Igual que las abejas producen la dulce miel libando el néctar de las flores, Mis Ideas son el producto de muchos años de estudio y reflexión. Si alguna de Mis Ideas no son tan dulces como la miel la culpa es mía.
“Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”:
“ut diligátis ínvicem, sicut diléxi vos” (Jn 15, 12).
Queridos hermanos y hermanas, estas palabras del Evangelio resuenan hoy
en mi alma con una alegría nueva, al considerar que la muchedumbre
presente ayer en este lugar, muy en comunión con el Papa Francisco y con
todos los que nos acompañaban desde los cuatro puntos cardinales, no
era propiamente una muchedumbre sino una reunión familiar, unida por el
amor a Dios y el amor mutuo. Este mismo amor también se hace más fuerte
hoy en la Eucaristía, en esta Misa de acción de gracias por la
beatificación del queridísimo don Álvaro, Obispo, Prelado del Opus Dei.
1. El Señor, al instituir la Eucaristía, dio gracias a Dios Padre por
su bondad eterna, por la creación salida de sus manos, por su misterioso
designo de salvación. Agradecemos ese amor infinito manifestado en la
Cruz y anticipado en el Cenáculo. Y le preguntamos al Señor: ¿cómo hemos
de proceder para amar como tú nos has amado?; para amar como amaste a
Pedro y a Juan, a cada uno de nosotros, y también a san Josemaría y al
beato Álvaro.
Mirando la vida santa de don Álvaro, descubrimos la mano de Dios, la gracia del Espíritu Santo,
el don de un amor que nos transforma. E incorporamos a
nuestra alma esa oración de san Josemaría que tantas veces ha repetido
el nuevo Beato: “Dame, Señor, el Amor con que quieres que te ame[1]”,
y así sabré amar a los demás con tu Amor, y con mi pobre esfuerzo. Los
demás descubrirán en mi vivir la bondad de Dios, como ocurrió en el
caminar diario de don Álvaro: ya en este Madrid tan querido,
transparentaba la misericordia divina con su solidaridad con los más
pobres y abandonados. Nos llena de gozo que en la segunda lectura, se
nos recuerde la presencia de Cristo en nosotros que nos reviste “de
compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia” (Col 3, 12).
Queridos hermanos y hermanas, demos gracias a Dios pidiéndole más amor.
En la madurez de la juventud, cuando tenía 25 años, don Álvaro era
“saxum”, roca, para san Josemaría. Desde su humildad, contestó
un día por carta al fundador del Opus Dei con estas palabras: “Yo
aspiro a que, a pesar de todo, pueda Ud. tener confianza en el que, más
que roca, es barro sin consistencia alguna. Pero ¡es tan bueno el Señor![2]”.
Esa seguridad en la bondad divina puede empapar toda nuestra
existencia. “Daré gracias a tu nombre, por tu misericordia y tu
lealtad”, hemos rezado en el Salmo responsorial (Sal 138 [137],
2). Y se alza nuestra gratitud a la Trinidad Santísima porque permanece
con nosotros, con su Palabra, Jesucristo mismo (cf. Col 3, 16) y con su Espíritu, que nos llena de alegría (cf. Jn 15, 11; Lc 11, 13) y hace posible que nos dirijamos a Dios llamándole, llenos de confianza, “Abba, Pater”: “¡Padre! ¡papá!”.
2. “La
trinidad de la tierra nos llevará a la Trinidad del Cielo[3]”,
repetía don Álvaro según la enseñanza y la experiencia del Fundador del
Opus Dei. Jesús, María y José nos conducen al Padre y al Espíritu
Santo; en la humanidad santa de Jesús descubrimos, inseparablemente
unida, la divinidad[4].
¡La Sagrada Familia! Con palabras de la primera lectura, bendecimos al
Señor “que enaltece nuestra vida desde el seno materno y nos trata según
su misericordia” (
Ecl 50, 22). El texto sagrado nos menciona que ya antes de
nacer nos amaba Dios. Viene a mi memoria aquel poema que Virgilio dirige
a un niño recién nacido: “Incipe, parve puer, risu cognoscere matrem” (Virgilio, Égloga
IV, 60)”: “Pequeño niño, comienza a reconocer a tu madre por su
sonrisa”. El niño que nace va descubriendo el universo; en el rostro de
su madre, lleno de amor: en esa sonrisa que le acoge, el nuevo ser
apenas venido al mundo descubre un reflejo de la bondad de Dios.
En este día que el Santo Padre Francisco dedica a la oración por la
familia, nos unimos a las súplicas de toda la Iglesia por esa “communio dilectionis”, esa “comunión de amor[5]”, esa “escuela[6]” del Evangelio que es la familia, como decía Pablo VI en Nazaret. La familia, con el “dinamismo interior y profundo del amor[7]”, tiene una gran “fecundidad espiritual[8]”, como enseñó san Juan Pablo II, a quien el beato Álvaro estuvo unido por una filial amistad.
Al dar gracias a don Álvaro, damos gracias a sus padres que le han
acogido y educado, que han preparado en él un corazón sencillo y
generoso para recibir el amor de Dios, y responder a su llamada. “Este
es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”; así
fue don Álvaro: un hombre cuya sonrisa bendecía a Dios, que “hace cosas
grandes” (
Ecl 50, 22), y que contó con él para servir a la Iglesia extendiendo el Opus Dei, como fiel hijo y sucesor de san Josemaría.
