Igual que las abejas producen la dulce miel libando el néctar de las flores, Mis Ideas son el producto de muchos años de estudio y reflexión. Si alguna de Mis Ideas no son tan dulces como la miel la culpa es mía.
Queridos hermanos hermanas, buenos dias: El Evangelio de este domingo presenta
una disputa entre Jesús y algunos fariseos y escribas. La discusión se
refiere al valor de la «tradición de los antepasados» (Mc 7,3) que
Jesús, refiriéndose al profeta Isaías, define «preceptos de hombres» (v.
7) y que jamás deben tomar el lugar del «mandamiento de Dios» (v. 8).
Las antiguas prescripciones en cuestión comprendían no sólo los
preceptos de Dios revelados a Moisés, sino una serie de dictámenes que
especificaban las indicaciones de la ley mosaica. Los interlocutores
aplicaban tales normas de manera más bien escrupulosa y las presentaban
como expresión de auténtica religiosidad. Por lo tanto, recriminan a
Jesús y a sus discípulos la transgresión de aquellas, de manera
particular las que se referían a la purificación exterior del cuerpo
(cfr v. 5). La respuesta de Jesús tiene la fuerza de un pronunciamento
profético: «Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la
tradición de los hombres» (v. 8). Son palabras que nos colman de
admiración por nuestro Maestro: sentimos que en Él está la verdad y que
su sabiduría nos libra de los prejuicios. Pero ¡atención! Con estas palabras, Jesús quiere poner en guardia
también a nosotros, hoy, del considerar que la observancia exterior de
la ley sea suficiente para ser buenos cristianos. Como en ese entonces
para los fariseos, existe también para nosotros el peligro de creernos
en lo correcto, o peor, mejores de los otros por el sólo hecho de
observar las reglas, las usanzas, también si no amamos al prójimo, somos
duros de corazón, somos soberbios y orgullosos. La observancia literal
de los preceptos es algo estéril si no cambia el corazón y no se traduce
en actitudes concretas: abrirse al encuentro con Dios y a su Palabra,
buscar la justicia y la paz, socorrer a los pobres, a los débiles, a
los oprimidos. Todos sabemos: en nuestras comunidades, en nuestras
parroquias, en nuestros barrios, cuánto daño hacen a la Iglesia y son
motivo de escándalo, aquellas personas que se profesan tan católicas y
van a menudo a la iglesia, pero después, en su vida cotidiana descuidan a
la familia, hablan mal de los demás, etc. Esto es lo que Jesús condena
porque es un antitestimonio cristiano. Continuando con su exortación, Jesús focaliza la atención sobre un
aspecto más profundo y afirma: «Ninguna cosa externa que entra en el
hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del
hombre» (v. 15). De esta manera subraya el primado de la interioridad,
el primado del “corazón”: no son las cosas exteriores las que nos hacen
o no santos, sino el corazón que expresa nuestras intenciones, nuestras
elecciones y el deseo de hacerlo todo por amor de Dios. Las actitudes
exteriores son la consecuencia de lo que hemos decidido en el corazón.
No al revés. Con actitudes exteriores. Si el corazón no cambia, no somos
buenos cristianos. La frontera entre el bien y el mal no pasa fuera de
nosotros sino más bien dentro de nosotros, podemos preguntarnos: ¿dónde
está mi corazón? Jesús decía: “tu tesoro está donde está tu corazón”.
¿Cúal es mi tesoro? ¿Es Jesús y su doctrina? Entonces el corazón es
bueno. O el tesoro ¿es otra cosa? Por lo tanto, es el corazón el que
debe ser purificado y debe convertirse. Sin un corazón purificado, no se
pueden tener manos verdaderamente limpias y labios que pronuncian
palabras sinceras de amor - todo tiene una doblez, una doble vida-,
labios que pronuncian palabras de misericordia, de perdón. Esto lo puede
hacer solamente el corazón sincero y purificado. Pidamos al Señor, por intercesión de la Virgen Santa, darnos un
corazón puro, libre de toda hipocresía. Este es el adjetivo que Jesús da
a los fariseos: “hipócritas”, porque dicen una cosa y hacen otra. Un
corazón libre de hipocresía, para que seamos capaces de vivir según el
espíritu de la ley y alcanzar su finalidad, que es el amor.
