Igual que las abejas producen la dulce miel libando el néctar de las flores, Mis Ideas son el producto de muchos años de estudio y reflexión. Si alguna de Mis Ideas no son tan dulces como la miel la culpa es mía.
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz Navidad! Jesús, el Hijo de Dios, el Salvador del mundo, nos ha nacido. Ha
nacido en Belén de una virgen, cumpliendo las antiguas profecías. La
virgen se llama María, y su esposo José. Son personas humildes, llenas de esperanza en la bondad de Dios, que
acogen a Jesús y lo reconocen. Así, el Espíritu Santo iluminó a los
pastores de Belén, que fueron corriendo a la cueva y adoraron al niño. Y
luego el Espíritu guió a los ancianos Simeón y Ana en el templo de
Jerusalén, y reconocieron en Jesús al Mesías. «Mis ojos han visto a tu
Salvador – exclama Simeón –, a quien has presentado ante todos los
pueblos» (Lc 2,30). Sí, hermanos, Jesús es la salvación para todas las personas y todos los pueblos. Para él, el Salvador del mundo, le pido que guarde a nuestros
hermanos y hermanas de Irak y de Siria, que padecen desde hace demasiado
tiempo los efectos del conflicto que aún perdura y, junto con los
pertenecientes a otros grupos étnicos y religiosos, sufren una
persecución brutal. Que la Navidad les traiga esperanza, así como a
tantos desplazados, profugos y refugiados, niños, adultos y ancianos, de
aquella región y de todo el mundo; que la indiferencia se transforme en
cercanía y el rechazo en acogida, para que los que ahora están sumidos
en la prueba reciban la ayuda humanitaria necesaria para sobrevivir a
los rigores del invierno, puedan regresar a sus países y vivir con
dignidad. Que el Señor abra los corazones a la confianza y otorgue la
paz a todo el Medio Oriente, a partir la tierra bendecida por su
nacimiento, sosteniendo los esfuerzos de los que se comprometen
activamente en el diálogo entre israelíes y palestinos. Que Jesús, Salvador del mundo, custodie a cuantos están sufriendo en
Ucrania y conceda a esa amada tierra superar las tensiones, vencer el
odio y la violencia y emprender un nuevo camino de fraternidad y
reconciliación. Que Cristo Salvador conceda paz a Nigeria, donde se derrama más
sangre y demasiadas personas son apartadas injustamente de sus seres
queridos y retenidas como rehenes o masacradas. También invoco la paz
para otras partes del continente africano. Pienso, en particular, en
Libia, el Sudán del Sur, la República Centroafricana y varias regiones
de la República Democrática del Congo; y pido a todos los que tienen
responsabilidades políticas a que se comprometan, mediante el diálogo, a
superar contrastes y construir una convivencia fraterna duradera. Que Jesús salve a tantos niños víctimas de la violencia, objeto de
tráfico ilícito y trata de personas, o forzados a convertirse en
soldados. Que consuele a las familias de los niños muertos en Pakistán
la semana pasada. Que sea cercano a los que sufren por enfermedad, en
particular a las víctimas de la epidemia de ébola, especialmente en
Liberia, Sierra Leona y Guinea. Agradezco de corazón a los que se están
esforzando con valentía para ayudar a los enfermos y sus familias, y
renuevo un llamamiento ardiente a que se garantice la atención y el
tratamiento necesario. Hay verdaderamente muchas lágrimas en esta Navidad junto con las lágrimas del Niño Jesús. Queridos hermanos y hermanas, que el Espíritu Santo ilumine hoy
nuestros corazones, para que podamos reconocer en el Niño Jesús, nacido
en Belén de la Virgen María, la salvación que Dios nos da a cada uno de
nosotros, a todos los hombres y todos los pueblos de la tierra. Que el
poder de Cristo, que es liberación y servicio, se haga oír en tantos
corazones que sufren la guerra, la persecución, la esclavitud. Que este
poder divino, con su mansedumbre, extirpe la dureza de corazón de muchos
hombres y mujeres sumidos en lo mundano y la indiferencia. Que su
fuerza redentora transforme las armas en arados, la destrucción en
creatividad, el odio en amor y ternura. Así podremos decir con júbilo:
«Nuestros ojos han visto a tu Salvador». Feliz Navidad a todos.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Hoy, cuarto y último Domingo de
Adviento, la liturgia quiere prepararnos a la Navidad, ya a las puertas,
invitándonos a meditar el relato del anuncio de Ángel a María. El
Arcángel Gabriel revela a la Virgen la voluntad del Señor, que ella se
convierta en la madre de su Hijo unigénito: “Concebirás y darás a luz un
hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo
del Altísimo” (Lc 1, 31-32). Fijemos la mirada sobre esta sencilla muchacha de Nazaret,
en el momento en que se vuelve disponible al mensaje divino con su
“sí”; captamos dos aspectos esenciales de su actitud, que es para
nosotros modelo de cómo prepararse a la Navidad. Dos actitudes de María, modelo de preparación a la Navidad Ante todo, su fe, su actitud de fe,
que consiste en escuchar la Palabra de Dios para abandonarse a esta
Palabra con plena disponibilidad de mente y de corazón. Al responder al
Ángel María dijo: “Yo soy la sierva del Señor, que se cumpla en mí lo
que has dicho” (v. 38). En su “sí” lleno de fe, María no sabe por cuáles
caminos deberá aventurarse, cuáles dolores deberá padecer, cuáles
riesgos afrontar. Pero es consciente que es el Señor quien pide y ella
se fía totalmente de Él, se abandona a su amor. Ésta es la fe de María. Otro aspecto es la capacidad de la Madre de Cristo de reconocer el tiempo de Dios.
