Igual que las abejas producen la dulce miel libando el néctar de las flores, Mis Ideas son el producto de muchos años de estudio y reflexión. Si alguna de Mis Ideas no son tan dulces como la miel la culpa es mía.
“No se entiende a un cristiano sin Iglesia". Lo constató el Papa
Francisco esta mañana en la misa celebrada en la Casa de Santa Marta. El
Santo Padre indicó los tres pilares del sentido de pertenencia
eclesial: la humildad, la fidelidad y la oración por la Iglesia. La
homilía de hoy partió de la figura del rey David, como es presentada en
las lecturas del día: un hombre que habla con el Señor como un hijo que
habla con el padre y también si recibe un "no" a sus peticiones, lo
acepta con alegría. David - observó el Pontífice – tenía "un fuerte
sentimiento de pertenencia al pueblo de Dios". Y esto -puntualizó - nos
hace preguntarnos cuál es nuestro sentido de pertenencia a la Iglesia,
nuestro sentir con la Iglesia y en la Iglesia: "El cristiano no es un
bautizado que recibe el bautismo y luego va adelante por su camino. El
primer fruto del bautismo es hacerte pertenecer a la Iglesia, al pueblo
de Dios. No se entiende a un cristiano sin Iglesia. Y por esto el gran
Pablo VI decía que es una dicotomía absurda amar a Cristo sin la
Iglesia; escuchar a Cristo pero no a la Iglesia: estar con Cristo al
margen de la Iglesia. No se puede. Es una dicotomía absurda. Nosotros
recibimos el mensaje evangélico en la Iglesia y hacemos nuestra santidad
en la Iglesia, nuestro camino en la Iglesia. Lo demás es una fantasía
o, como él decía, una dicotomía absurda". El "sensus ecclesiae" es
precisamente - dijo Francisco- el sentir, pensar, querer, dentro de la
Iglesia. Hay tres pilares de esta pertenencia , de este sentir de la
Iglesia. El primero es la humildad, en la conciencia de estar dentro de
una comunidad como una gracia grande: "Una persona que no es
humilde, no puede sentir con la Iglesia, sentirá lo que a ella le gusta,
lo que a él le gusta. Y esta humildad que se ve en David. '¿Quién soy
yo, Señor Dios, y qué cosa es mi casa?' Con esa conciencia de que la
historia de salvación no comenzó conmigo y no terminará cuando yo muera.
No, es toda una historia de salvación: yo vengo, el Señor te toma, te
hace ir adelante y después te llama y la historia continúa. La historia
de la Iglesia comenzó antes de nosotros y seguirá después de nosotros.
Humildad: somos una pequeña parte de un gran pueblo, que va sobre el
camino del Señor". El segundo pilar es la fidelidad, "que va unida a la obediencia". "Fidelidad
a la Iglesia, fidelidad a su enseñanza, fidelidad al Credo, fidelidad a
la doctrina, mantener esta doctrina. Humildad y fidelidad. También
Pablo VI nos recordaba que nosotros recibimos el mensaje del Evangelio
como un don y debemos transmitirlo como un don, pero no como una cosa
nuestra: es un don recibido que damos. Y en esta transmisión ser fieles.
Porque nosotros hemos recibido y debemos dar un Evangelio que no es
nuestro, que es de Jesús, y no debemos - decía él - convertirnos en
propietarios del Evangelio, propietarios de la doctrina recibida, para
utilizarla a nuestro gusto". El tercer pilar es un servicio
particular, finalizó el Obispo de Roma 'rezar por la Iglesia'. "¿Cómo va
nuestra oración por la Iglesia?" "¿Rezamos por la Iglesia? ¿En la misa
todos los días, pero en nuestra casa, no? ¿Cuándo hacemos nuestras
oraciones?". Rezar por toda la iglesia, en todas partes del mundo. Que
"el Señor nos ayude a ir por este camino para profundizar nuestra
pertenencia a la Iglesia y nuestro sentir con la Iglesia”.
