milagro que sólo puede agradecer!
Los cristianos alérgicos a los predicadores siempre tienen algo que
criticar, pero en realidad tienen miedo de abrir la puerta al Espíritu
Santo y se vuelven tristes: lo afirmó el Papa Francisco este viernes en
la Misa presidida en la Casa de Santa Marta. En el Evangelio del
día, Jesús compara la generación de su tiempo con aquellos muchachos
siempre descontentos “que no saben jugar con felicidad, que rechazan
siempre la invitación de los otros: si hay música, no bailan; si se
canta un canto de lamento, no lloran … ninguna cosa les está bien”. El
Santo Padre explicó que aquella gente “no estaba abierta a la Palabra de
Dios”. Su rechazo “no es al mensaje, es al mensajero”. Rechazan a Juan
el Bautista, que “no come y no bebe” pero dicen que “¡es un
endemoniado!”. Rechazan a Jesús, porque dicen que “es un glotón, un
borracho, amigo de publicanos y pecadores”. Siempre tienen un motivo
para criticar al predicador: “Y ellos, la gente de aquel tiempo,
preferían refugiarse en una religión más elaborada: en los preceptos
morales, como aquel grupo de fariseos; en el compromiso político, como
los saduceos; en la revolución social, como los zelotas; en la
espiritualidad gnóstica, como los esenios. Con su sistema bien limpio,
bien hecho. Pero al predicador, no. También Jesús les hace recordar:
‘Sus padres han hecho lo mismo con los profetas’. El pueblo de Dios
tiene una cierta alergia por los predicadores de la Palabra: a los
profetas, los ha perseguido, los ha asesinado”. Estas personas -
prosiguió el Obispo de Roma- dicen aceptar la verdad de la revelación,
“pero al predicador, la predicación, no. Prefieren una vida enjaulada
en su preceptos, en sus compromisos, en sus planes revolucionarios o en
su espiritualidad” desencarnada. Son aquellos cristianos siempre
descontentos de lo que dicen los predicadores: “Estos cristianos
que son cerrados, que están enjaulados, estos cristianos tristes … no
son libres. ¿Por qué? Porque tienen miedo de la libertad del Espíritu
Santo, que viene a través de la predicación. Y este es el escándalo de
la predicación, del que hablaba San Pablo: el escándalo de la
predicación que termina en el escándalo de la Cruz. Escandaliza el hecho
que Dios nos hable a través de hombres con límites, hombres pecadores:
¡escandaliza! Y escandaliza más que Dios nos hable y nos salve a través
de un hombre que dice que es el Hijo de Dios y que termina como un
criminal. Eso escandaliza”. “Estos cristianos tristes – afirmó
Francisco - no creen en el Espíritu Santo, no creen en aquella libertad
que viene de la predicación, que te advierte, te enseña, te abofetea,
también; pero que es precisamente la libertad que hace crecer a la
Iglesia”: “Viendo a esos muchachos que tienen miedo de bailar, de
llorar, miedo de todo, que en todo piden seguridad, pienso en esos
cristianos tristes que siempre critican a los predicadores de la Verdad,
porque tienen miedo de abrir la puerta al Espíritu Santo. Recemos por
ellos, y recemos también por nosotros, para que no nos convirtamos en
cristianos tristes, quitando al Espíritu Santo la libertad de venir a
nosotros a través del escándalo de la predicación”.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!: Hoy voy a comenzar la
última serie de reflexiones sobre nuestra profesión de fe, tratando la
afirmación: "Creo en la vida eterna". En particular, voy a reflexionar
sobre el juicio final. Pero no tengan miedo: oigamos lo que dice la
Palabra de Dios. Al respecto, leemos en el Evangelio de Mateo: entonces
Cristo “vendrá en su gloria rodeado de todos los ángeles…Todas las
naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros,
como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a
su derecha y a estos a su izquierda.... éstos irán al castigo eterno, y
los justos a la Vida eterna» ( Mt 25,31-33.46 ). Cuando pensamos en el
regreso de Cristo y su juicio final, que revelará, hasta sus últimas
consecuencias, lo que cada uno haya hecho o dejado de hacer durante su
vida terrena, percibimos que estamos ante un misterio que nos supera,
que ni siquiera podemos imaginar. Un misterio que despierta casi
instintivamente en nosotros un sentimiento de temor, y quizás incluso
trepidación. Sin embargo, si pensamos con atención acerca de este hecho,
sólo puede agrandar el corazón de un cristiano y ser una gran fuente de
consuelo y confianza.