Rezamos para que haya muchas familias que sean “hogares… luminosos y alegres… como fue el de la Sagrada Familia
[9]”,
en palabras de san Josemaría. Nuestra gratitud a Dios se alza por el
don de la familia, reflejo del eterno amor trinitario, lugar donde cada
uno se sabe amado por sí mismo, tal como es. Ahora, damos gracias
también a todos los padres y madres de familia que están aquí reunidos, y
a todos los que se ocupan de los niños, de los ancianos, de los
enfermos.
Familias: el Señor os ama, el Señor se halla presente en vuestro
matrimonio, imagen del amor de Cristo por su Iglesia. Sé que muchos de
vosotros os dedicáis generosamente a apoyar a otros matrimonios en su
camino de fidelidad, a ayudar a muchos otros hogares a ir adelante en un
contexto social muchas veces difícil y hasta hostil. ¡Ánimo! Vuestra
labor de testimonio y de evangelización es necesario para el mundo
entero. Acordaos de que, como dijo el querido Benedicto XVI, “la
fidelidad a lo largo del tiempo es el nombre del amor
[10]”.
3. “Sed agradecidos”, nos exhorta san Pablo (
Col 3, 15). El beato Álvaro, pensando en lo que debía a san
Josemaría, afirmaba que “la mejor muestra de agradecimiento consiste en
hacer buen uso de los dones recibidos[11]”.
En su predicación, en tertulias, en encuentros personales, en todas
partes, nunca dejaba de hablar de apostolado y de evangelización. Para
permanecer en ese amor de Dios que hemos recibido, debemos compartirlo
con los demás; la bondad de Dios tiende a difundirse. El Papa Francisco
decía que “en la oración, el Señor nos hace sentir este amor, pero
también a través de numerosos signos que podemos leer en nuestra vida, a
través de numerosas personas que pone en nuestro camino. Y la alegría
del encuentro con él y de su llamada lleva a no cerrarse, sino a
abrirse; lleva al servicio en la Iglesia[12]”.
“No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido” (
Jn 15, 16). Después de haber insistido el Señor en que la
iniciativa es siempre suya, en la primacía de su amor, nos envía a
difundir su Amor a todas las criaturas: “Os he destinado para que vayáis
y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (ibídem). “Manete in dilectione mea”: “permaneced en mi amor” (Jn
15, 9). Permanecer en el Señor es necesario para dar un fruto que a su
vez eche raíces profundas. Jesús lo acaba de decir a sus discípulos:
“Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto
por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no
permanecéis en mí” (Jn 15, 4).
La muchedumbre de estos días, los millones de personas en el mundo, y
tantas que ya nos esperan en el Cielo, dan también testimonio de la
fecundidad de la vida de don Álvaro. Os invito, hermanas y hermanos, a
estar, a desenvolveros en el amor del Señor: en la oración, en la Misa y
la Comunión frecuente, en la confesión sacramental, para que, con esa
fuerza de la predilección divina, sepamos transmitir lo que hemos
recibido, y llevarlo a cabo mediante un auténtico apostolado de amistad y
confidencia.
En la carta que me escribió el querido Papa Francisco con ocasión de la
beatificación de ayer, nos decía que “no podemos quedarnos con la fe
para nosotros mismos, es un don que hemos recibido para donarlo y
compartirlo con los demás
[13]”;
y añadía que el beato Álvaro “nos anima a no tener miedo de ir a
contracorriente y de sufrir para anunciar el Evangelio”, y también que
“nos enseña además que en la sencillez y cotidianidad de nuestra vida
podemos encontrar un camino seguro de santidad[14]”.
En este camino, con muchos ángeles, nos acompaña la Santísima Virgen.
María es Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa y Templo de Dios
Espíritu Santo. Es Madre de Dios y Madre nuestra, la Reina de la
familia, la Reina de los apóstoles. Que Ella nos ayude, como lo hizo con
el beato Álvaro, a seguir la invitación del Sucesor de Pedro: “Dejarse
amar por el Señor, abrir el corazón a su amor y permitir que sea él que
guíe nuestra vida
[15]”, como tantas veces san Josemaría pidió a la Virgen de la Almudena muy querida y venerada en esta Archidiócesis. Así sea. [1] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Forja, n. 270. [2] Beato Álvaro del Portillo, Carta a san Josemaría, Olot, 13 de julio de 1939. [3] Beato Álvaro del Portillo, Carta pastoral, 30 de septiembre de 1975. [4]
Cf. Beato Álvaro del Portillo, Carta pastoral con ocasión de las Bodas
de Oro de la fundación del Opus Dei, 24 de septiembre de 1978. [5] Venerable Pablo VI, Alocución en Nazaret, 5 de enero de 1964. [6] Ibídem [7]San Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Familiaris consortio, n. 41. [8] Ibídem. [9] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, n. 22. [10] Benedicto XVI, Homilía en Fátima, 12 de mayo de 2010. [11] Beato Álvaro del Portillo, Carta pastoral, 1 de julio de 1985. [12] Francisco, Discurso, Sala Pablo VI, 6 de julio de 2013. [13]
Francisco, Carta a Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, con
ocasión de la beatificación de Álvaro del Portillo celebrada en Madrid
el 27 de septiembre de 2014. [14] Ibídem. [15] Ibídem
¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días! ¡Gracias haber venido en tan gran número! Y gracias por su acogida festiva: ¡hoy
es su fiesta, nuestra fiesta! Agradezco a monseñor Paglia y a todos
los que la han preparado. También agradezco en especial la presencia del
Papa Emérito Benedicto XVI. Tantas veces he dicho que me gusta tanto
que viva aquí en el Vaticano, porque es como tener al abuelo sabio en
casa ¡Gracias! He escuchado los testimonios de algunos de
ustedes, que presentan experiencias comunes a tantos ancianos y abuelos.