La Iglesia no se puede entender como una simple organización humana, la
diferencia la hace la unción que dona a los obispos y sacerdotes la
fuerza del Espíritu para servir al pueblo de Dios: lo dijo el Papa
Francisco en la Misa presidida esta mañana en la Casa de Santa Marta. El
Pontífice agradeció a tantos sacerdotes santos que dan la vida en el
anonimato de su servicio cotidiano. Comentando la primera lectura
del día, que habla de las tribus de Israel que ungen a David como su
rey, el Papa explicó el significado espiritual de la unción. “Sin esta
unción – afirmó - David habría sido el jefe” de “una empresa”, de una
“sociedad política, que era el Reino de Israel”, habría sido un simple
“organizador político”. En cambio, “después de la unción, el Espíritu
del Señor” desciende sobre David y permanece con él. Y la Escritura
dice: “Así David se iba engrandeciendo cada vez más, y el Señor, el Dios
de los ejércitos, estaba con él”. “Esta – observó el Santo Padre - es
precisamente la diferencia de la unción”. El ungido es una persona
elegida por el Señor. Así ocurre en la Iglesia con los obispos y los
sacerdotes. “Los obispos no solo son elegidos para llevar adelante a
una organización, que se llama Iglesia particular, son ungidos, tienen
la unción y el Espíritu del Señor está con ellos. Pero todos los
obispos, todos somos pecadores, ¡todos! Pero estamos ungidos. Todos
queremos ser más santos cada día, más fieles a esta unción. Y aquello
que precisamente hace a la Iglesia, aquello que da la unidad a la
Iglesia, es la persona del obispo, en nombre de Jesucristo, porque está
ungido, no porque haya sido elegido por la mayoría. Sino porque está
ungido. Una Iglesia particular tiene su fuerza en esta unción. Y por
participación también los sacerdotes son ungidos”. La unción –
continuó el Papa – acerca a los obispos y a los sacerdotes al Señor y
les da la alegría y la fuerza “para llevar adelante a un pueblo, para
ayudar a un pueblo, para vivir al servicio de un pueblo”. Dona la
alegría de sentirse “elegidos por el Señor, mirados por el Señor, con
aquel amor con el que el Señor nos mira, a todos nosotros”. Así, “cuando
pensemos en los obispos y en los sacerdotes, debemos pensarlos así:
ungidos”: “De lo contrario no se entiende a la Iglesia, pero no
solamente no se entiende, no se puede explicar cómo la Iglesia vaya
adelante solamente con las fuerzas humanas. Esta diócesis va adelante
porque tiene un pueblo santo, tantas cosas, y también un ungido que la
conduce, que la ayuda a crecer. Esta parroquia va adelante porque tiene
tantas organizaciones, tantas cosas, pero también tiene un sacerdote, un
ungido que la lleva adelante. Y nosotros en la historia conocemos una
mínima parte, pero cuántos obispos santos, cuántos sacerdotes, cuántos
sacerdotes santos que han dejado su vida al servicio de la diócesis, de
la parroquia; cuánta gente ha recibido la fuerza de la fe, la fuerza del
amor, la esperanza de estos párrocos anónimos, que no conocemos. ¡Hay
tantos!”. Hay tantos – dijo Francisco – “los párrocos del campo o
los párrocos de ciudad, que con su unción han dado fuerza al pueblo, han
transmitido la doctrina, han dado los sacramentos, o sea la santidad”: “‘¡Pero,
padre, he leído en el diario que un obispo ha hecho tal cosa o que un
sacerdote ha hecho tal cosa!’. ‘Si, también yo lo he leído, pero, dime,
¿en los diarios están las noticias de aquello que hacen tantos
sacerdotes, tantos curas en tantas parroquias de ciudad y del campo, la
tanta caridad que hacen, tanto trabajo que hacen para llevar adelante a
su pueblo?’. ¡Ah, no! Esa no es noticia. Eh, lo de siempre: hace más
ruido un árbol que cae, que un bosque que crece. Hoy pensando en esta
unción de David, nos hará bien pensar en nuestros obispos y en nuestros
sacerdotes valientes, santos, buenos, fieles y rezar por ellos. ¡Gracias
a ellos nosotros hoy estamos aquí!”.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! El Evangelio de este domingo
narra los inicios de la vida pública de Jesús en las ciudades y aldeas
de Galilea. Su misión no parte de Jerusalén, es decir del centro
religioso, social y político, sino de una zona periférica, despreciada
por los judíos más observantes, con motivo de la presencia en aquella
región de diversas poblaciones; por ello el profeta Isaías la indica
como “Galilea de los gentiles” (Is 8, 23). Es una tierra de
frontera, una zona de tránsito donde se encuentran personas diferentes
por raza, cultura y religión. Galilea se convierte así en el lugar
simbólico para la apertura del Evangelio a todos los pueblos. Desde este
punto de vista, Galilea se parece al mundo de hoy: comprendida por
diversas culturas, necesidad de confrontación y de encuentro. También
nosotros estamos inmersos cada día en una “Galilea de los gentiles”, y
en este tipo de contexto podemos asustarnos y ceder a la tentación de
construir recintos para estar más seguros, más protegidos. Pero Jesús
nos enseña que la Buena Noticia no está reservada a una parte de la
humanidad, hay que comunicarla a todos. Es un buen anuncio destinado a
cuantos lo esperan, pero también a quienes, tal vez, ya no esperan, y ni
siquiera tienen la fuerza de buscar y de pedir. Partiendo de
Galilea, Jesús nos enseña que nadie está excluido de la salvación de
Dios, más bien, que Dios prefiere partir desde la periferia, de los
últimos, para alcanzar a todos. Nos enseña un método, su método, que
expresa el contenido, es decir la misericordia del Padre. “Cada
cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le
pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la
propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que
necesitan la luz del Evangelio” (Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 20).