En este sentido, el testimonio de las
primeras comunidades cristianas es muy sugestivo. Éstas de hecho,
acompañaban las celebraciones y oraciones habitualmente con la
aclamación Maranathá, una expresión que consta de dos palabras en arameo
que, dependiendo de la forma en que se pronuncian, se pueden entender
como una súplica: " ¡Ven, Señor ", o como una certeza alimentada por la
fe: "Sí, elSeñor viene, el Señor está cerca". Es la exclamación con la
que culmina toda la Revelación cristiana, al final de la contemplación
maravillosa que se nos ofrece en el Apocalipsis de Juan (cf. Ap 22,20).
En ese caso, es la Iglesia-esposa que, en nombre de toda la humanidad y,
como primicia, se dirige a Cristo, su esposo, ante la deseada espera de
ser envuelta en su abrazo: el abrazo de Jesús, que es plenitud de vida y
plenitud de amor. Así se abraza a Jesús. Si pensamos en el juicio en
esta perspectiva, el miedo y la duda desaparecen y dejan espacio a la
espera y a una profunda alegría: será el momento en que seremos juzgados
finalmente, listos para ser revestidos con la gloria de Cristo, como
con un vestido nupcial, y llevados al banquete, imagen de la comunión
plena y definitiva con Dios Una segunda razón de confianza se nos
ofrece por la constatación de que, en el momento del juicio no se nos
dejará solos. Es el mismo Jesús, en el Evangelio de Mateo, el que nos
anuncia, que al final de los tiempos, los que le han seguido tomarán su
lugar en la gloria para juzgar junto a él ( cf. Mt 19,28). El apóstol
Pablo después, escribiendo a la comunidad de Corinto, dice: "¿No saben
ustedes que los santos juzgarán al mundo? Con mayor razón entonces, los
asuntos de esta vida". (1 Cor 6,2-3). ¡Qué hermoso saber que en ese
momento, además de Cristo, nuestro Paráclito, nuestro Abogado ante el
Padre (cf. 1 Jn 2:1), podremos contar con la intercesión y buena
voluntad de tantos de nuestros hermanos y hermanas que nos han precedido
el camino de la fe, que han dado su vida por nosotros y que continúan
amándonos de manera indescriptible! Los santos ya viven ante la
presencia de Dios, en el esplendor de su gloria orando por nosotros que
aún vivimos en la tierra. ¡Qué consolación despierta en nuestros
corazones esta certeza! La Iglesia es verdaderamente una madre y como
una mamá, busca el bien de sus hijos, especialmente los más alejados y
afligidos, hasta que encuentra su plenitud en el cuerpo glorioso de
Cristo con todos sus miembros. Otra sugerencia se nos ofrece en el
Evangelio de Juan, donde se afirma explícitamente que "Dios no envió a
su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea
salvado por medio de él. El que cree en él no es condenado; pero el que
no cree ya ha sido condenado, porque no ha creído en el unigénito Hijo
de Dios "( Jn 3:17-18 ). Esto significa que aquel juicio final ya está
en marcha, que empieza ahora en el curso de nuestra existencia. Este
juicio se pronuncia en cada momento de la vida, como reflejo de nuestra
aceptación con fe de la salvación presente y operante en Cristo, o con
nuestra incredulidad, con el consiguiente cierre en nosotros mismos.
Pero si nos cerramos al amor de Jesús, somos nosotros mismos los que nos
condenamos. La salvación está en abrirse a Jesús, y Él nos salva; si
somos pecadores -y todos lo somos- le pedimos perdón y si vamos a Él con
el deseo de ser buenos, el Señor nos perdona. Pero para ello hay que
abrirse al amor de Jesús, que es más fuerte que todas las otras cosas.
El amor de Jesús es grande, el amor de Jesús es misericordioso, el amor
de Jesús perdona, pero tienes que abrirte y abrirse significa
arrepentirse, acusarnos de cosas que no son buenas y que hicimos. El
Señor Jesús nos ha dado y sigue entregándose a nosotros, para colmarnos
de toda misericordia y gracia del Padre. Somos nosotros, pues, los que
podemos llegar a ser, en cierto sentido, los jueces de nosotros mismos,
auto condenándonos a la exclusión de la comunión con Dios y con los
hermanos. No nos cansemos, por lo tanto de velar por nuestros
pensamientos y nuestras actitudes, para gustar ya ahora con anticipo la
calidez y la belleza del rostro de Dios - y esto va a ser hermoso - lo
contemplaremos en la vida eterna en toda su plenitud. Adelante, piensen
en este juicio que ya comenzó ahora. Adelante, asegurándose de que
nuestro corazón se abra a Jesús y a su salvación; adelante sin miedo,
porque el amor de Jesús es más grande y si pedimos perdón por nuestros
pecados, Él nos perdona. ¡Es así Jesús! ¡Adelante, pues, con esta
certeza, que Él nos llevará a la gloria de los cielos !