Pero uno era diferente: el de los hermanos que vinieron desde Kara
Qosh, escapando de una persecución violenta. ¡A todos ellos juntos les
decimos "gracias" de forma especial! Es muy bello que ustedes hayan
venido aquí hoy: es un don para la Iglesia. Y nosotros les ofrecemos
nuestra cercanía, nuestra oración y nuestra ayuda concreta. La violencia
contra los ancianos es inhumana, así como la que se comete contra los
niños. ¡Pero Dios no los abandona, está con ustedes! Con su ayuda,
ustedes son y seguirán siendo la memoria de su pueblo; y también para
nosotros, para la gran familia de la Iglesia. ¡Gracias!
Estos
hermanos nos dan testimonio de que aun en las pruebas más difíciles,
los ancianos que tienen fe son como árboles que continúan dando frutos. Y
esto vale también en las situaciones más ordinarias, donde, sin
embargo, puede haber otras tentaciones, y otras formas de
discriminación. Hemos escuchado algunas en los otros testimonios. La
vejez, de forma particular, es un tiempo de gracia, en el que el Señor
nos renueva su llamado: nos llama a custodiar y transmitir la fe, nos
llama a orar, especialmente a interceder; nos llama a estar cerca de los
necesitados ... pero los ancianos, los abuelos tienen una capacidad
para comprender las situaciones más difíciles: ¡una gran capacidad! Y
cuando rezan por estas situaciones, su oración es más fuerte ¡es
poderosa!
A los abuelos, que han recibido la bendición de
ver a los hijos de sus hijos (cf. Sal 128,6), se les ha confiado una
gran tarea: transmitir la experiencia de la vida, la historia de una
familia, de una comunidad, de un pueblo; compartir con sencillez una
sabiduría, y la misma fe: ¡el legado más precioso! ¡Felices esas
familias que tienen a los abuelos cerca! El abuelo es padre dos veces y
la abuela es madre dos veces. Y en aquellos países donde la persecución
religiosa ha sido cruel, pienso por ejemplo en Albania, donde estuve el
domingo pasado; en aquellos países han sido los abuelos los que llevaban
a los niños a bautizar a escondidas, los que les dieron la fe ¡Qué bien
actuaron! ¡Fueron valientes en la persecución y salvaron la fe en esos
países!
Pero no siempre el anciano, el abuelo, la abuela,
tiene una familia que puede acogerlo. Y entonces bienvenidos los hogares
para los ancianos ... con tal de que sean verdaderos hogares, y ¡no
prisiones! ¡Y que sean para los ancianos - sean para los ancianos - y
no para los intereses de otras personas! No debe haber institutos donde
los ancianos vivan olvidados, como escondidos, descuidado. Me siento
cerca de los numerosos ancianos que viven en estos institutos, y pienso
con gratitud en los que los van a visitar y los cuidan. Los hogares para
ancianos deberían ser los "pulmones" de humanidad en un país, en un
barrio, en una parroquia; deberían ser "santuarios" de humanidad, donde
los que son viejos y débiles son cuidados y custodiados como un hermano
o una hermana mayor. ¡Hace tanto bien ir a visitar a un anciano! Miren a
nuestros chicos: a veces los vemos desganados y tristes; van a visitar a
un anciano, y ¡se vuelven alegres! Pero también existe la
realidad del abandono de los ancianos: ¡cuántas veces se descarta a los
ancianos con actitudes de abandono que son una verdadera eutanasia
escondida! Es el efecto del descarte que tanto daño hace a nuestro
mundo. Se descarta a los niños, a los jóvenes y a los ancianos con el
pretexto de mantener un sistema económico "equilibrado", en cuyo centro
no está la persona humana, sino el dinero. ¡Todos estamos llamados a
contrarrestar esta cultura del descarte! Nosotros, los
cristianos, junto con todos los hombres de buena voluntad, estamos
llamados a construir con paciencia una sociedad diversa, más acogedora,
más humano, más inclusiva, que no necesita descartar a los débiles de
cuerpo y mente, aún más, una sociedad que mide su propio "paso"
precisamente sobre estas personas.
Como cristianos y como
ciudadanos, estamos llamados a imaginar, con fantasía y sabiduría, los
caminos para afrontar este reto. Un pueblo que no custodia a los abuelos
y no los tratan bien no tiene futuro: pierde la memoria, y se
desarraiga de sus propias raíces. Pero cuidado: ¡ustedes tienen la
responsabilidad de mantener vivas estas raíces en ustedes mismos! Con la
oración, la lectura del Evangelio, las obras de misericordia. Así
permanecemos como árboles vivos, que aun en la vejez no dejan de dar
frutos.