«Queridos hermanos y hermanas: en la catequesis de hoy reflexionamos
sobre el trabajo y la familia. Como se puede leer en el libro del
Génesis, el trabajo pertenece al proyecto de Dios en la creación. El
mismo Jesús era conocido como el “hijo del carpintero” ». De una persona seria, honesta, lo más bello que se puede decir: ‘es un trabajador’.
San Pablo, el gran pregonero de Jesucristo, decía a los cristianos: “el
que no quiera trabajar, que no coma” (2 Ts 3,10), refiriéndose
explícitamente a la falsa espiritualidad
de algunos que, de hecho, vivían sobre las espaldas de sus hermanos sin
hacer nada (2 Ts 3,11). La falta
de trabajo "daña el espíritu" como la falta de oración "daña
la actividad práctica", y es por eso que oración y trabajo deben estar
juntos, en armonía, “tal como enseñaba san Benito”: «El trabajo es algo propio de la persona humana, y expresa su
dignidad de criatura hecha a imagen de Dios. Por eso, la gestión del
trabajo supone una gran responsabilidad social, que no se puede dejar a
merced de la lógica del beneficio o de un mercado divinizado, en el que
con frecuencia se considera a la familia como un peso o un obstáculo a
la productividad». “¡El trabajo es sagrado, el trabajo da dignidad a una
familia!”. “Causar una pérdida de puestos de trabajo significa causar un
grave daño social”. «Un trabajo que se aparta de la alianza de Dios con el hombre, y no
respeta sus cualidades espirituales, tiene consecuencias negativas que
golpean a los más pobres y a las familias. La misma vida civil y el
hábitat natural terminan corrompiéndose». La moderna organización del trabajo muestra a veces una tendencia
peligrosa a considerar a la familia como un peso para la productividad
del trabajo. “Pero preguntémonos: ¿cuál productividad? ¿Y para quién?”
La así llamada “ciudad inteligente”, sin duda “rica en servicios y
organización” es a menudo es hostil para con
los niños y los ancianos. “Cuando la organización del trabajo la tiene
como rehén, u obstaculiza su camino, podemos estar seguros que la
sociedad humana ha comenzado a trabajar contra sí misma”. «En esta coyuntura, las familias cristianas tienen la gran misión de
manifestar los aspectos esenciales de la creación de Dios, como son la
identidad y el vínculo del hombre y la mujer, la generación de los
hijos, el trabajo que cuida la tierra y la hace habitable». “La pérdida de estos aspectos fundamentales es una cosa muy seria y
en la casa común ya hay demasiadas grietas”, y aunque la tarea no es
fácil y pueda parecer que se es “como David frente a Goliat”, “sabemos”,
animó el Papa, “cómo terminó aquel desafío”. «Que Dios nos conceda el
recibir con alegría y esperanza su llamada en este momento difícil de
nuestra historia». «Pidamos a la Virgen María que interceda por todas las familias, y
especialmente por las que sufren a causa del desempleo y la crisis, para
que se les ayude a cumplir su importante misión en la Iglesia y en el
mundo. Muchas gracias y que Dios los bendiga».
Queridos hermanos y hermanas, buenos días y ¡buena fiesta de la Virgen! Hoy la Iglesia celebra una de las
fiestas más importantes dedicadas a la Santísima Virgen María: la fiesta
de su Asunción. Al final de su vida terrena, la Madre de Cristo subió
en cuerpo y alma al Cielo, es decir, en la gloria de la vida eterna, en
plena comunión con Dios. El Evangelio de hoy (Lc 1,39-56) nos
presenta a María, que, inmediatamente después de haber concebido a Jesús
por obra del Espíritu Santo, se dirige a ver a su anciana pariente
Isabel, también ella milagrosamente a la espera de un hijo. En este
encuentro lleno del Espíritu Santo, María expresa su alegría con el
cántico del Magnificat, porque ha tomado plena conciencia de las grandes
cosas que están ocurriendo en su vida: a través de ella se llega al
cumplimiento de toda la espera de su pueblo. Pero el Evangelio también nos muestra
cual es el motivo más verdadero de la grandeza de María y de su
beatitud: el motivo es la fe. De hecho Isabel la saluda con estas
palabras: «Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue
anunciado de parte del Señor». (Lc 1:45). La fe es el corazón de toda la
historia de María; ella es la creyente, la gran creyente; ella sabe - y
así lo dice - que en la historia pesa la violencia de los prepotentes,
el orgullo de los ricos, la arrogancia de los soberbios. Sin embargo,
María cree y proclama que Dios no deja solos a sus hijos, humildes y
pobres, sino que los socorre con misericordia, con premura, derribando a
los poderosos de sus tronos, dispersando a los orgullosos en las tramas