Jesús comienza su misión no sólo desde un lugar descentrado, sino
también a partir de hombres que se dirían “de bajo perfil”. Para elegir a
sus primeros discípulos y futuros apóstoles, no se dirige a las
escuelas de los escribas y doctores de la Ley, sino a las personas
humildes y sencillas, que se preparan con empeño a la llegada del Reino
de Dios. Jesús va a llamarlos allí donde trabajan, en la ribera del
lago: son pescadores. Los llama, y ellos lo siguen inmediatamente. Dejan
las redes y van con Él: su vida se convertirá en una aventura
extraordinaria y fascinante. Queridos amigos y amigas, ¡el Señor
llama también hoy! Pasa por los caminos de nuestra vida cotidiana;
también hoy, en este momento, aquí, el Señor, pasa por la plaza. Nos
llama a ir con Él, a trabajar con Él por el Reino de Dios, en las
“Galileas” de nuestros tiempos. Cada uno de ustedes piense: el Señor
pasa hoy, el Señor me mira, ¡me está mirando! ¿Qué me dice el Señor? Y
si alguno de ustedes oye que el Señor le dice: “sígueme”, sea valiente,
vaya con Él; Él no decepciona jamás. ¡Dejemos alcanzarnos por su
mirada, por su voz, y sigámoslo! “Para que la alegría del Evangelio
llegue hasta a los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de
su luz” (Ibíd., 288)
Al recibir al Centro Italiano Femenino, el Papa Francisco manifestó su
deseo de que se abran ulteriores espacios de presencia y actividades de
las mujeres, tanto en el ámbito eclesial como civil y de las
profesiones. Si en el mundo del trabajo y en la esfera pública es
importante la aportación más incisiva del genio femenino – dijo – esta
aportación sigue siendo imprescindible en el ámbito de la familia, que
para nosotros los cristianos no es simplemente un lugar privado, sino
esa “Iglesia doméstica”, cuya alud y prosperidad es condición para la
salud y prosperidad de la Iglesia y de la misma sociedad. Por lo tanto,
la presencia de la mujer en el ámbito doméstico se revela más necesaria
que nunca para la transmisión a las generaciones futuras de sólidos
principios morales y para la misma transmisión de la fe.
Que los cristianos cierren las puertas a los celos, envidias y
habladurías que dividen y destruyen nuestras comunidades: fue la
exhortación lanzada por el Papa Francisco, esta mañana, en la Misa
presidida en la Casa de Santa Marta en la sexta jornada de oración por
la unidad de los cristianos. La reflexión del Papa partió de la
primera lectura del día que habla de la victoria de los israelitas sobre
los filisteos gracias al coraje del joven David. La alegría de la
victoria se trasforma rápidamente en tristeza y celos del rey Saúl ante
las mujeres que alaban a David por haber matado a Goliat. Entonces,
“aquella gran victoria – afirmó el Santo Padre - comienza a convertirse
en derrota en el corazón del rey” en el que se insinúa, como ocurrió
con Caín, el “gusano de los celos y de la envidia”. Como Caín con Abel,
el rey decide asesinar a David. “Así actúan los celos en nuestros
corazones – observó el Pontífice – es una mala inquietud, que no tolera
que un hermano o una hermana tengan algo que yo no tengo”. Saúl, “en vez
de alabar a Dios, como hacían las mujeres de Israel, por esta victoria,
prefiere encerrarse en sí mismo, amargarse”, “cocinar sus sentimientos
en el caldo de la amargura”: “Los celos llevan a matar. La envidia
lleva a matar. Justamente fue esta puerta, la puerta de la envidia, por
la cual el diablo entró en el mundo. La Biblia dice: ‘Por la envidia
del diablo entró el mal en el mundo’. Los celos y la envidia abren las
puertas a todas las cosas malas. También dividen a la comunidad. Una
comunidad cristiana, cuando sufre – algunos de los miembros – de
envidia, de celos, termina dividida: uno contra el otro. Este es un
veneno fuerte. Es un veneno que encontramos en la primera página de la
Biblia con Caín”. En el corazón de una persona golpeada por los
celos y por la envidia – subrayó el Obispo de Roma- ocurren “dos cosas
clarísimas”. La primera cosa es la amargura: “La persona envidiosa,
la persona celosa es una persona amargada: no sabe cantar, no sabe