Querido hermano: La beatificación del siervo de Dios Álvaro del
Portillo, colaborador fiel y primer sucesor de san Josemaría Escrivá al
frente del Opus Dei, representa un momento de especial alegría para
todos los fieles de esa Prelatura, así como también para ti, que durante
tanto tiempo fuiste testigo de su amor a Dios y a los demás, de su
fidelidad a la Iglesia y a su vocación. También yo deseo unirme a
vuestra alegría y dar gracias a Dios que embellece el rostro de la
Iglesia con la santidad de sus hijos. Su beatificación tendrá lugar
en Madrid, la ciudad en la que nació y en la que transcurrió su infancia
y juventud, con una existencia forjada en la sencillez de la vida
familiar, en la amistad y el servicio a los demás, como cuando iba a los
barrios para ayudar en la formación humana y cristiana de tantas
personas necesitadas. Y allí tuvo lugar sobre todo el acontecimiento que
selló definitivamente el rumbo de su vida: el encuentro con san
Josemaría Escrivá, de quien aprendió a enamorarse cada día más de
Cristo. Sí, enamorarse de Cristo. Éste es el camino de santidad que ha
de recorrer todo cristiano: dejarse amar por el Señor, abrir el corazón a
su amor y permitir que sea él el que guíe nuestra vida. Me gusta
recordar la jaculatoria que el siervo de Dios solía repetir con
frecuencia, especialmente en las celebraciones y aniversarios
personales: «¡gracias, perdón, ayúdame más!». Son palabras que nos
acercan a la realidad de su vida interior y su trato con el Señor, y que
pueden ayudarnos también a nosotros a dar un nuevo impulso a nuestra
propia vida cristiana. En primer lugar, gracias. Es la reacción
inmediata y espontánea que siente el alma frente a la bondad de Dios. No
puede ser de otra manera. Él siempre nos precede. Por mucho que nos
esforcemos, su amor siempre llega antes, nos toca y acaricia primero,
nos primerea. Álvaro del Portillo era consciente de los muchos dones que
Dios le había concedido, y daba gracias a Dios por esa manifestación de
amor paterno. Pero no se quedó ahí; el reconocimiento del amor del
Señor despertó en su corazón deseos de seguirlo con mayor entrega y
generosidad, y a vivir una vida de humilde servicio a los demás. Especialmente
destacado era su amor a la Iglesia, esposa de Cristo, a la que sirvió
con un corazón despojado de interés mundano, lejos de la discordia,
acogedor con todos y buscando siempre lo positivo en los demás, lo que
une, lo que construye. Nunca una queja o crítica, ni siquiera en
momentos especialmente difíciles, sino que, como había aprendido de san
Josemaría, respondía siempre con la oración, el perdón, la comprensión,
la caridad sincera. Perdón. A menudo confesaba que se veía delante de
Dios con las manos vacías, incapaz de responder a tanta generosidad.
Pero la confesión de la pobreza humana no es fruto de la desesperanza,
sino de un confiado abandono en Dios que es Padre. Es abrirse a su
misericordia, a su amor capaz de regenerar nuestra vida. Un amor que no
humilla, ni hunde en el abismo de la culpa, sino que nos abraza, nos
levanta de nuestra postración y nos hace caminar con más determinación y
alegría. El siervo de Dios Álvaro sabía de la necesidad que tenemos de
la misericordia divina y dedicó muchas energías personales para animar a
las personas que trataba a acercarse al sacramento de la confesión,
sacramento de la alegría. Qué importante es sentir la ternura del amor
de Dios y descubrir que aún hay tiempo para amar. Ayúdame más. Sí, el
Señor no nos abandona nunca, siempre está a nuestro lado, camina con
nosotros y cada día espera de nosotros un nuevo amor. Su gracia no nos
faltará, y con su ayuda podemos llevar su nombre a todo el mundo. En el
corazón del nuevo beato latía el afán de llevar la Buena Nueva a todos
los corazones. Así recorrió muchos países fomentando proyectos de
evangelización, sin reparar en dificultades, movido por su amor a Dios y
a los hermanos. Quien está muy metido en Dios sabe estar muy cerca de
los hombres. La primera condición para anunciarles a Cristo es amarlos,
porque Cristo ya los ama antes. Hay que salir de nuestros egoísmos y
comodidades e ir al encuentro de nuestros hermanos. Allí nos espera el
Señor. No podemos quedarnos con la fe para nosotros mismos, es un don
que hemos recibido para donarlo y compartirlo con los demás. ¡Gracias,
perdón, ayúdame! En estas palabras se expresa la tensión de una
existencia centrada en Dios. De alguien que ha sido tocado por el Amor
más grande y vive totalmente de ese amor. De alguien que, aun
experimentando sus flaquezas y límites humanos, confía en la
misericordia del Señor y quiere que todos los hombres, sus hermanos, la
experimenten también. Querido hermano, el beato Álvaro del Portillo
nos envía un mensaje muy claro, nos dice que nos fiemos del Señor, que
él es nuestro hermano, nuestro amigo que nunca nos defrauda y que
siempre está a nuestro lado. Nos anima a no tener miedo de ir a
contracorriente y de sufrir por anunciar el Evangelio. Nos enseña además
que en la sencillez y cotidianidad de nuestra vida podemos encontrar un
camino seguro de santidad. Pido, por favor, a todos los fieles de la
Prelatura, sacerdotes y laicos, así como a todos los que participan en
sus actividades, que recen por mí, a la vez que les imparto la Bendición
Apostólica.Que Jesús los bendiga y que la Virgen Santa los cuide. Fraternalmente, Franciscus
Así como sin María no habría existido Jesús, del mismo modo “sin la
Iglesia no podemos ir adelante”. Lo dijo el Papa al presidir la Misa
matutina en la Capilla de la Casa de Santa Marta en la memoria litúrgica
de la Bienaventurada Virgen Dolorosa: La Liturgia – afirmó Francisco
– después de habernos mostrado la Cruz gloriosa, nos hace ver a la
Madre humilde y mansa. En la Carta a los hebreos “Pablo subraya tres
palabras fuertes”, cuando dice que Jesús “aprendió, obedeció y padeció”.