María es aquella que ha hecho posible la encarnación del Hijo de Dios,
“revelando un misterio que fue guardado en secreto desde la eternidad” (Rm
16, 25). Ha hecho posible la encarnación del Verbo gracias precisamente
a su “sí” humilde y valiente. María nos enseña a comprender el momento
favorable en que Jesús pasa por nuestra vida y pide una respuesta rápida y generosa. Y Jesús pasa. En efecto, el misterio
del nacimiento de Jesús en Belén, que se produjo históricamente hace ya
más de dos mil años, se produce como evento espiritual, en el “hoy” de
la Liturgia. El Verbo, que encontró morada en el seno virginal de María,
en la celebración de la Navidad viene a llamar nuevamente al corazón de
cada cristiano. Pasa y llama. Cada uno de nosotros está llamado a
responder, como María, con un “sí” personal y sincero, poniéndose
plenamente a disposición de Dios y de su misericordia, de su amor. Eh, cuántas veces Jesús pasa por
nuestra vida. Y cuántas veces nos envía un ángel. Y cuántas veces no nos
damos cuenta, porque estamos tan ocupados e inmersos en nuestros
pensamientos, en nuestros asuntos e incluso, en estos días, en nuestra
preparación de la Navidad, que no nos damos cuenta que Él pasa y llama a
la puerta de nuestro corazón pidiendo acogida, pidiendo un “sí”, como
el de María. Un santo decía: “Tengo temor de que
el Señor pase”. ¿Saben por qué tenía temor? Temor de no darse cuenta y
dejarlo pasar. Cuando nosotros sentimos en nuestro corazón: “Pero yo
querría ser más bueno, más buena, me he arrepentido de esto que he
hecho, aquí está precisamente el Señor que llama, que te hace sentir
ganas de ser mejor, las ganas de permanecer más cerca de los demás, de
Dios. Si tú sientes esto, detente. Allí está el Señor. Y ve a rezar, tal
vez a la Confesión. A limpiar un poco el orujo. Eso hace bien. Pero
acuérdate bien, si tú sientes esas ganas de mejorar, es Él quien llama.
No lo dejes pasar. Presencia silenciosa de San José En el misterio de la Navidad, junto a María está la silenciosa presencia de San José, tal como es representada en todo pesebre, también en el que pueden admirar aquí, en la Plaza de San Pedro. Jesús se ha hecho nuestro hermano por amor El ejemplo de María y de José es para todos nosotros una invitación a recibir acoger, con total apertura del alma a Jesús, que por amorse ha hecho nuestro hermano. El don precioso de la Navidad es la paz Él viene a traer al mundo el don de la paz: “En la tierra, paz a los hombres que él ama” (Lc
2, 14), como anunciaron a coro los ángeles a los pastores. El don
precioso de la Navidad es la paz, y Cristo es nuestra paz verdadera. Y
Cristo llama a nuestros corazones para darnos la paz. La paz del alma.
Abramos las puertas a Cristo. Nos encomendamos a la intercesión de
nuestra Madre y de San José, para vivir una Navidad verdaderamente
cristiana, libres de toda mundanidad, dispuestos a acoger al Salvador, el Dios-con-nosotros.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! El Sínodo de los Obispos sobre la Familia, apenas
celebrado, ha sido la primera etapa de un camino, que se concluirá el
próximo octubre con la celebración de otra Asamblea sobre el tema
“Vocación y misión de la familia en la Iglesia y en el mundo”. La
oración y la reflexión que deben acompañar este camino involucran a todo
el Pueblo de Dios. Quisiera que también las meditaciones habituales de las audiencias del miércoles se inserten en este camino común. Por esto, he decidido reflexionar con ustedes, en este año, precisamente sobre la familia, sobre este gran don
que el Señor hizo al mundo desde el principio, cuando confirió a Adán y
Eva la misión de multiplicarse y de llenar la tierra (cfr Gen 1,28).
Aquel don que Jesús ha confirmado y sellado en su Evangelio. Y la cercanía de la Navidad enciende sobre este misterio una gran luz. La encarnación de Hijo de Dios
abre un nuevo inicio en la historia universal del hombre y de la mujer.
Y este nuevo inicio acaece en el seno de una familia, en Nazaret. Jesús
nació en una familia. Él podía venir especularmente, o como un
guerrero, un emperador…No, no. Viene como un hijo de familia, en una familia. Esto es importante: mirar en el pesebre esta escena tan bella. Dios ha elegido nacer en una familia humana, que ha formado Él mismo. La ha formado en un apartado pueblo de la periferia
del Imperio Romano. No en Roma, que es la ciudad capital del Imperio,
no en una gran ciudad, sino en una periferia casi invisible, o mejor
dicho, más bien de mala fama. Lo recuerdan también los
Evangelios, casi como un modo de decir: “De Nazaret, ¿puede salir alguna
vez algo bueno?” (Jn, 1,46). Quizás, en muchas partes del mundo,
nosotros mismos hablamos todavía así, cuando escuchamos el nombre de
algún lugar periférico de una gran ciudad. Pues bien, precisamente
desde allí, de aquella periferia del gran Imperio, ¡inició la historia
más santa y más buena, aquella de Jesús entre los hombres! Y allí estaba
esta familia. Jesús permaneció en esa periferia por más de treinta
años. El evangelista Lucas resume este periodo así: “…vivía sujeto a
ellos", es decir a María y José. Pero uno dice: ¿pero este Dios que
viene a salvarnos ha perdido treinta años allí, en aquella periferia de
mala fama? ¡Ha perdido treinta años! Y Él ha querido esto. El camino de Jesús estaba en esa familia. "La madre conservaba todas estas cosas en su corazón.
Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia, delante de
Dios y de los hombres”. (2, 51-52). No se habla de milagros o
curaciones, de predicaciones – no hizo ninguna en aquel tiempo – no se
habla de predicaciones, de muchedumbres que se aglomeran; en Nazaret
todo parece suceder “normalmente”, según las costumbres de una pía y trabajadora
familia israelí: se trabajaba, la mamá cocinaba, hacía todas las cosas
de la casa, planchaba las camisas…todas cosas de mamá. El papá,
carpintero, trabajaba, enseñaba al hijo a trabajar. Treinta años: “¡pero
que desperdicio padre! Pero, nunca se sabe. Los caminos de Dios son misteriosos.
¡Pero aquello era importante, allí estaba la familia! ¡Y eso no era un
desperdicio, eh! Eran grandes santos: María, la mujer más santa,
inmaculada, y José, el hombre más justo. La familia. Ciertamente estaríamos enternecidos por el relato de cómo Jesús
adolescente afrontaba los encuentros de la comunidad religiosa y los
deberes de la vida social; en el conocer cómo, cuando era un joven
obrero, trabajaba con José; y luego su modo de
participar en la escucha de las Escrituras, en la oración de los salmos y
en tantas otras costumbres de la vida cotidiana. Los Evangelios, en su
sobriedad, no refieren nada acerca de la adolescencia de Jesús y
dejan esta tarea a nuestra afectuosa meditación. El arte, la
literatura, la música han recorrido esta vía de la imaginación.