alabar, no sabe qué cosa sea la alegría, siempre mira ‘qué cosa tiene
aquel y que yo no tengo’. Y esto lo lleva a la amargura, a una amargura
que se difunde sobre toda la comunidad. Son, estos, sembradores de
amargura. Y la segunda actitud, que lleva a los celos y a la envidia,
son las habladurías. Porque este no tolera que aquel tenga algo, la
solución es abajar al otro, para que yo esté un poco más alto. Y el
instrumento son las habladurías. Busca siempre y tras un chisme verás
que están los celos, está la envidia. Y las habladurías dividen a la
comunidad, destruyen a la comunidad. Son las armas del diablo”. “Cuántas
hermosas comunidades cristianas” – exclamó el Papa – van bien, pero
luego en uno de sus miembros entra el gusano de los celos y de la
envidia y, con esto, la tristeza, el resentimiento de los corazones y
las habladurías. “Una persona que está bajo la influencia de la envidia y
de los celos – recalcó – mata”, como dice el apóstol Juan: “Quien odia a
su hermano es un homicida”. Y “el envidioso, el celoso, comienza a
odiar al hermano”: “Hoy, en esta Misa, recemos por nuestras
comunidades cristianas, para que esta semilla de los celos no sea
sembrada entre nosotros, para que la envidia no encuentre lugar en
nuestro corazón, en el corazón de nuestras comunidades, y así podremos
ir adelante con la alabanza del Señor, alabando al Señor, con la
alegría. Es una gracia grande, la gracia de no caer en la tristeza, del
estar resentidos, en los celos y en la envidia”.
La libertad cristiana está en la “docilidad a la Palabra de Dios”. Lo
afirmó el Papa Francisco en la Misa de esta mañana en la Casa de Santa
Marta. El Pontífice subrayó que debemos estar siempre listos a acoger la
“novedad” del Evangelio y las “sorpresas de Dios”. “La Palabra de
Dios es viva y eficaz, discierne los sentimientos y los pensamientos del
corazón”. El Santo Padre partió de esta consideración para desarrollar
su homilía, subrayando que para acoger verdaderamente la Palabra de Dios
tenemos que tener una actitud de “docilidad”. “La Palabra de Dios -
observó – es viva y por eso viene y dice aquello que quiere decir: no
aquello que yo espero que diga o aquello que yo quiero que diga”. Es una
Palabra “libre”. Y es también “sorpresa, porque nuestro Dios es el Dios
de las sorpresas”. Es “novedad”: “El Evangelio es novedad. La
Revelación es novedad. Nuestro Dios es un Dios que siempre hace las
cosas nuevas y pide de nosotros docilidad a su novedad. En el Evangelio,
Jesús es claro en esto, es muy claro: vino nuevo en odres nuevas. El
vino lo trae Dios, pero debe ser recibido con apertura a la novedad. Y
esto se llama docilidad. Podemos preguntarnos: ¿soy dócil a la Palabra
de Dios o hago siempre aquello que yo creo sea la Palabra de Dios? ¿O
hago pasar la Palabra de Dios por un alambique y al final es otra cosa
con respecto a aquello que Dios quiere hacer?”. Si hago esto, agregó
el Papa, “termino como el pedazo de tela nuevo sobre el vestido viejo, y
el remendón es peor”. Y evidenció que “aquello de adecuarse a la
Palabra de Dios para poder recibirla” es “toda una actitud ascética”: “Cuando
quiero tomar la electricidad de la fuente eléctrica, si el aparato que
tengo no es adecuado, busco un adaptador. Debemos buscar siempre
adaptarnos, adecuarnos a esta novedad de la Palabra de Dios, estar
abiertos a la novedad. Saúl, precisamente el elegido de Dios, ungido de
Dios, había olvidado que Dios es sorpresa y novedad. Había olvidado, se
había cerrado en sus pensamientos, en sus esquemas, y así razonó
humanamente”. El Papa reflexionó sobre la Primera Lectura,
recordando que, al tiempo de Saúl, cuando uno vencía una batalla tomaba
el botín y con parte de él se cumplía el sacrificio. “Estos animales tan
bellos – afirma Saúl – serán para el Señor”. Pero, constató Francisco,
él “razonó con su pensamiento, con su corazón, cerrado en sus
costumbres”, mientras “nuestro Dios, no es un Dios de costumbre: es un
Dios de sorpresas”. Saúl “no obedeció a la Palabra de Dios, no fue dócil
a la Palabra de Dios”. Y Samuel le reprochaba justamente esto, “le hace