de sus corazones. Y ésta es la fe de nuestra Madre, ¡esta es la fe de
María! El Cántico de la Virgen también nos
permite intuir el sentido cumplido de la vivencia de María: si la
misericordia del Señor es el motor de la historia, entonces no podía
«conocer la corrupción del sepulcro aquella que, de un modo inefable,
dio vida en su seno y carne de su carne al autor de toda vida»
(Prefacio). Todo esto no tiene que ver sólo con María. Las “grandes
cosas” hechas en ella por el Omnipotente nos tocan profundamente, nos
hablan de nuestro viaje por la vida, nos recuerdan la meta que nos
espera: la casa del Padre. Nuestra vida, vista a la luz de María asunta
al Cielo, no es un deambular sin rumbo, sino una peregrinación que, aún
con todas sus incertidumbres y sufrimientos, tiene una meta segura: la
casa de nuestro Padre, que nos espera con amor. Es bello pensar en esto:
que nosotros tenemos un Padre que nos espera con amor y que nuestra
Madre María también está allá arriba, y nos espera con amor. Mientras tanto, mientras transcurre
la vida, Dios hace resplandecer «para su pueblo, todavía peregrino sobre
la tierra, un signo de consuelo y de segura esperanza». Aquel signo
tiene un rostro, aquel signo tiene un nombre: el rostro radiante de la
Madre del Señor, el nombre bendito de María, la llena de gracia, bendita
porque ella creyó en la palabra del Señor. ¡La gran creyente! Como
miembros de la Iglesia, estamos destinados a compartir la gloria de
nuestra Madre, porque, gracias a Dios, también nosotros creemos en el
sacrificio de Cristo en la cruz y, mediante el Bautismo, somos
insertados en este misterio de salvación. Hoy todos juntos le rezamos para que, mientras se desanuda nuestro
camino sobre esta tierra, ella vuelva sobre nosotros sus ojos
misericordiosos, nos despeje el camino, nos indique la meta, y nos
muestre después de este exilio a Jesús, fruto bendito de su vientre. Y
decimos juntos: ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María!
«Queridos hermanos y hermanas en Cristo: En unión con toda la Iglesia celebramos la Asunción de Nuestra Señora
en cuerpo y alma a la gloria del cielo. La Asunción de María nos
muestra nuestro destino como hijos adoptivos de Dios y miembros del
Cuerpo de Cristo. Como María, nuestra Madre, estamos llamados a
participar plenamente en la victoria del Señor sobre el pecado y sobre
la muerte y a reinar con Él en su Reino eterno. Ésta es nuestra
vocación.
La “gran señal” que nos presenta la primera lectura –una mujer vestida
de sol coronada de estrellas (cf. Ap 12,1)– nos invita a contemplar a
María, entronizada en la gloria junto a su divino Hijo. Nos invita a
tomar conciencia del futuro que también hoy el Señor resucitado nos
ofrece. Los coreanos tradicionalmente celebran esta fiesta a la luz de
su experiencia histórica, reconociendo la amorosa intercesión de María
en la historia de la nación y en la vida del pueblo. En la segunda lectura hemos escuchado a san Pablo diciéndonos que
Cristo es el nuevo Adán, cuya obediencia a la voluntad del Padre ha
destruido el reino del pecado y de la esclavitud y ha inaugurado el
reino de la vida y de la libertad (cf. 1 Co 15,24-25). La verdadera
libertad se encuentra en la acogida amorosa de la voluntad del Padre. De
María, llena de gracia, aprendemos que la libertad cristiana es algo
más que la simple liberación del pecado. Es la libertad que nos permite
ver las realidades terrenas con una nueva luz espiritual, la libertad
para amar a Dios y a los hermanos con un corazón puro y vivir en la
gozosa esperanza de la venida del Reino de Cristo. Hoy, venerando a María, Reina del Cielo, nos dirigimos a ella como
Madre de la Iglesia en Corea. Le pedimos que nos ayude a ser fieles a la
libertad real que hemos recibido el día de nuestro bautismo, que guíe
nuestros esfuerzos para transformar el mundo según el plan de Dios, y
que haga que la Iglesia de este país sea más plenamente levadura de su
Reino en medio de la sociedad coreana. Que los cristianos de esta nación
sean una fuerza generosa de renovación espiritual en todos los ámbitos
de la sociedad. Que combatan la fascinación de un materialismo que ahoga
los auténticos valores espirituales y culturales y el espíritu de
competición desenfrenada que genera egoísmo y hostilidad. Que rechacen
modelos económicos inhumanos, que crean nuevas formas de pobreza y
marginan a los trabajadores, así como la cultura de la muerte, que
devalúa la imagen de Dios, el Dios de la vida, y atenta contra la
dignidad de todo hombre, mujer y niño.