Ciertamente, ¡no es difícil imaginar cuánto las mamás podrían aprender
de los cuidados de María por el hijo! ¡Y cuánto los papás podrían ganar
del ejemplo de José, hombre justo, que dedicó su vida a sostener y a
defender al niño y a la esposa – su familia – en los momentos difíciles!
¡Y no digamos cuánto los jóvenes podrían ser alentados por Jesús
adolescente a comprender la necesidad y la belleza de cultivar su
vocación más profunda y de soñar a la grande!
Y Jesús ha cultivado en aquellos treinta años su vocación por la cual
el Padre lo ha enviado, ¿no? El Padre Dios. Jesús jamás en aquel tiempo
se desalentó, sino que creció en coraje para seguir adelante con su misión. Cada familia cristiana – como hicieron María y José
- puede en primer lugar acoger a Jesús, escucharlo, hablar con Él,
custodiarlo, protegerlo, crecer con Él; y así mejorar el mundo. Hagamos
espacio en nuestro corazón y en nuestras jornadas al Señor. Así
hicieron también María y José, y no fue fácil: ¡cuántas dificultades
tuvieron que superar! No era una familia fingida, no era una familia
irreal. La familia de Nazaret nos compromete a redescubrir la vocación y
la misión de la familia, de cada familia. Y como sucedió en aquellos
treinta años en Nazaret, así puede suceder también para nosotros: hacer
que se transforme en normal el amor y no el odio, hacer que se convierta
en común la mutua ayuda, no la indiferencia o la enemistad. Entonces,
no es casualidad, que Nazaret signifique “Aquella que custodia”, como María,
que – dice el Evangelio “… conservaba estas cosas y las meditaba en su
corazón.” (cfr Lc 2, 19-51)). Desde entonces, cada vez que hay una
familia que custodia este misterio, aunque esté en la periferia del
mundo, el misterio del Hijo de Dios, el misterio de Jesús que viene a
salvarnos, está obrando. Y viene para salvar al mundo. Y ésta es la
grande misión de la familia: hacer lugar a Jesús que viene, recibir a
Jesús en la familia, en la persona de los hijos, del marido, de la
esposa, de los abuelos, porque Jesús está allí. Recibirlo allí, para que
crezca espiritualmente en esa familia. Que el Señor nos de esta gracia
en estos últimos días antes de Navidad. Gracias.
Dios salva un corazón arrepentido, mientras quien no se confía en Él atrae a sí mismo la condena. Lo ha subrayado el Papa Francisco en su homilía matutina en la capilla de la Casa de Santa Marta. La humildad salva al hombre ante los ojos de Dios, la soberbia
lo hace perderse. La llave está en el corazón. Aquel del humilde es
abierto, sabe arrepentirse, aceptar una corrección y se confía en Dios.
Aquel soberbio es exactamente el opuesto: arrogante, cerrado, no conoce
la vergüenza, es impermeable a la voz de Dios. El pasaje del profeta
Sofonías y aquel del Evangelio sugieren al Papa Francisco una reflexión
paralela. Ambos textos, observa, hablan de un juicio del cual dependen
salvación y condena. La situación descrita por el profeta Sofonías es
aquella de una ciudad rebelde, en la cual no obstante, hay un grupo que
se arrepiente de los propios pecados: esto, subraya el Papa, es el
“pueblo de Dios” que tiene en sí las “tres características” de
“humildad, pobreza, confianza en el Señor”. Pero en la ciudad están
también aquellos que, dice Francisco, “no han aceptado la corrección, no
han confiado en el Señor”. A ellos les tocará la condena: “Estos no pueden recibir la
salvación. Ellos están cerrados a la salvación. ‘Dejaré en medio de ti
un pueblo humilde y pobre; confiará en el nombre del Señor’ para toda la
vida. Y esto hasta hoy, ¿no? Cuando vemos al santo pueblo de Dios que
es humilde, que tiene sus riquezas en la fe en el Señor, en la confianza
en el Señor – el pueblo humilde, pobre, que confía en el Señor: y estos
son los salvados y éste es el camino de la Iglesia ¿no? Debe ir por
este camino, no por otro camino que no escucha la voz, que no acepta la
corrección y no confía en el Señor”. La escena del Evangelio es aquella del contraste entre los dos hijos invitados por el padre a trabajar en la viña.
El primero, rechaza, pero luego se arrepiente y va; el segundo dice sí
al padre, pero en realidad lo engaña. Jesús cuenta esta historia a los
jefes del pueblo, afirmando con claridad que son ellos que no han
querido escuchar la voz de Dios a través de Juan y que por esto, en el
Reino de los cielos serán superados por publicanos y prostitutas, que en
cambio han creído en Juan. Y el escándalo suscitado por esta última
afirmación, observa el Papa, es idéntico a aquel de tantos cristianos
que se sienten “puros” sólo porque van a misa y hacen la comunión. Pero
Dios, dice Francisco, tiene necesidad de otra cosa: “Si tu corazón no es un corazón arrepentido, si no escuchas al Señor, no aceptas las correcciones y no confías en Él, tienes un corazón no arrepentido.
Estos hipócritas que se escandalizaban de esto que dice Jesús sobre los
publicanos y las prostitutas, pero luego, a escondidas, iban a
buscarlos o para desahogar sus pasiones o para hacer negocios – pero
todo a escondidas – eran puros. Y a estos el Señor no los quiere". Este juicio “nos da esperanza” asegura el Papa Francisco. Con tal de que se tenga el coraje
de abrir el corazón a Dios sin reservas, donándole también la “lista”
de los propios pecados. Y para explicarlo, el Papa recuerda la historia
de aquel santo que pensaba de haberle dado todo al Señor, con extrema
generosidad: “Escuchaba al Señor, hacía todo según
su voluntad, daba al Señor y el Señor: ‘Pero tú todavía no me has dado
una cosa’. Y el pobre era tan bueno y dice: ‘Pero Señor, ¿qué cosa no te
he dado?’ Te he dado mi vida, trabajo para los pobres, trabajo para la
catequesis, trabajo aquí, trabajo allá…’ ‘Pero tú no me has dado algo
todavía’. ¿Qué, Señor?’ ‘Tus pecados’. Cuando nosotros
seamos capaces de decir al Señor: ‘Señor, estos son mis pecados – no son
de aquel, de aquel…son los míos. Tómalos Tú y así yo estaré salvado -
cuando nosotros seremos capaces de hacer esto, nosotros seremos aquel
hermoso pueblo, ‘pueblo humilde y pobre’, que confía en el nombre del
Señor. El Señor nos conceda esta gracia”.