Mañana es la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de toda
América. Con esta ocasión, deseo saludar a los hermanos y hermanas de
ese Continente, y lo hago pensando en la Virgen de Tepeyac. Cuando se
apareció a san Juan Diego, su rostro era el de una mujer mestiza y sus
vestidos estaban llenos de símbolos de la cultura indígena. Siguiendo el
ejemplo de Jesús, María se hace cercana a sus hijos, acompaña como
madre solícita su camino, comparte las alegrías y las esperanzas, los
sufrimientos y las angustias del Pueblo de Dios, del que están llamados a
forman parte todos los pueblos de la tierra. La aparición de la
imagen de la Virgen en la tilma de Juan Diego fue un signo profético de
un abrazo, el abrazo de María a todos los habitantes de las vastas
tierras americanas, a los que ya estaban allí y a los que llegarían
después. Este abrazo de María señaló el camino que siempre ha
caracterizado a América: ser una tierra donde pueden convivir pueblos
diferentes, una tierra capaz de respetar la vida humana en todas sus
fases, desde el seno materno hasta la vejez, capaz de acoger a los
emigrantes, así como a los pueblos y a los pobres y marginados de todas
las épocas. América es una tierra generosa. Éste es el mensaje de
Nuestra Señora de Guadalupe, y éste es también mi mensaje, el mensaje de
la Iglesia. Animo a todos los habitantes del Continente americano a
tener los brazos abiertos como la Virgen María, con amor y con ternura. Pido
por todos ustedes, queridos hermanos y hermanas de toda América, y
también ustedes recen por mí. Que la alegría del Evangelio esté siempre
en sus corazones. El Señor los bendiga y la Virgen los acompañe.
Que se ponga fin a las divisiones y a las enemistades en Tierra Santa y
Oriente Medio. Es el llamamiento hecho esta mañana por el Papa
Francisco en la Casa de Santa Marta. Hoy la Misa estuvo concelebrada por
el Patriarca de Alejandría de los Coptos Católicos, Ibrahim Isaac
Sidrak, con ocasión de la manifestación pública de la “comunión
eclesiástica” con el Sucesor de Pedro. El Papa volvió a subrayar su
cercanía a los cristianos que en Egipto experimentan inseguridad y
violencia, y renovó un llamamiento por la libertad religiosa en todo
Oriente Medio. El Obispo de Roma y el Patriarca de Alejandría
juntos, en señal de comunión eclesial y en oración por la paz en
Oriente. Esta mañana en la Casa de Santa Marta se vivió un momento de
gran intensidad espiritual. En su homilía, el Obispo de Roma dirigió su
pensamiento a los fieles coptos, retomando las palabras del Profeta
Isaías, en la Primera Lectura, que hablan de un despertar de los
corazones en espera del Señor: “El anuncio a los corazones lo
sentimos dirigido a cuantos en su amada tierra egipcia experimentan
inseguridad y violencia, muchas veces con motivo de la fe cristiana.
'¡Coraje: no teman!': he aquí las consolantes palabras que encuentran
confirmación en la solidaridad fraterna. Estoy agradecido a Dios por
este encuentro que me da la posibilidad de reforzar nuestra esperanza y
la suya, porque es la misma”. El Evangelio, prosiguió el
Pontífice, presenta “a Cristo que vence las parálisis de la humanidad”.
Por lo demás, observó, “las parálisis de las conciencias son
contagiosas”. “Con la complicidad de las miserias de la historia y de
nuestro pecado – agregó – pueden expandirse y entrar en las estructuras
sociales y en las comunidades hasta bloquear a pueblos enteros”. Pero,
constató el Papa, “el mandamiento de Cristo puede cambiar la situación:
'¡Álzate y camina!'”: “Recemos con confianza para que en Tierra
Santa y en todo Oriente Medio la paz pueda volver siempre a alzarse de
las pausas tan frecuentes y a veces dramáticas. En cambio, se detengan
para siempre la enemistad y las divisiones. Que se retomen rápidamente
las intenciones de paz a menudo paralizadas por intereses contrapuestos y
oscuros. Que finalmente se den garantías reales de libertad religiosa a
todos, junto al derecho para los cristianos de vivir con serenidad allí
donde han nacido, en la patria que aman como ciudadanos desde hace dos
mil años, para contribuir como siempre al bien de todos”. Francisco
recordó que Jesús experimentó con la Sagrada Familia la fuga y fue
hospedado en la “tierra generosa” de Egipto, invocando al Señor para que
“vele sobre los egipcios que buscan dignidad y seguridad por las calles
del mundo”: “Y vayamos siempre adelante, buscando al Señor,
buscando nuevos caminos, nuevas vías para acercarnos al Señor. Y si
fuese necesario abrir un hueco en el techo para acercarnos todos al
Señor, que nuestra imaginación creativa de la caridad nos lleve a esto: a
encontrar y a hacer caminos de encuentro, caminos de hermandad, caminos
de paz”.