“Es lo contrario de lo que había sucedido a nuestro padre Adán, que no
quiso aprender lo que el Señor mandaba, que no quiso padecer ni
obedecer”. Jesús, en cambio, aun siendo Dios, “se despojó, se humilló a
sí mismo haciéndose siervo. Ésta es la gloria de la Cruz de Jesús”: “Jesús
vino al mundo para aprender a ser hombre, y siendo hombre, caminar con
los hombres. Vino al mundo para obedecer, y obedeció. Pero esta
obediencia la aprendió del sufrimiento. Adán salió del Paraíso con una
promesa, la promesa que iba adelante durante tantos siglos. Hoy, con
esta obediencia, con este aniquilarse a sí mismo, humillarse, de Jesús,
esa promesa devuelve esperanza. Y el pueblo de Dios camina con
esperanza cierta. También la Madre, ‘la nueva Eva’, como la llama el
mismo Pablo, participa en este camino del Hijo: aprendió, sufrió y
obedeció. Y se convierte en Madre”. El Evangelio nos muestra a
María a los pies de la Cruz. Jesús dice a Juan: “He aquí tu madre”.
María – afirmó el Papa – “es ungida Madre”: “Y esta es también
nuestra esperanza. Nosotros no somos huérfanos, tenemos Madres: la Madre
María. Pero también la Iglesia es Madre y también la Iglesia es ungida
Madre cuando recorre el mismo camino de Jesús y de María: el camino de
la obediencia, el camino del sufrimiento; y cuando tiene esa actitud de
aprender continuamente el camino del Señor. Estas dos mujeres – María y
la Iglesia – llevan adelante la esperanza que es Cristo, nos dan a
Cristo, generan a Cristo en nosotros. Sin María, no habría existido
Jesucristo; sin la Iglesia no podemos ir adelante”. “Dos
mujeres y dos Madres” – prosiguió explicando el Papa Francisco – y
junto a ellas nuestra alma, que como decía el monje Isaac, abad de
Stella, “es femenina” y se asemeja “a María y a la Iglesia”: “Hoy,
viendo a esta mujer ante la Cruz, firme en seguir a su Hijo en el
sufrimiento para aprender la obediencia, al verla vemos a la Iglesia y
vemos a nuestra Madre. Y también vemos nuestra pequeña alma que no se
perderá jamás, si sigue siendo también una mujer cercana a estas dos
grandes mujeres que nos acompañan en la vida: María y la Iglesia. Y así
como nuestros Padres del Paraíso salieron con una promesa, hoy nosotros
podemos ir adelante con una esperanza: la esperanza que nos da nuestra
Madre María, firme ante la Cruz, y nuestra Santa Madre Iglesia
jerárquica”.
La prima Lectura nos habla del camino del pueblo en
el desierto. Pensemos en aquella gente en marcha, siguiendo a Moisés;
eran sobre todo familias: padres, madres, hijos, abuelos; hombres y
mujeres de todas las edades, muchos niños, con los ancianos que
avanzaban con dificultad… Este pueblo nos lleva a pensar en la Iglesia
en camino por el desierto del mundo actual, en el Pueblo de Dios,
compuesto en su mayor parte por familias. Nos hace pensar
también en las familias, en nuestras familias, en camino, por los
derroteros de la vida, por las vicisitudes de cada día… Es incalculable
la fuerza, la carga de humanidad que hay en una familia: la ayuda mutua,
la educación de los hijos, las relaciones que maduran a medida que
crecen las personas, las alegrías y las dificultades compartidas… Las
familias son el primer lugar en que nos formamos como personas y, al
mismo tiempo, son los “ladrillos” para la construcción de la sociedad. Volvamos
al texto bíblico. En un momento dado, “el pueblo no soportó el viaje
(Nm 21, 4). Estaban cansados, no tenían agua y comían sólo “maná”, un
alimento milagroso, dado por Dios, pero que, en aquel momento de crisis,
les parecía demasiado poco. Y entonces se quejaron y protestaron contra
Dios y contra Moisés: “¿Por qué nos has sacado…?” (Cf. Nm 21,5). Es la
tentación de volver atrás, de abandonar el camino. Esto me
lleva a pensar en las parejas de esposos que “se sienten cansadas del
camino” de la vida conyugal y familiar. El cansancio del camino se
convierte en agotamiento interior; pierden el gusto del Matrimonio, no
encuentran ya en el Sacramento la fuente de agua. La vida cotidiana se
hace pesada, y tantas veces “da náusea”. En ese momento de
desorientación – dice la Biblia – llegaron serpientes venenosas que
mordían a la gente, y muchos murieron. Esto provocó el arrepentimiento
del pueblo, que pidió perdón a Moisés y le suplicó que rogase al Señor
que apartase las serpientes. Moisés rezó al Señor y Él dio el remedio:
una serpiente de bronce sobre un estandarte; quien la mire, quedará sano
del veneno mortal de las serpientes. ¿Qué significa este
símbolo? Dios no acaba con las serpientes, sino que da un “antídoto”:
mediante esa serpiente de bronce, hecha por Moisés, Dios comunica su
fuerza de curación, que es su misericordia, más fuerte que el veneno del
tentador. Jesús, como hemos escuchado en el Evangelio, se
identificó con este símbolo: el Padre, por amor, lo ha “entregado” a Él,
el Hijo Unigénito, a los hombres para que tengan vida (Cf. Jn 3,13-17);
y este amor inmenso del Padre lleva al Hijo a hacerse hombre, a hacerse
siervo, a morir por nosotros y a morir en una cruz; por eso el Padre lo
ha resucitado y le ha dado poder sobre todo el universo. Así se expresa
el himno de la Carta de San Pablo a los Filipenses (2, 6-11). Quien
confía en Jesús crucificado recibe la misericordia de Dios que cura del
veneno mortal del pecado. El remedio que Dios da al pueblo
vale también, especialmente, para los esposos que, “extenuados del
camino”, son mordidos por la tentación del desánimo, de la infidelidad,
de mirar atrás, del abandono… También a ellos Dios Padre les entrega a
su Hijo Jesús, no para condenarlos, sino para salvarlos: si confían en
Él, los cura con el amor misericordioso que brota de su Cruz, con la
fuerza de una gracia que regenera y encauza de nuevo la vida conyugal y
familiar. El amor de Jesús, que ha bendecido y consagrado la
unión de los esposos, es capaz de mantener su amor y de renovarlo cuando
humanamente se pierde, se hiere, se agota. El amor de Cristo puede
devolver a los esposos la alegría de caminar juntos; porque eso es el
matrimonio: un camino juntos de un hombre y una mujer, en el que el
hombre tiene la misión de ayudar a la mujer a ser mejor mujer, y la
mujer tiene la misión de ayudar a su marido a ser más hombre. Esta es la
misión que tienen entre ustedes. Es la reciprocidad de la diferencia.