El Papa centró su homilía en
el Evangelio del día, en que los jefes de los sacerdotes preguntan a
Jesús con qué autoridad realizaba sus obras. Y explicó que se trata de
una pregunta que pone de manifiesto el “corazón hipócrita” de aquella
gente, puesto que a ellos “no les interesaba la verdad”, sino que sólo
buscaban sus intereses, moviéndose “según el viento”: ‘Conviene ir por
acá, conviene ir por allá…’ eran banderolas, ¡eh!, ¡todos! Todos sin
consistencia, dijo Francisco. Con un corazón sin consistencia. Y así
negociaban todo: negociaban la libertad interior, negociaban la fe,
negociaban la patria, todo, menos las apariencias. A ellos les importaba
salir bien de las situaciones”. Eran oportunistas: “se aprovechaban de
las situaciones”.Y sin embargo – prosiguió el Papa –
“alguno de ustedes podrá decirme: ‘Pero Padre, esta gente era observante
de la ley: el sábado no caminaban más de cien metros – o no sé cuánto
se podía hacer – jamás, jamás iban a la mesa sin lavarse las manos; era
gente muy observante, muy segura en sus hábitos’. Sí, es verdad, pero
en las apariencias. Eran fuertes, pero en la parte exterior. Eran
rígidos. El corazón era muy débil, no sabían en qué creían. Y por esto
su vida era, la parte de afuera, toda regulada, pero el corazón iba de
una parte a la otra: un corazón débil y una piel rígida, fuerte, dura. Al contrario – dijo también Francisco
– Jesús nos enseña que el cristiano debe tener el corazón fuerte, el
corazón firme, el corazón que crece sobre la roca, que es Cristo, y
después, debe ir por el mudo con prudencia: “En este caso hago esto,
pero…” Es el modo de ir, pero no se negocia el corazón, no se negocia la
roca. La roca es Cristo, ¡no se negocia!”: “Éste es el drama de la hipocresía de
esta gente. Y Jesús no negociaba jamás su corazón de Hijo del Padre,
sino que estaba tan abierto a la gente, buscando caminos para ayudar.
‘Pero esto no se puede hacer; nuestra disciplina, ¡nuestra doctrina dice
que no se puede hacer!’ les decían ellos. ‘¿Por qué tus discípulos
comen el trigo en el campo cuando caminan, el día sábado? ¡No se puede
hacer!’. Eran tan rígidos en su disciplina: ‘No, la disciplina no se
toca, es sagrada’”. El Papa Francisco recordó cuando “Pío XII nos liberó de aquella cruz tan pesada que era el ayuno eucarístico”: “Tal vez alguno de ustedes lo
recuerdan. Ni siquiera se podía tomar una gota de agua. ¡Ni siquiera! Y
para lavarse los dientes, se tenía que hacer sin tragar agua. Yo mismo
de muchacho fue a confesarme de haber hecho la comunión, porque creía
que una gota de agua había ido dentro. Es verdad ¿o no? Es verdad.
Cuando Pío XII cambió la disciplina – ‘¡Ah, herejía! ¡No! ¡Ha tocado la
disciplina de la Iglesia!’ – tantos fariseos se escandalizaron. Tantos.
Porque Pío XII había hecho como Jesús: ha visto la necesidad de la
gente. ‘Pero pobre gente, ¡con tanto calor!’. Estos sacerdotes que
celebraban tres Misas, la última a la una, después de mediodía, en
ayunas. La disciplina de la Iglesia. Y estos fariseos eran así –
‘nuestra disciplina’ – rígidos en la piel, pero como Jesús les dijo,
‘putrefactos en el corazón’, débiles, débiles hasta la putrefacción.
Tenebrosos en el corazón”. “Éste es el drama de esta gente”, dijo el Papa, y recordó que Jesús denuncia la hipocresía y el oportunismo: “También nuestra vida puede llegar a
ser así, también nuestra vida. Y algunas veces, les confieso una cosa,
cuando yo he visto a un cristiano, a una cristiana así, con el corazón
débil, no firme, firme sobre la roca – Jesús – y con tanta rigidez
afuera, he pedido al Señor: ‘Pero Señor, tírales una cáscara de banana
delante, para que se haga una linda resbalada, se avergüence de ser
pecador y así te encuentre, a ti que eres el Salvador. ¡Eh!, muchas
veces un pecado nos hace avergonzar tanto y encontrar al Señor, que nos
perdona, como estos enfermos que estaban ahí y que iban a ver al Señor
para que los curara”. “Pero la gente sencilla” – observó el
Papa – “no se equivocaba”, no obstante las palabras de estos doctores
de la ley, “porque la gente sabía, tenía ese olfato de la fe”. Y concluyó su homilía con esta
oración: “Pido al Señor la gracia de que nuestro corazón sea sencillo,
luminoso con la verdad que Él nos da, y así podremos ser amables,
perdonadores, comprensivos con los demás, de corazón amplio con la
gente, misericordiosos. Jamás condenar, jamás condenar. Si tú tienes
ganas de condenar, condénate a ti mismo, que algún motivo tendrás,
¡eh!”. “Pidamos al Señor esta gracia: que nos de esta
luz interior, que nos convenza de que la roca es sólo Él y no tantas
historias que nosotros hacemos como cosas importantes; y que Él nos diga
– ¡Él nos indique! – el camino, que Él nos acompañe por el camino, que
Él nos ensanche el corazón, para que puedan entrar los problemas de
tanta gente y Él nos dé una gracia que esta gente no tenía: la gracia de
sentirnos pecadores”.