sentir que no ha obedecido, no ha sido siervo, ha sido señor, él. Se ha
adueñado de la Palabra de Dios”. “La rebelión, no obedecer a la Palabra
de Dios – remarcó el Obispo de Roma – es pecado de adivinación”. Y
agregó: “La obstinación, la no docilidad a hacer lo que tú quieres y no
aquello que quiere Dios, es pecado de idolatría”. Y esto, prosiguió,
“nos hace pensar” sobre “qué cosa es la libertad cristiana, qué cosa es
la obediencia cristiana”: “La liberad cristiana y la obediencia
cristiana son docilidad a la Palabra de Dios, es tener aquel coraje de
convertirse en odres nuevos, para este vino nuevo que viene
continuamente. Este valor de discernir siempre: discernir, digo, no
relativizar. Discernir siempre qué cosa hace el Espíritu en mi corazón,
qué cosa quiere el Espíritu en mi corazón, a dónde me lleva el Espíritu
en mi corazón. Y obedecer. Discernir y obedecer. Pidamos hoy la gracia
de la docilidad a la Palabra de Dios, a esta Palabra que es viva y
eficaz, que discierne los sentimientos y los pensamientos del corazón”.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Con la fiesta del
Bautismo del Señor, celebrada el pasado domingo, hemos entrado en el
tiempo litúrgico llamado “ordinario”. En este segundo domingo, el
Evangelio nos presenta la escena del encuentro entre Jesús y Juan el
Bautista, cerca del rio Jordán. Quien la describe es el testigo ocular,
Juan Evangelista, que antes de ser discípulo de Jesús era discípulo del
Bautista, junto con el hermano Santiago, con Simón y Andrés, todos de
Galilea, todos pescadores. El Bautista ve a Jesús que avanza entre la
multitud e, inspirado del alto, reconoce en Él al enviado de Dios, por
esto lo indica con estas palabras: «¡Este es el Cordero de Dios, que
quita el pecado del mundo! » (Jn 1,29).El verbo que viene traducido con
“quitar”, significa literalmente “levantar”, “tomar sobre sí”. Jesús ha
venido al mundo con una misión precisa: liberarlo de la esclavitud del
pecado, cargándose las culpas de la humanidad. ¿De qué manera? Amando.
No hay otro modo de vencer el mal y el pecado que con el amor que empuja
al don de la propia vida por los demás. En el testimonio de Juan el
Bautista, Jesús tiene las características del Siervo del Señor, que
«soportó nuestros sufrimientos, y aguantó nuestros dolores» (Is 53,4),
hasta morir sobre la cruz. Él es el verdadero cordero pascual, que se
sumerge en el rio de nuestro pecado, para purificarnos. El Bautista
ve ante sí a un hombre que se pone en fila con los pecadores para
hacerse bautizar, si bien no teniendo necesidad. Un hombre que Dios ha
enviado al mundo como cordero inmolado. En el Nuevo Testamento la
palabra “cordero” se repite varias veces y siempre en referencia a
Jesús. Esta imagen del cordero podría sorprender; de hecho, es un animal
que no se caracteriza ciertamente por su fuerza y robustez y se carga
un peso tan oprimente. La enorme masa del mal viene quitada y llevada
por una creatura débil y frágil, símbolo de obediencia, docilidad y de
amor indefenso, que llega hasta el sacrificio de sí misma. El cordero no
es dominador, sino dócil; no es agresivo, sino pacifico; no muestra las
garras o los dientes frente a cualquier ataque, sino soporta y es
remisivo.¿Qué cosa significa para la Iglesia, para nosotros, hoy, ser
discípulos de Jesús Cordero de Dios? Significa poner en el lugar de la
malicia la inocencia, en el lugar de la fuerza el amor, en el lugar de
la soberbia la humildad, en el lugar del prestigio el servicio. Ser
discípulos del Cordero significa no vivir como una “ciudadela asediada”,
sino como una ciudad colocada sobre el monte, abierta, acogedora y
solidaria. Quiere decir no asumir actitudes de cerrazón, sino proponer
el Evangelio a todos, testimoniando con nuestra vida que seguir a Jesús
nos hace más libres y más alegres.
El don de ser hijos de Dios no se puede “vender” por un mal entendido
sentido de “normalidad”, que induce a olvidar su Palabra y a vivir como
si Dios no existiese. Fue la reflexión que el Papa Francisco propuso la
mañana del viernes, durante la homilía de la Misa presidida en la Casa
de Santa Marta.