No es un camino llano, sin problemas, no, no sería humano. Es un viaje
comprometido, a veces difícil, a veces complicado, pero así es la vida. En
medio de esta teología que nos da la Palabra de Dios, el pueblo en
camino, también la familia en camino, los esposos en camino, un pequeño
consejo: es normal que los esposos peleen, es normal. Siempre se hace.
Pero les aconsejo que jamás terminen la jornada sin hacer la paz. Es
suficiente un pequeño gesto y así se sigue caminando. El matrimonio es
símbolo de la vida, de la vida real, no es una “novela”. Es el
sacramento del amor de Cristo y de la Iglesia, un amor que encuentra en
la Cruz su prueba y su garantía. Les deseo a todos ustedes un
buen camino, un bello camino, un camino fecundo. Que el amor crezca. Les
deseo felicidad. Habrá cruces pero está siempre el Señor para ayudarlos
a ir adelante. Que el Señor los bendiga.
Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días! El Evangelio de
este domingo, tomado del capítulo 18 de Mateo, presenta el tema de la
corrección fraterna en la comunidad de los creyentes: o sea cómo debo
corregir a otro cristiano cuando hace algo que no está bien. Jesús nos
enseña que si mi hermano cristiano comete una culpa contra mí, me
ofende, yo debo usar la caridad hacia él, antes que todo, hablarle
personalmente, explicándole que aquello que ha dicho o hecho no es bueno
¿Y si el hermano no me escucha? Jesús sugiere una intervención
progresiva: primero, vuelve a hablarle con otras dos o tres personas,
para que sea más consciente del error que ha cometido; si, no obstante
esto, no acoge la exhortación, es necesario decirlo a la comunidad; y si
tampoco escucha a la comunidad, es necesario hacerle percibir la
fractura y el distanciamiento que él mismo ha provocado, haciendo venir a
menos la comunión con los hermanos en la fe. Las etapas de este
itinerario indican el esfuerzo que el Señor pide a su comunidad para
acompañar a quien se equivoca, para que no se pierda. Es ante todo
necesario evitar el clamor de la habladuría y el cotilleo de la
comunidad - ésta es la primera cosa, evitar esto-. "Ve y corrígelo en
privado" (v. 15). La actitud es de delicadeza, prudencia, humildad,
atención hacia quien ha cometido una culpa, evitando que las palabras
puedan herir y matar al hermano. Porque, ustedes saben, ¡también las
palabras matan! Cuando hablo mal. Cuando hago una crítica injusta,
cuando con mi lengua 'saco el cuero' a un hermano, esto es matar la
reputación del otro. También las palabras matan. Estemos atentos a esto.
Al mismo tiempo esta discreción tiene la finalidad de no mortificar
inútilmente al pecador. Es a la luz de esta exigencia que se comprende
también la serie sucesiva de intervenciones, que prevé la participación
de algunos testimonios y luego incluso de la comunidad. El objetivo es
aquel de ayudar a la persona a darse cuenta de aquello que ha hecho, y
que con su culpa ha ofendido no solamente a uno, sino a todos. Pero
también ayudarnos a librarnos de la ira o del resentimiento, que sólo
nos hacen mal: aquella amargura del corazón que trae la ira y el
resentimiento y que nos llevan a insultar y a agredir. Es muy feo ver
salir de la boca de un cristiano un insulto o una agresión. Es feo
¿Entendido? ¡Nada de insultos! Insultar no es cristiano ¿Entendido?
Insultar no es cristiano. En realidad, ante Dios todos somos
pecadores y necesitados de perdón. Todos. Jesús, de hecho, nos ha dicho
no juzgar. La corrección fraterna es un aspecto del amor y de la
comunión que deben reinar en la comunidad cristiana. Es un servicio
recíproco que podemos y debemos darnos los unos a los otros. Corregir al
hermano es un servicio, y es posible y eficaz solamente si cada uno se
reconoce pecador y necesitado del perdón del Señor. La misma consciencia
que me hace reconocer el error del otro, me hace acordar que yo me
equivocado primero y que me equivoco tantas veces. Por esto, al
inicio de la Misa, estamos siempre invitados a reconocer ante el Señor
que somos pecadores, expresando con las palabras y con los gestos el
sincero arrepentimiento del corazón. Y decimos '¡ten piedad de mí,
Señor, que soy pecador! Confieso, a Dios omnipotente, mis pecados'. O
nosotros decimos: 'Señor ten piedad de éste que está junto a mí o de
ésta, que son pecadores'. ¡No! '¡Ten piedad de mí!' Todos somos
pecadores y necesitados del perdón del Señor. Es el Espíritu Santo el
que habla a nuestro espíritu y nos hace reconocer nuestras culpas a la
luz de la palabra de Jesús. Y es el mismo Jesús que nos invita a todos,
santos y pecadores, a su mesa recogiéndonos de los cruces de los
caminos, de las diversas situaciones de la vida (cfr Mt 22,9-10). Y
entre las condiciones que acomunan a los participantes a la celebración
eucarística, dos son fundamentales, dos condiciones para ir bien a Misa:
todos somos pecadores y a todos Dios dona su misericordia. Son dos
condiciones que abren las puertas de par en par para entrar bien a Misa.