Dios salva a su pueblo no desde lejos, sino haciéndose cercano, con ternura. El Santo Padre, inspirándose en la lectura del profeta Isaías, hizo una comparación:“Es tanta la cercanía que Dios se
presenta aquí como una mamá, como una mamá que dialoga con su niño: una
mamá, cuando canta la canción de cuna y toma la voz del niño y se hace
pequeña como el hijito y habla con el tono del niño hasta el punto de
parecer ridículo, si uno no entiende qué cosa grande hay ahí: ‘No temas
gusanito de Jacob. Pero, cuántas veces una mamá dice estas cosas al niño
mientras lo acaricia, ¡eh! He aquí, te convertiré en una trilladora
acuminada, nueva… te haré grande… Y lo acaricia, y lo acerca a ella. Y
Dios hace así. Es la ternura de Dios. Está tan cerca de nosotros que se
expresa con esta ternura: la ternura de una mamá”. Dios nos ama gratuitamente – afirmó el Papa – como una mamá a su niño. Y el niño “se deja amar”: “ésta es la gracia de
Dios”. “Pero nosotros, tantas veces, para estar seguros, queremos
controlar la gracia” y “en la historia y también en nuestra vida tenemos
la tentación de cosificar la gracia”, hacerla “como una mercancía o una
cosa controlable”, tal vez diciéndonos a nosotros mismos: “Pero, yo
tengo tanta gracia”; o “tengo el alma limpia, estoy en gracia”: “Y así, esta verdad tan bella de la
cercanía de Dios se desliza en una contabilidad espiritual: ‘No, yo hago
esto porque esto me dará 300 días de gracia… Yo hago aquello porque me
dará esto, y así acumulo gracia’. Pero, ¿qué cosa es la gracia? ¿Una
mercadería? Y así, parece que sí. Parece que sí. Y en la historia esta
cercanía de Dios a su pueblo ha sido traicionada por esta actitud
nuestra, egoísta, de querer controlar la gracia, cosificarla”. El Papa también recordó algunos de
los grupos que en tiempos de Jesús querían controlar la gracia: los
Fariseos, hechos esclavos de tantas leyes que cargaban “sobre las
espaldas del pueblo”. Los Saduceos, con sus compromisos políticos. Los
Esenios, “buenos, buenísimos, pero tenían tanto miedo, no querían correr
riesgos” y terminaban por aislarse en sus monasterios. Los Zelotes,
para los cuales la gracia de Dios era “la guerra de liberación”, “otra
manera de cosificar la gracia”. “La gracia de Dios –
subrayó el Papa – es otra cosa: es cercanía, es ternura. Esta regla
sirve siempre. Si tú en tu relación con el Señor no sientes que Él te
ama con ternura, aún te falta algo, aún no has comprendido qué cosa es
la gracia, aún no has recibido la gracia que es esta cercanía”. El Papa Francisco recordó
una confesión de hace tantos años, cuando una mujer se atormentaba
acerca de la validez o no de una Misa a la que había asistido un sábado
por la tarde por un matrimonio, con lecturas diversas de las del
domingo. Ésta fue su respuesta: “Pero señora, el Señor la ama tanto a
usted. Ella había ido allí, había recibido la Comunión, había estado con
Jesús… Sí, pero quédese tranquila, el Señor no es un comerciante, el Señor ama, está cerca”: “Y San Pablo reacciona con fuerza
contra esta espiritualidad de la ley. ‘Yo soy justo si hago esto, esto,
esto. Si no hago esto no soy justo’. Pero tú eres justo porque Dios se
te ha acercado, porque Dios te acaricia, porque Dios te dice estas cosas
bellas con ternura: ésta es nuestra justicia, esta cercanía de Dios,
esta ternura, este amor. Incluso con el riesgo de parecernos ridículo,
nuestro Dios es tan bueno. Si nosotros tuviéramos el valor de abrir
nuestro corazón a esta ternura de Dios, ¡cuánta libertad espiritual
tendríamos! ¡Cuánta! Hoy, si tienen un poco de tiempo, en su casa, tomen
la Biblia: Isaías, capítulo 41, desde el versículo 13 hasta el 20,
siete versículos. Y léanlos. Esta ternura de Dios, este Dios que nos
canta a cada uno de nosotros la canción de cuna, como una mamá”.
La alegría de la Iglesia es ser madre, ir a buscar a las ovejas perdidas.
Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada
en la capilla de la Casa de Santa Marta. El Obispo de Roma reafirmó que
a la Iglesia no le sirve tener “un organigrama perfecto”
si después es un ambiente triste y cerrado, si no es madre. De ahí la
invitación del Pontífice a ser “cristianos alegres” con la “consolación
de la ternura de Jesús”.“Abrir las puertas a la consolación del Señor”. Francisco se inspiró en su homilía partiendo de la primera lectura en la que el profeta Isaías habla del fin de la tribulación de Israel después del exilio en Babilonia. “El pueblo – comentó el Papa – tiene necesidad de consuelo. La misma presencia del Señor consuela”. Una consolación –
añadió – que también existe en la tribulación. Y sin embargo –
prosiguió – “nosotros, habitualmente huimos de la consolación; tenemos
desconfianza; estamos más cómodos en nuestras cosas, más cómodos
también en nuestras faltas, en nuestros pecados. Ésta – dijo el Santo
Padre – es tierra nuestra”. En cambio – añadió – “cuando viene el
Espíritu y viene la consolación nos conduce a otro estado que nosotros
no podemos controlar: es precisamente el abandono en la consolación del
Señor”. Francisco subrayó que “la consolación
más fuerte es la de la misericordia y la del perdón”. Y aludió al final
del capítulo 16 de Ezequiel, cuando después “del
elenco de tantos pecados del pueblo”, dice: “Pero yo no te abandono; yo
te daré más; ésta será mi venganza: la consolación y el perdón”, “así es
nuestro Dios”. Por esto – reafirmó el Papa – “es bueno repetir: déjense
consolar por el Señor, es el único que puede consolarnos”. Si bien
“estamos habituados a alquilar consolaciones pequeñas, un poco hechas
por nosotros”, pero que después “no sirven”. Y al detenerse sobre el Evangelio del día, tomado de San Mateo, sobre la parábola de la oveja perdida, el Santo Padre dijo: “Yo me pregunto cuál es la
consolación de la Iglesia. Así como cuando una persona es consolada;