Quien pronuncia palabras cristianas sin Cristo, o sea sin ponerlas en
práctica, se hace mal a sí mismo y a los otros, porque está vencido por
el orgullo, y causa división también en la Iglesia: es en resumen lo
que dijo el Papa Francisco la mañana del jueves, durante la Misa en la
Capilla de la Casa de Santa Marta. Escuchar y poner en práctica la
palabra del Señor es como construir la casa sobre la roca. El Papa
Francisco explicó la parábola evangélica propuesta por la liturgia del
día. Jesús reprendía a los fariseos el conocer los mandamientos pero no
realizarlos en sus vidas: “son palabras buenas”, pero si no son puestas
en práctica “no solamente no sirven, sino que hacen mal: nos engañan,
nos hacen creer que tenemos una bella casa, pero sin fundamento”. Una
casa que no está construida sobre la roca: “Esta figura de la roca
se refiere al Señor. Isaías, en la Primera Lectura, lo dice: ‘¡Confíen
en el Señor para siempre, porque el Señor es una Roca eterna!’. ¡La roca
es Jesucristo! ¡La roca es el Señor! Una palabra es fuerte, da vida,
puede ir adelante, puede tolerar todos los ataques, si esta palabra
tiene sus raíces en Jesucristo. Una palabra cristiana que no tiene sus
raíces vitales, en la vida de una persona, en Jesucristo, ¡es una
palabra cristiana sin Cristo! y las palabras cristianas sin Cristo
¡engañan, hacen mal! Un escritor inglés, una vez, hablando de las
herejías decía que una herejía es una verdad, una palabra, una verdad,
que se ha convertido en una locura. Cuando las palabras cristianas son
palabras sin Cristo comienzan a recorrer el camino de la locura”. Es una locura -explicó el Santo Padre- que hace volverse soberbios: “Una
palabra cristiana sin Cristo te conduce a la vanidad, a la seguridad de
ti mismo, al orgullo, al poder por el poder. Y el Señor derriba a estas
personas. Esta es una constante en la historia de la Salvación. Lo dice
Ana, la mamá de Samuel; lo dice María en el Magnificat: el Señor
derriba la vanidad, el orgullo de aquellas personas que se creen ser de
roca. Estas personas que solamente van detrás de una palabra, pero sin
Jesucristo: una palabra cristiana cierto, pero sin Jesucristo, sin la
relación con Jesucristo, sin la oración con Jesucristo, sin el servicio a
Jesucristo, sin el amor a Jesucristo. Esto es lo que hoy nos dice el
Señor: construir nuestra vida sobre esta roca y la roca es Él”. “Nos
hará bien un examen de conciencia - afirmó el Obispo de Roma- para
entender “como son nuestras palabras”, si son palabras “que creen ser
poderosas”, capaces “de darnos la salvación”, o si “son palabras con
Jesucristo”: “Me refiero a las palabras cristianas, porque cuando
no está Jesucristo también esto crea división entre nosotros, hace la
división en la Iglesia. Pedir al Señor la gracia de ayudarnos en la
humildad, que tenemos que tener siempre, de decir palabras cristianas en
Jesucristo, no sin Jesucristo. Con esta humildad de ser discípulos
salvados y de ir adelante no con palabras que, por creerse poderosas,
terminan en la locura de la vanidad, en la locura del orgullo. ¡Que el
Señor nos de esta gracia de la humildad de decir palabras con
Jesucristo, fundadas sobre Jesucristo!”.