Debemos recordar esto siempre antes de ir hacia el hermano para la
corrección fraterna. Pidamos todo esto por intercesión de la
Bienaventurada Virgen María, que mañana celebraremos en la conmemoración
litúrgica de su Natividad.
La fuerza de la vida cristiana está en el encuentro entre nuestros
pecados y Cristo que nos salva. Si no se produce este encuentro, las
iglesias son decadentes y los cristianos tibios. Lo dijo el Papa
Francisco en su homilía de la Misa matutina en la Casa de Santa Marta. Pedro
y Pablo nos hacen comprender que un cristiano se puede jactar de dos
cosas: “De sus propios pecados y de Cristo crucificado”. La fuerza
transformadora de la Palabra de Dios – explicó el Pontífice – parte de
tener conciencia de esto. Y Pablo, en su primera Carta a los Corintios,
invita a quien se cree sabio a “volverse necio para llegar a ser docto,
porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios”: “Pablo
nos dice que la fuerza de la Palabra de Dios, esa que cambia el corazón,
que cambia el mundo, que nos da esperanza, que nos da vida, no está en
la sabiduría humana: no está en hablar bien y en decir las cosas con
inteligencia humana. No. Eso es necedad, dice él. La fuerza de la
Palabra de Dios viene de otra parte. También la fuerza de la Palabra de
Dios pasa por el corazón del predicador, y por esto dice a aquellos que
predican la Palabra de Dios: ‘Vuélvanse necios, es decir, no pongan su
seguridad en su sabiduría, en la sabiduría del mundo”. El
Apóstol Pablo no se vanagloria de sus estudios – “había estudiado con
los profesores más importantes de su tiempo” – sino “sólo de dos cosas”: “Él
mismo dice: ‘yo sólo me glorío de mis pecados’. Esto escandaliza.
Además, en otro pasaje dice: ‘Yo sólo me glorío en Cristo, este
Crucificado. La fuerza de la Palabra de Dios está en aquel encuentro
entre mis pecados y la sangre de Cristo, que me salva. Y cuando no
existe este encuentro, el corazón no tiene fuerza. Cuando se olvida ese
encuentro que hemos tenido en la vida, nos volvemos mundanos, queremos
hablar de las cosas de Dios con lenguaje humano, y no sirve: no da
vida”. También Pedro – en el Evangelio de la pesca milagrosa –
experimenta el encuentro con Cristo viendo su propio pecado: ve la
fuerza de Jesús y se ve a sí mismo. Se inclina a sus pies diciendo:
“Señor, aléjate de mí, porque soy un pecador”. En este encuentro entre
Cristo y mis pecados está la salvación, dijo el Papa: “El lugar
privilegiado para el encuentro con Jesucristo son los propios pecados.
Si un cristiano no es capaz de sentirse precisamente pecador y salvado
por la sangre de Cristo, de este Crucificado, es un cristiano a mitad de
camino, es un cristiano tibio. Y cuando nosotros encontramos Iglesias
decadentes, cuando encontramos parroquias decadentes, instituciones
decadentes, seguramente los cristianos que están allí no han encontrado
jamás a Jesucristo o se han olvidado de aquel encuentro con Jesucristo.
La fuerza de la vida cristiana y la fuerza de la Palabra de Dios está
precisamente en aquel momento donde yo, pecador, encuentro a Jesucristo y
aquel encuentro da un vuelco a la vida, cambia la vida… Y te da la
fuerza para anunciar la salvación a los demás”. El Papa
Francisco invita a hacerse algunas preguntas, dijo también el Papa:
“¿Soy capaz de decir al Señor: ‘Soy pecador?’”. No en teoría, ¿sino
confesando “el pecado concreto? ¿Y soy capaz de creer que precisamente
Él, con su Sangre, me ha salvado del pecado y me ha dado una vida nueva?
¿Tengo confianza en Cristo?”. Y concluyó: “¿De qué cosas puede jactarse
un cristiano? De dos cosas: de los propios pecados y de Cristo
crucificado”.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! en las precedentes
catequesis hemos tenido ocasión de remarcar varias veces que no nos
hacemos cristianos por sí mismos, es decir con las propias fuerzas, en
modo autónomo, ni siquiera nos hacemos cristianos en laboratorio, pero
que se es generados y hechos crecer en la fe al interior de aquel gran
cuerpo que es la Iglesia. En este sentido, la Iglesia es de verdad
madre, ¡nuestra Madre Iglesia! ¿Es bello decirlo así, eh? Nuestra Madre
Iglesia. Una madre que nos da vida en Cristo y que nos hace vivir con
los otros hermanos en la comunión del Espíritu Santo. 1. En esta
maternidad suya, la Iglesia tiene como modelo a la Virgen María, el
modelo más bello y más alto que pueda existir. Es lo que ya las primeras
comunidades cristianas han sacado a la luz y el Concilio Vaticano II ha
expresado en modo admirable. (cfr. Cost. Lumen Gentium, 36-64).