La tentación de querer ser “normales”, cuando en
cambio se es hijo de Dios. Que en esencia quiere decir ignorar la
Palabra del Padre y seguir sólo la humana, la “palabra del propio
deseo”, escogiendo en cierto modo “vender” el don de una predilección
para sumergirse en una “uniformidad mundana”. Esta tentación el pueblo
judío del Antiguo Testamento la experimentó más de una vez, recordó el
Santo Padre, que se detuvo en el episodio propuesto por el pasaje de la
liturgia tomado del primer Libro de Samuel. En él, los jefes del pueblo
piden al mismo Samuel, ya viejo, establecer para ellos un nuevo rey, de
hecho pretendiendo autogobernarse. En aquel momento, observó el
Pontífice, “el pueblo rechaza a Dios: no sólo no escucha la Palabra de
Dios, sino que la rechaza”. Y la frase reveladora de este desapego,
subrayó el Papa, es aquella proferida por los ancianos de Israel:
queremos un “rey juez”, porque así “también nosotros seremos como todos
los pueblos”. O sea, observó Francisco, “rechazan al Señor del amor,
rechazan la elección y buscan el camino de la mundanidad”, de forma
parecida a tantos cristianos de hoy: “La normalidad de la vida exige
del cristiano fidelidad a su elección y no venderla para ir hacia una
uniformidad mundana. Esta es la tentación del pueblo, y también la
nuestra. Tantas veces, olvidamos la Palabra de Dios, aquello que nos
dice el Señor, y tomamos la palabra que está de moda, ¿no?, también
aquella de la telenovela está de moda, tomemos esa, ¡es más divertida!
La apostasía es precisamente el pecado de la ruptura con el Señor, pero
es clara: la apostasía se ve claramente. Esto es más peligroso, la
mundanidad, porque es más sutil”. “Es verdad que el cristiano debe
ser normal, como son normales las personas”, reconoció el Obispo de
Roma, “pero – insistió – existen valores que el cristiano no puede tomar
para sí. El cristiano debe retener sobre él la Palabra de Dios que le
dice: ‘tú eres mi hijo, tú eres elegido, yo estoy contigo, yo camino
contigo’”. Por lo tanto resistiendo a la tentación – como en el episodio
de la Biblia – de considerarse víctimas de “un cierto complejo de
inferioridad”, de no sentirse un “pueblo normal”: “La tentación viene
y endurece el corazón y cuando el corazón es duro, cuando el corazón no
está abierto, la Palabra de Dios no puede entrar. Jesús decía a los de
Emaús: ‘¡Necios y lentos de corazón!’. Tenían el corazón duro, no podían
entender la Palabra de Dios. Y la mundanidad ablanda el corazón, pero
mal: un corazón blando ¡jamás es una cosa buena! El bueno es el corazón
abierto a la Palabra de Dios, que la recibe. Como la Virgen, que
meditaba todas estas cosas en su corazón, dice el Evangelio. Recibir la
Palabra de Dios para no alejarse de la elección”. Pidamos, entonces –
concluyó el Papa Francisco – “la gracia de superar nuestros egoísmos:
el egoísmo de querer hacer de las mías, como yo quiero”: “Pidamos la
gracia de superarlos y pidamos la gracia de la docilidad espiritual, o
sea abrir el corazón a la Palabra de Dios y no hacer como han hecho
estos nuestros hermanos, que cerraron el corazón porque se alejaron de
Dios y desde hacía tiempo no sentían y no entendían la Palabra de Dios.
Que el Señor nos de la gracia de un corazón abierto para recibir la
Palabra de Dios y para meditarla siempre. Y de ahí tomar el verdadero
camino”.