cuando siente la misericordia y el perdón del Señor, la Iglesia hace
fiesta, es feliz cuando sale de sí misma. En el Evangelio, ese pastor
que sale, va a buscar aquella oveja perdida, podía hacer la cuenta de
un buen comerciante: por, 99, si pierde una no hay problema; el balance…
Ganancias, pérdidas… Pero va bien, podemos ir así. No. Tiene corazón de
pastor. Sale a buscarla hasta que la encuentra y allí hace fiesta, está
feliz”. “La alegría de salir para buscar a
los hermanos y a las hermanas que están lejos. Ésta – evidenció
Francisco – es la alegría de la Iglesia. Allí la Iglesia se convierte en
madre, se hace fecunda”: “Cuando la Iglesia no hace esto,
cuando la Iglesia se detiene en sí misma, se cierra en sí misma, tal vez
se ha organizado bien, un organigrama perfecto, todo en su lugar, todo
limpio, pero falta la alegría, falta la fiesta, falta la paz, y así se
convierte en una Iglesia desalentada, ansiosa, triste, una Iglesia que
tiene más de solterona que de madre, y esta Iglesia no sirve, es una
Iglesia de museo. La alegría de la Iglesia es dar a luz; la alegría de
la Iglesia es salir de sí misma para dar vida; la alegría de la Iglesia
es ir a buscar aquellas ovejas que están perdidas; la alegría de la
Iglesia es precisamente aquella ternura del pastor, la ternura de la
madre”. El Papa explicó que en el final del
pasaje de Isaías “se retoma esta imagen: como un pastor él hace
pastorear al rebaño y con su brazo lo reúne”. “Ésta – dijo Francisco –
es la alegría de la Iglesia: salir de sí misma y llegar a ser fecunda”: “Que el Señor nos de la gracia de
trabajar, ser cristianos alegres en la fecundidad de la madre Iglesia y
nos libre de caer en la actitud de ser cristianos tristes, impacientes,
desalentados, ansiosos, que tienen todo perfecto en la Iglesia, pero no
tienen ‘niños’. Que el Señor nos consuele con la consolación de una
Iglesia madre que sale de sí misma y nos consuele con la consolación de
la ternura de Jesús y de su misericordia en el perdón de nuestros pecados”.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Este domingo marca la segunda etapa
del Tiempo de Adviento, un tiempo estupendo que despierta en nosotros la
espera del regreso de Cristo y la memoria de su venida histórica. La
liturgia de hoy nos presenta un mensaje lleno de esperanza. Es la
invitación del Señor expresada por la boca del profeta Isaías:
«Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice su Dios» (40,1). Con estas
palabras se abre el Libro de la consolación, en la cual el profeta
dirige al pueblo en exilio el anuncio gozoso de la liberación. El tiempo
de la tribulación ha terminado; el pueblo de Israel puede ver con
confianza hacia el futuro: le espera finalmente el regreso a su patria. Y
por eso es la invitación a dejarse consolar por el Señor. Isaías se dirige a la gente que ha
atravesado un periodo oscuro, que ha sufrido una prueba muy dura; pero
que ahora ha llegado el tiempo de la consolación. La tristeza y el miedo
pueden dejar lugar a la alegría, porque el Señor mismo guiará su pueblo
en la vía de la liberación y de la salvación. ¿De qué modo hará todo
esto? Con la diligencia y ternura de un pastor que cuida su rebaño. De
hecho, Él dará unidad y seguridad al rebaño, lo hará pastar, reunirá a
las ovejas perdidas, dará particular atención a las más frágiles y
débiles (v. 11). Esta es la actitud de Dios hacia nosotros sus
creaturas. Por eso el profeta invita a quien lo escucha – incluso a
nosotros, hoy – a difundir entre el pueblo este mensaje de esperanza:
mensaje que el Señor nos consuela. Y hagan lugar a la consolación que
viene del Señor. Pero no podemos ser mensajeros de la
consolación de Dios si nosotros no experimentamos en primer lugar la
alegría de ser consolados y amados por Él. Esto sucede especialmente
cuando escuchamos su Palabra, el Evangelio, que debemos llevar en el
bolsillo: no se olviden de esto, ¡eh! El Evangelio en el bolsillo o en
la bolsa, para leerlo continuamente. Y esto nos da consolación: cuando
permanecemos en oración silenciosa en su presencia, cuando lo
encontramos en la Eucaristía o en el sacramento del perdón. Todo esto nos
consuela. Dejemos entonces que la invitación de
Isaías - «Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice su Dios» - resuene en
nuestro corazón en este tiempo de Adviento. Hoy se necesitan personas que
sean testigos de la misericordia y de la ternura del Señor, que sacuda a
los resignados, que reanime a los desanimados, que encienda el fuego de
la esperanza. ¡Él enciende el fuego de la esperanza! No nosotros.
Tantas situaciones exigen nuestro testimonio consolador. Ser personas
alegres, consoladas. Pienso a cuantos están oprimidos por sufrimientos,
injusticias y abusos; a cuantos son esclavos del dinero, del poder, del
suceso, de la mundanidad. ¡Pobrecitos! ¡Tienen falsas consolaciones, no
la verdadera consolación del Señor! Todos estamos llamados a consolar a
nuestros hermanos, dando testimonio que sólo Dios puede eliminar las
causas de los dramas existenciales y espirituales- ¡Él lo puede hacer!
¡Es potente! El mensaje de Isaías, que resuena en
este segundo domingo de Adviento, es un bálsamo sobre nuestras heridas y
un estímulo para preparar con empeño el camino del Señor. El profeta,
de hecho, habla hoy a nuestro corazón para decirnos que Dios olvida
nuestros pecados y nos consuela. Si nosotros confiamos en Él con un
corazón humilde y arrepentido, Él destruirá los muros del mal, llenará
los vacíos de nuestras omisiones, allanará las montañas de la soberbia y
de la vanidad y abrirá el camino del encuentro con Él. Es curioso, pero
muchas veces tenemos miedo a la consolación, a ser consolados. Al
contrario, nos sentimos más seguros en la tristeza y en la desolación.
¿Saben por qué? Porque en la tristeza nos sentimos casi protagonistas.