La maternidad de María es ciertamente única, singular, y se ha cumplido
en la plenitud de los tiempos, cuando la Virgen dio a la luz el Hijo de
Dios, concebido por obra del Espíritu Santo. Y, sin embargo, la
maternidad de la Iglesia se coloca precisamente en continuidad con
aquella de María, como su prolongación en la historia. La Iglesia, en la
fecundidad del Espíritu, continúa a generar nuevos hijos en Cristo,
siempre en la escucha de la Palabra de Dios y en la docilidad a su
designio de amor. La Iglesia es madre. El nacimiento de Jesús en el seno
de María, en efecto, es preludio del nacimiento de todo cristiano en el
seno de la Iglesia, desde el momento que Cristo es el primogénito de
una multitud de hermanos (cfr. Rm, 8,29). Es nuestro primer
hermano Jesús, nacido de María, es el modelo y todos nosotros hemos
nacido de la Iglesia. Comprendemos entonces cómo la relación que une
María a la Iglesia es muy profunda: mirando a María, descubrimos el
rostro más bello y más tierno de la Iglesia y mirando a la Iglesia
reconocemos los lineamientos sublimes de María. Nosotros cristianos no
somos huérfanos, tenemos una mamá, tenemos madre, ¡y esto es grande! ¡No
somos huérfanos! La Iglesia es madre, María es madre. 2. La Iglesia
es nuestra Madre porque nos ha dado a la luz en el Bautismo. Cada vez
que bautizamos un niño se transforma en hijo de la Iglesia, viene
adentro de la Iglesia. Y desde aquel día, como mamá primorosa, nos hace
crecer en la fe y nos indica, con la fuerza de la Palabra de Dios, el
camino de la salvación, defendiéndonos del mal. La Iglesia ha
recibido de Jesús el tesoro precioso del Evangelio, no para retenerlo
para sí misma, sino para donarlo generosamente a los otros: como hace
una mamá. En este servicio de evangelización se manifiesta en modo
peculiar la maternidad de la Iglesia, empeñada, como una madre, en
ofrecer a sus hijos la nutrición espiritual que alimenta y hace
fructificar la vida cristiana. Todos, por lo tanto, estamos llamados a
acoger con mente y corazón abiertos, la Palabra de Dios que la Iglesia
cada día dispensa, porque esta Palabra tiene la capacidad de cambiarnos
desde adentro, ¡sólo la palabra de Dios tiene esta capacidad, de
cambiarnos bien desde adentro, desde nuestras raíces más profundas!
Tiene este poder la Palabra de Dios, ¿y quién nos da la Palabra de Dios?
La madre Iglesia. Nos amamanta desde niños con esta Palabra, nos cría
durante toda la vida con esta Palabra. ¡Y esto es grande! ¡Es
precisamente la madre Iglesia, que con esta Palabra de Dios, nos cambia
desde adentro! La Palabra de Dios que nos da la Madre Iglesia nos
transforma, hace nuestra humanidad no palpitante según la mundanidad de
carne, sino según el Espíritu. En su cuidado maternal, la Iglesia se
esfuerza por mostrar a los creyentes el camino a seguir para vivir una
existencia fecunda de alegría y paz. Iluminados por la luz del Evangelio
y sostenidos por la gracia de los Sacramentos, especialmente la
Eucaristía, nosotros podemos orientar nuestras elecciones al bien y
atravesar con valentía y esperanza los momentos de oscuridad y los
senderos más tortuosos, que los hay, ¡en la vida también los hay! El
camino de salvación, a través del cual la Iglesia nos guía y nos
acompaña con la fuerza del Evangelio y el apoyo de los Sacramentos, nos
da la capacidad para defendernos del mal. La Iglesia tiene el coraje de
una madre que sabe que debe proteger a sus hijos de los peligros que
resultan de la presencia de satanás en el mundo, para llevarlos al
encuentro con Jesús. Una madre siempre defiende a los hijos. Esta
defensa consiste también en el exhortar a la vigilancia: vigilar contra
el engaño y la seducción del maligno. Porque si también Dios ha vencido a
Satanás, este siempre vuelve con sus tentaciones, nosotros lo sabemos,
todos nosotros somos tentados, hemos sido tentados y somos tentados. A
nosotros nos corresponde no ser ingenuos, él viene como “león rugiente”
dice el apóstol Pedro (1 Pedro 5.8). Nos corresponde a nosotros no ser
ingenuos sino vigilar y resistir firmes en la fe. Resistir con los
consejos de la madre, resistir con la ayuda de la madre Iglesia, que
como buena madre, siempre acompaña a sus hijos en los momentos
difíciles. 3. Queridos amigos, esta es la Iglesia. Esta es la
Iglesia que amamos todos, esta es la Iglesia que yo amo. Una madre que
tiene en el corazón el bien de los propios hijos, y que es capaz de dar
la vida por sus hijos. No debemos olvidar, sin embargo, que la Iglesia
no son los sacerdotes, o nosotros los obispos. No, ¡somos todos! La
Iglesia somos todos, ¿de acuerdo? Y también nosotros somos hijos y al
mismo tiempo, madres de otros cristianos. Todos los bautizados, hombres
y mujeres, juntos, somos la Iglesia. ¡Cuántas veces en nuestra vida no
damos el testimonio de esta maternidad de la Iglesia, de esta valentía
maternal de la Iglesia! Cuántas veces somos cobardes, ¿eh? ¿No eh?
Entonces encomendémonos a María, para que ella como madre de nuestro
primer hermano, del primogénito Jesús, nos enseñe a tener su mismo
espíritu maternal con nuestros hermanos, con la capacidad sincera de
recibir, de perdonar, de dar fuerza, y de infundir fe y esperanza. Y
esto es lo que hace una mamá. ¡Gracias!