El verdadero sacerdote, ungido de Dios para su pueblo, tiene un
relación estrecha con Jesús: cuando esto falta, el sacerdote se vuelve
“untuoso”, un idólatra, devoto del ‘dios Narciso’. Lo afirmó el Papa
Bergoglio esta mañana en la homilía de la Misa matutina celebrada en la
capilla de la Casa de Santa Marta. Con el Pontífice concelebraron el
Cardenal Angelo Bagnasco, presidente de la Conferencia Episcopal
italiana y un grupo de sacerdotes de la Arquidiócesis de Génova, de la
que el Purpurado es su Arzobispo. Francisco dedicó enteramente su
homilía a los sacerdotes. Al comentar la primera Carta de San Juan, que
dice que tenemos la vida eterna porque creemos en el nombre de Jesús, el
Papa se preguntó cómo es la relación de los sacerdotes con Jesús,
porque “la fuerza de un sacerdote – dijo – está en esta relación”. A
la vez que “Jesús, cuando crecía en popularidad – observó – iba a lo
del Padre”, se retiraba “en lugares desiertos a orar”. Y explicó que
“ésta es un poco la piedra miliar de los sacerdotes”, incluyéndose a sí
mismo. Porque como se preguntó el Pontífice, si vamos o no vamos a
encontrar a Jesús, ¿cuál es el lugar de Jesucristo en mi vida
sacerdotal? Se trata, prosiguió, de una relación viva, de discípulo a
Maestro, de hermano a hermano, de pobre hombre a Dios, o es una relación
un poco artificial… ¿Qué no viene del corazón?” “Nosotros somos
ungidos por el Espíritu y cuando un sacerdote se aleja de Jesucristo
puede perder la unción. En su vida, no: esencialmente la tiene… pero la
pierde. Y en lugar de ser ungido termina por ser untuoso. ¡Y cuánto mal
hacen a la Iglesia los sacerdotes untuosos! Aquellos que ponen su fuerza
en las cosas artificiales, en las vanidades, en una actitud… en un
lenguaje remilgado… ¡Pero cuántas veces se oye decir con dolor: ‘Pero,
este es un sacerdote-mariposa!’, porque está siempre en las vanidades…
Éste no tiene relación con Jesucristo! Ha perdido la unción: es un
untuoso”. A continuación, el Papa Francisco añadió: “Nosotros
los sacerdotes tenemos tantos límites: somos pecadores, todos. Pero si
vamos a lo de Jesucristo, si buscamos al Señor en la oración – la
oración de intercesión, la oración de adoración – somos buenos
sacerdotes, si bien somos pecadores. Pero si nos alejamos de Jesucristo,
debemos compensar esto con otras actitudes… mundanas. Y así, todas
estas figuras… también el sacerdote-especulador, el
sacerdote-empresario… Pero el sacerdote que adora a Jesucristo, el
sacerdote que habla con Jesucristo, el sacerdote que busca a Jesucristo y
que se deja buscar por Jesucristo: éste es el centro de nuestra vida.
Si no está esto, perdemos todo. ¿Y qué daremos a la gente?”. Que
“nuestra relación con Jesucristo, relación de ungidos para su pueblo –
exhortó el Papa – aumente en nosotros” los sacerdotes “cada día más”: “Pero
es bello encontrar a sacerdotes que han dado su vida como sacerdotes,
de verdad, de los que la gente dice: ‘Pero, sí, tiene mal carácter,
tiene esto, tiene aquello… pero ¡es un sacerdote!’. ¡Y la gente tiene
olfato! En cambio, cuando la gente ve a los sacerdotes – por decir una
palabra – idólatras, que en lugar de tener a Jesús, tienen a pequeños
ídolos…, pequeños…, algunos devotos del ‘dio Narciso’, también… Cuando
la gente ve a éstos, la gente dice: ‘¡Pobrecito!’. Lo que nos salva de
la mundanidad y de la idolatría que nos hace untuosos, lo que nos
conserva en la unción, es la relación con Jesucristo. Y hoy, a ustedes
que han tenido la gentileza de venir a concelebrar aquí, conmigo, les
deseo esto: ¡pierdan todo en la vida, pero no pierdan esta relación con
Jesucristo! ¡Ésta es su victoria! ¡Y adelante, con esto!”.
«Lumen requi runt lumine». Esta sugestiva expresión de un himno
litúrgico de la Epifanía se refiere a la experiencia de los Magos:
siguiendo una luz ellos buscan la Luz. La estrella que apareció en el
cielo enciende en su mente y en su corazón una luz que los mueve a la
búsqueda de la gran Luz de Cristo. Los Magos siguen fielmente esa luz
que los inspira interiormente, y encuentran al Señor. En
este recorrido de los Magos de Oriente está simbolizado el destino de
cada hombre: nuestra vida es un caminar, iluminados por las luces que
iluminan el camino, para encontrar la plenitud de la verdad y del amor,
que nosotros, los cristianos, reconocemos en Jesús, Luz del mundo. Y
cada hombre, como los Magos, tiene a disposición dos grandes “libros”
de los cuales deducir los signos para orientarse en la peregrinación: el
libro de la creación y el libro de las Sagradas Escrituras. Lo
importante es estar atentos, vigilar, escuchar a Dios que nos habla,
siempre nos habla. Come dice el Salmo, refiriéndose a la Ley del Señor:
«Para mis pasos tu palabra es una lámpara, una luz en mi sendero» (Sal
119, 105). Especialmente escuchar el Evangelio, leerlo, meditarlo y
hacerlo nuestro alimento espiritual nos permite encontrar a Jesús vivo,
hacer experiencia de Él y de su amor. La primera Lectura hace
resonar, por boca del profeta Isaías, el llamamiento de Dios en
Jerusalén: «¡Levántate, resplandece!» (60,1). Jerusalén es llamada a ser
la ciudad de la luz, que refleja sobre el mundo la luz de Dios y ayuda a
los hombres a caminar en sus caminos. Esta es la vocación y la misión
del Pueblo de Dios en el mundo. Pero Jerusalén puede faltar a esta
llamada del Señor. Nos dice el Evangelio que los Magos, cuando llegaron a
Jerusalén, perdieron por un momento la vista de la estrella. No la
veían más. En particular, su luz está ausente en el palacio del rey
Herodes: aquella morada es tenebrosa, allí reinan la oscuridad, la
difidencia, el miedo,, la envidia. Herodes, en efecto, se muestra
desconfiado y preocupado por el nacimiento de un Niño frágil que él
siente como un rival. En realidad Jesús no ha venido a derrocarlo a él,
miserable fantoche, ¡sino al Príncipe de este mundo! Sin embargo, el rey
y sus consejeros sienten que peligran las estructuras de su poder,
temen que se inviertan las reglas del juego, que se desenmascaren las
apariencias. Todo un mundo construido sobre el dominio, sobre el éxito y
sobre el tener, sobre la corrupción ¡se pone en crisis por un Niño! Y
Herodes llega hasta asesinar a los niños. Un padre de la Iglesia decía:
«Matas a los niños en la carne porque el miedo te mata en el corazón » -
San Quodvultdeus (Disc. 2 en el Símbolo: PL 40, 655). Es así, tenía
miedo y en este miedo enloqueció. Los Magos supieron superar
ese peligroso momento de oscuridad ante Herodes, porque creyeron en las
Escrituras, en la palabra de los profetas que indicaba en Belén el lugar
del nacimiento del Mesías. De este modo escaparon del entumecimiento de
la noche del mundo, retomaron el camino hacia Belén y allá vieron
nuevamente la estrella. El evangelio dice que experimentaron «una
inmensa alegría» (Mt 2, 10). Esa estrella que no se veía en la
mundanidad de aquel palacio. Un aspecto de la luz que nos guía
en el camino de la fe es también la santa “astucia”. Es una virtud esta
“santa astucia”. Se trata de aquella sagacidad espiritual que nos
permite reconocer los peligros para evitarlos. Los Magos supieron usar
esta luz de “astucia” cuando, en el camino de regreso, decidieron no
pasar por el palacio tenebroso de Herodes, sino recorrer otro camino.
Estos Magos venidos de Oriente nos enseñan cómo no caer en las insidias
de las tinieblas y cómo defendernos de la oscuridad que trata de
envolver nuestra vida. Ellos, con esta santa astucia custodiaron la fe.
También nosotros debemos custodiar nuestra fe. Custodiarla de la
oscuridad que tantas veces, es una oscuridad travestida de luz, porque
el demonio, dice san Pablo, se viste de ángel de luz. Y aquí necesitamos
la santa astucia para custodiar nuestra fe del canto de las sirenas que
te dicen: hoy tenemos que hacer esto o aquello. Pero la fe es un don,
una gracia, a nosotros nos toca custodiarla con este santa astucia, con
la oración, con el amor, con la caridad. Es necesario acoger en nuestro
corazón la luz de Dios y, al mismo tiempo, cultivar esa astucia
espiritual que sabe conjugar sencillez y astucia, como Jesús pide a los
discípulos: «Prudentes como las serpientes, y sencillos como las
palomas» (Mt 10, 16). En la fiesta de la Epifanía, en que
recordamos la manifestación de Jesús a la humanidad en el rostro de un
Niño, sentimos junto a nosotros a los Magos, como sabios compañeros de
camino. Su ejemplo nos ayuda a levantar la mirada hacia la estrella y a
seguir los grandes deseos de nuestro corazón. Nos enseñan a no
contentaros de una vida mediocre, de “pequeño cabotaje”, sino a dejarnos
atraer siempre por lo que es bueno, verdadero, bello… por Dios, ¡que
todo esto lo es de modo cada vez más grande! Y nos enseñan a no dejarnos
engañar por las apariencias, por aquello que para el mundo es grande,
sapiente, potente. No hay que detenerse allí. No hay que contentarse con
la apariencia, la fachada. Es necesario custodiar la fe, en este tiempo
es muy importante. Es necesario ir más allá de la oscuridad, más allá
del canto de las sirenas, de la mundanidad, de tantas modernidades de
hoy. Es necesario ir hacia Belén, allí donde, en la sencillez de una
casa de periferia, entre una mamá y un papá llenos de amor y de fe,
resplandece el Sol que ha nacido de lo alto, el Rey del universo.
Siguiendo el ejemplo de los Magos, con nuestras pequeñas luces,
busquemos la Luz y custodiemos la fe.»