En cambio, en la consolación es ¡el Espíritu Santo el protagonista! Es
Él quien nos consuela, es Él quien nos da la valentía para salir de
nosotros mismos, es Él quien nos lleva a la fuente de toda verdadera
consolación, es decir el Padre. Y esto es la conversión. ¡Por favor
déjense consolar por el Señor! ¡Déjense consolar por el Señor! La Virgen María es la “vía” que Dios
mismo se ha preparado para venir al mundo. Confiemos a Ella la espera de
la salvación y de la paz de todos los hombres y las mujeres de nuestro
tiempo.
Ayer por la tarde se concluyó la Visita Apostólica del Papa Francisco
a Turquía. El vuelo papal aterrizó en el aeropuerto romano de Ciampino
poco antes de las 18.30 hora local. Antes de trasladarse al Vaticano, el
Santo Padre visitó la Basílica de Santa María la Mayor para rendir
homenaje a la Madre de Dios al final de su Sexto Viaje Internacional.
Durante el viaje de retorno a Roma,
Francisco sostuvo el habitual coloquio con los periodistas que iban a
bordo respondiendo a las variadas preguntas de los hombres de prensa.
“El Corán es un libro de paz”, no se puede equiparar el islam al
terrorismo, pero es necesario que los líderes musulmanes condenen los
atentados terroristas; fue una de sus primeras respuestas, a quien le
pregunto sobre la “islamofobia, la cristianofobia y el diálogo
interreligioso”: «El Corán es un libro de paz,
es un libro profético de paz. Esto no es islam(ismo). Yo entiendo esto y
creo – al menos yo creo, sinceramente – que no se puede decir que todos
los islámicos son terroristas: no se puede decir esto. Como no se puede
decir que todos los cristianos son fundamentalistas, porque nosotros
también los tenemos, ¿eh? En todas las religiones existen estos grupos,
¿no? Yo le he dicho al Presidente: “pero, seria bello que todos los
líderes islámicos – sean líderes políticos, líderes religiosos o líderes
académicos – digan claramente y condenen aquello, porque esto ayudará a
la mayoría del pueblo islámico a decir: ‘no’, pero de verdad, pero de
la boca de sus líderes: el líder religioso, el líder académico … tantos
intelectuales, y los líderes políticos”. Todos nosotros necesitamos una
condena mundial, incluso de los islámicos, que tienen la identidad y que
digan: “nosotros no somos aquellos. El Corán no es esto”. ‘Cristianofobia’, ¿de verdad? Yo no quiero usar palabras
endulzadas: !no! a los cristianos los persiguen en Oriente Medio.
Algunas veces, como hemos visto en Irak, en la zona de Mosul, deben irse
y dejarlo todo, o pagar los impuestos que luego no sirve para nada … y
otras veces los echan con guantes blancos, ¿no? Es como si quisieran que
no hubiesen cristianos, que no quedara nada de cristiano. En esa zona
hay esto. Es verdad, es un efecto del terrorismo, en el primer caso,
pero cuando se hace diplomáticamente, con los guantes blancos, es porque
hay otras cosas detrás, ¿no? Y esto no es bueno. El dialogo interreligioso. He tenido tal vez la conversación
más bella, sobre esto con el Presidente de los Asuntos Religiosos de
Turquía. Ya cuando el nuevo embajador de Turquía, había venido a
presentar sus cartas credenciales, lo vi como un hombre excepcional, un
hombre de profunda religiosidad. Y también al Presidente, allí, era de
la misma escuela. Y ellos han dicho una cosa bella: “pareciera que el
diálogo interreligioso haya llegado al final. Debemos hacer un salto de
calidad, porque el diálogo interreligioso … eh, como piensan ustedes
esto, nosotros esto … así ¿no? Debemos hacer un salto de calidad,
debemos hacer el dialogo entre personas religiosas de diferentes
credos”. Pero, esto es bello, porque es el hombre y la mujer que se
encuentran con un hombre y una mujer e intercambian sus experiencias: no
se habla de teología, se habla de una experiencia religiosa. Y esto
sería un bellísimo paso adelante, ¿no? Bellísimo. Me ha gustado
muchísimo este encuentro, es de alta calidad». Un episodio tocante de la Visita del
Papa a Turquía fue el momento de meditación en la Mezquita Azul.
Francisco comentó su disposición de espíritu durante la meditación: «Yo fui a Turquía como
peregrino, no como turista. Y fui precisamente, el motivo principal es
la fiesta de hoy a ver al Patriarca Bartolomé. Cuando fui a la mezquita
no podía decir: “¡Ahora soy un turista!”. Vi aquella maravilla, el gran
muftí me explicaba muy bien las cosas, con mucha humildad, me citaba El
Corán, cuando habla de María y de Juan el Bautista. En ese momento sentí
la necesidad de rezar. Le pregunté: “¿Rezamos un poco?” Y él me
respondió: “Sí, sí”. Yo recé por toda Turquía, por la paz, por el muftí,
por todos y por mí… Dije: “¡Señor, acabemos con estas guerras!” Fue un
momento de oración sincera». “La unidad es un camino que se debe hacer, y se debe hacer juntos”,
fueron las palabras del Pontífice a quien le preguntó sobre la unidad de
los cristianos y las perspectivas ecuménicas: «El mes pasado, en ocasión del Sínodo, vino como delegado el
metropolita Hilarion, y él quiso hablarme no como delegado del Sínodo
sino como presidente de la Comisión del diálogo ortodoxo-católico. Y
hablamos un poco. Yo creo que con la ortodoxia estamos en camino; tienen
sacramentos y sucesión apostólica… Estamos en camino. Si tenemos que
esperar a que los teólogos se pongan de acuerdo… ¡No llegará nunca ese
día! Soy escéptico: trabajan bien los teólogos, pero Atenágoras había
dicho: “¡Pongamos a los teólogos en una isla para que discutan y
nosotros seguimos adelante!”. La unidad es un camino que se debe hacer, y
se debe hacer juntos; es el ecumenismo espiritual, rezar juntos,
trabajar juntos. Y luego está el ecumenismo de la sangre: cuando estos
matan a los cristianos, la sangre se mezcla. Nuestros mártires están
gritando: “¡Somos uno!” Es algo que tal vez algunos no pueden entender.