Prepararse para la Navidad con la oración, la caridad y la alabanza: con
un corazón abierto a dejarse encontrar por el Señor que todo renueva:
es la invitación hecha por el Papa Francisco en la Misa presidida en la
Casa de Santa Marta en este primer lunes del Tiempo de Adviento. Comentando
el pasaje del Evangelio del día en el que el centurión romano pide con
gran fe a Jesús la curación del siervo, el Obispo de Roma recordó que en
estos días “comenzamos un camino nuevo”, un “camino de Iglesia… hacia
la Navidad”. Vamos al encuentro del Señor, “porque la Navidad
-puntualizó- no es sólo una conmemoración temporal o un recuerdo de una
cosa bella”: “La Navidad es algo más: nosotros vamos por este
camino para encontrar al Señor. ¡La Navidad es un encuentro! Y caminamos
para encontrarlo: encontrarlo con el corazón, con la vida; encontrarlo
viviente, como es Él; encontrarlo con fe. Y no es fácil vivir con la fe.
El Señor, en la palabra que hemos escuchado, se maravilló de este
centurión: se maravilló de la fe que él tenía. Había emprendido un
camino para encontrar al Señor, pero lo había hecho con fe. Por esto no
solamente él ha encontrado al Señor, sino que ha sentido la alegría de
ser encontrado por el Señor. Y este es precisamente el encuentro que
queremos: ¡el encuentro de la fe!”. Y más que ser nosotros los que encontramos al Señor – subrayó el Obispo de Roma – es importante “dejarse encontrar por Él”: “Cuando
solamente somos nosotros los que encontramos al Señor, somos nosotros –
entre comillas, digámoslo - los dueños de este encuentro; pero cuando
nos dejamos encontrar por Él, es Él que entra dentro de nosotros, es Él
que renueva todo, porque ésta es la venida, aquello que significa cuando
viene Cristo: renovar todo, renovar el corazón, el alma, la vida, la
esperanza, el camino. ¡Nosotros estamos en camino con fe, con la fe de
este centurión, para encontrar al Señor y principalmente para dejarnos
encontrar por Él!”. Pero es necesario un corazón abierto: “¡Corazón
abierto, para que Él me encuentre! Y me diga aquello que Él quiera
decirme, que no siempre es aquello que yo quiero que me diga! Él es el
Señor y Él me dirá lo que tiene para mí, porque el Señor no nos mira a
todos juntos, como a una masa. ¡No, no! Nos mira a cada uno en la cara, a
los ojos, porque el amor no es un amor así, abstracto: ¡es amor
concreto! De persona a persona: El Señor, persona, me mira a mí,
persona. Dejarse encontrar por el Señor es justamente esto: ¡dejarse
amar por el Señor!”. En este camino hacia la Navidad – concluyó
Francisco – nos ayudan algunas actitudes: “la perseverancia en la
oración, rezar más; laboriosidad en la caridad fraterna, acercarse más a
aquellos que tienen necesidad; y la alegría en la alabanza del Señor”.
Por lo tanto: “la oración, la caridad y la alabanza”, con el corazón
abierto “para que el Señor nos encuentre”.
En una Plaza de San Pedro típicamente invernal, y ante la presencia de
varios miles de fieles y peregrinos de numerosos países, el Papa
Francisco rezó el Ángelus del Primer Domingo de Adviento. El Santo Padre
explicó que inicia de este modo un nuevo año litúrgico para el Pueblo
de Dios en el que Jesucristo nos guía en la historia hacia el
cumplimiento de su Reino. Y agregó que esto nos hace experimentar un
sentimiento profundo del sentido de la historia, puesto que
redescubrimos la belleza de estar todos en camino: la Iglesia, con su
vocación y misión, y la humanidad entera, los pueblos, las
civilizaciones, las culturas, todos en camino a través de los senderos
del tiempo. El Obispo de Roma explicó que se trata de una
peregrinación universal hacia una meta común, que en el Antiguo
Testamento es Jerusalén, donde surge el templo del Señor, porque desde
allí ha venido la revelación del rostro de Dios y de su ley. Y así como
en la vida de cada uno de nosotros siempre hay necesidad de volver a
partir, de volver a levantarse, de volver a encontrar el sentido de la
meta de la propia existencia, de la misma manera para la gran familia
humana es necesario renovar siempre el horizonte común hacia el cual
estamos encaminados. ¡El horizonte de la esperanza! Porque el tiempo de
Adviento, que nuevamente comenzamos, nos devuelve el horizonte de la
esperanza, una esperanza que no decepciona puesto que está fundada en la
Palabra de Dios. Antes de rezar a la Madre de Dios el Pontífice
recordó que el modelo de este modo de ser y de caminar en la vida, es la
Virgen María. ¡Una sencilla muchacha de un pueblo, que lleva en su
corazón toda la esperanza de Dios!