Las Iglesias orientales católicas tienen derecho de existir, pero el
unitarismo es una palabra de otra época; hay que encontrar otra vía». En esta perspectiva, El Obispo de Roma expresó su deseo de visitar
Moscú, de encontrar al Patriarca Kirill y fortalecer el camino hacia la
unidad: «He hecho saber al Patriarca Kirill: “Donde quieras tú, nos
encontramos; si me llamas, voy”. Pero en este momento, con la guerra en
Ucrania, tiene muchos problemas. Ambos queremos encontrarnos y seguir
adelante. Hilarion propuso una reunión de estudio de la Comisión sobre
el tema del primado. Hay que continuar con la petición de Juan Pablo II:
“Ayúdenme a encontrar una fórmula de primado aceptable para las
Iglesias ortodoxas”». En este sentido, El Papa Francisco señaló que en la Iglesia existen
divisiones “porque la Iglesia se ha visto demasiado a sí misma” y no
brilla con la luz de Cristo: «Lo que siento más profundamente en este camino para la
unidad es la homilía que hice ayer sobre el Espíritu Santo: solo el
camino del Espíritu Santo es correcto; Él es sorpresa, Él es creativo.
El problema (y esta tal vez sea una autocrítica, pero lo dije también en
las Congregaciones generales antes del Cónclave) es que la Iglesia no
tiene luz propia, debe ver a Jesucristo. Las divisiones existen porque
la Iglesia se ha visto demasiado a sí misma. Mientras comíamos hoy, con
Bartolomé, hablamos del momento en el que un cardenal fue a llevar la
excomunión del Papa al Patriarca: la Iglesia se veía demasiado a sí
misma en ese momento. Cuando nos vemos a nosotros mismos nos volvemos
auto-referenciales». Por ello, el Santo Padre exhortó a encontrar un camino aceptable para alcanzar la unidad en la Iglesia: «Los ortodoxos aceptan el primado: en las letanías de hoy
rezaron por su pastor y primado, “aquel que camina primero”. Lo dijeron
hoy ante mí. Para encontrar una fórmula aceptable debemos ir al primer
milenio. No digo que la Iglesia se haya equivocado (en el segundo
milenio), ¡no! Hizo su camino histórico. Pero ahora el camino es seguir
adelante con la petición de Juan Pablo II». Otro gesto que impactó en esta visita apostólica del Papa a Turquía
fue el momento del abrazo con el Patriarca Bartolomé I. Al respecto el
Santo Padre señaló que no debemos cansarnos de dialogar y no ver con
sospecha las aperturas: «Me permito decir que este no es un problema nuestro. Este es
también un problema de los ortodoxos, de algunos monjes y de algunos
monasterios. Por ejemplo, desde los tiempos del beato Pablo VI se
discute sobre la fecha de la Pascua y no nos ponemos de acuerdo. Con
este ritmo, nuestros tataranietos la van a celebrar en agosto. El beato
Pablo VI había propuesto una fecha fija, un domingo de abril. Bartolomé
ha sido valiente: en Finlandia, en donde hay una pequeña comunidad
ortodoxa, dijo que quería festejar el mismo día de los luteranos. Una
vez, mientras yo estaba en Vía della Scorta y se estaban haciendo los
preparativos para la Pascua, escuché a un oriental que decía: “Mi Cristo
resucita dentro de un mes”. Mi Cristo, tu Cristo… Hay problemas. Pero
debemos ser respetuosos y no cansarnos de dialogar, sin insultar, sin
ensuciarse, sin chismear. Pero si uno no quiere dialogar… Pero se
necesita paciencia, mansedumbre y diálogo». Después de visitar y encontrar a los niños y jóvenes en el oratorio
de los salesianos en Estambul, el Pontífice manifestó su deseo de
visitar Irak: «Quería ir a un campo de prófugos, pero se necesitaba un día
más y no era posible por muchas razones, no solo personales. Entonces
pedí estar un poco con los chicos refugiados que albergan los
salesianos. Aprovecho para agradecer al gobierno turco, que es generoso,
es generoso con los refugiados. ¿Saben qué significa pensar en la
salud, en la alimentación, en una cama, una casa para un millón de
refugiados? Yo quiero ir a Irak. Hablé con el patriarca Sako. Por el
momento no es posible. Si fuera en este momento, se crearía un problema
para las autoridades, para la seguridad». Algunos hombres de prensa se dirigieron al Papa y formularon otras
preguntas sobre la Actividad de Francisco. Entre ellas la sugestiva
pregunta sobre la tercera guerra mundial y las armas nucleares: «Estoy convencido de que estamos viviendo una Tercera Guerra
Mundial en fragmentos, en capítulos, por doquier. Detrás de esto hay
enemistades, problemas políticos, problemas económicos, para salvar este
sistema en el que el dios dinero y no la persona humana es el centro. Y
detrás también hay intereses comerciales: el tráfico de armas es
terrible, es uno de los negocios más fuertes en estos momentos. El año
pasado, en septiembre, se decía que Siria tenía armas químicas: yo creo
que Siria no era capaz de producir armas químicas. ¿Quién se las vendió?
¿Tal vez algunos de los que después la acusaban de tenerlas? Sobre este
asunto de las armas hay demasiados misterios. Sobre la bomba atómica,
la humanidad no ha aprendido. Dios nos ha dado la Creación para que de
esta incultura hiciéramos cultura. El hombre la hizo y llegó a la
energía nuclear, que puede servir a muchas cosas buenas, pero la ha
utilizado para destruir a la humanidad. Esa cultura se convierte en una
segunda incultura: yo no quiero hablar del fin del mundo, pero es una
cultura que llamo “terminal”; después habrá que comenzar de nuevo, como
hicieron las ciudades de Nagasaki e Hiroshima». Recordando el reciente Sínodo Extraordinario de la Familia, el Papa
señaló que queda todavía camino por recorrer en este tema y se tiene que
considerar todo el proceso en su totalidad: «El Sínodo es un recorrido, es un camino. No es un
Parlamento; es un espacio protegido para que se pueda hablar sobre el
Espíritu Santo. Tampoco con la relación final se termina el recorrido.
Por ello no se puede tener una opinión de una persona o de un borrador.
Yo no estoy de acuerdo (es mi opinión) con que se diga públicamente:
“Este dijo esto”, sino que se haga público, como sucedió, solamente lo
que se dijo: el Sínodo no es un Parlamento. Se requiere protección para
que pueda hablar el Espíritu Santo».