Como católicos coreanos, herederos de una noble tradición, ustedes
están llamados a valorar este legado y a transmitirlo a las generaciones
futuras. Lo cual requiere de todos una renovada conversión a la Palabra
de Dios y una intensa solicitud por los pobres, los necesitados y los
débiles de nuestra sociedad.
Con esta celebración, nos unimos a toda la Iglesia extendida por el
mundo que ve en María la Madre de nuestra esperanza. Su cántico de
alabanza nos recuerda que Dios no se olvida nunca de sus promesas de
misericordia (cf. Lc 1,54-55). María es la llena de gracia porque «ha
creído» que lo que le ha dicho el Señor se cumpliría (Lc 1,45). En ella,
todas las promesas divinas se han revelado verdaderas. Entronizada en
la gloria, nos muestra que nuestra esperanza es real; y también hoy esa
esperanza, «como ancla del alma, segura y firme» (Hb 6,19), nos aferra
allí donde Cristo está sentado en su gloria. Esta esperanza, queridos hermanos y hermanas, la esperanza que nos
ofrece el Evangelio, es el antídoto contra el espíritu de desesperación
que parece extenderse como un cáncer en una sociedad exteriormente rica,
pero que a menudo experimenta amargura interior y vacío. Esta
desesperación ha dejado secuelas en muchos de nuestros jóvenes. Que los
jóvenes que nos acompañan estos días con su alegría y su confianza no se
dejen nunca robar la esperanza. Dirijámonos a María, Madre de Dios, e imploremos la gracia de gozar
de la libertad de los hijos de Dios, de usar esta libertad con sabiduría
para servir a nuestros hermanos y de vivir y actuar de modo que seamos
signo de esperanza, esa esperanza que encontrará su cumplimiento en el
Reino eterno, allí donde reinar es servir. Amén».
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! En este domingo
prosigue la lectura del capítulo sexto del Evangelio de Juan, donde
Jesús, habiendo cumplido el gran milagro de la multiplicación de los
panes, explica a la gente el significado de aquel “signo” (Jn 6,41-51).
Como había hecho antes con la Samaritana, a partir de la experiencia de
la sed y del signo del agua, Jesús aquí parte de la experiencia del
hambre y del signo del pan, para revelarse e invitarnos a creer en Él. La gente lo busca,
la gente lo escucha, porque se ha quedado entusiasmada con el milagro:
¡querían hacerlo rey! Pero cuando Jesús afirma que el verdadero pan,
donado por Dios, es Él mismo, muchos se escandalizan, no comprenden, y
comienzan a murmurar entre ellos: «¿Acaso este – decían - no es Jesús,
el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede
decir ahora: «Yo he bajado del cielo»? (Jn 6,42). Y comienzan a
murmurar. Entonces Jesús responde: «Nadie puede venir a mí, si no lo
atrae el Padre que me envió», y añade «Les aseguro que el que cree,
tiene Vida eterna» (vv 44.47). Nos sorprende, y nos hace reflexionar
esta palabra del Señor: “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el
padre”, “el que cree en mí, tiene Vida eterna”. Nos hace reflexionar.
Esta palabra se introduce en la dinámica de la fe, que es una relación:
la relación entre la persona humana, todos nosotros, y la Persona de
Jesús, donde un papel decisivo juega el Padre, y naturalmente, también
el Espíritu Santo, que está implícito aquí. No basta encontrar a Jesús
para creer en Él, no basta leer la Biblia, el Evangelio: esto es
importante ¿eh? Pero no basta. No basta ni siquiera asistir a un
milagro, como aquel de la multiplicación de los panes. Muchas personas
estuvieron en estrecho contacto con Jesús y no le creyeron, es más,
también lo despreciaron y condenaron. Y yo me pregunto: ¿por qué, esto?
¿No fueron atraídos por el padre? No: esto sucedió porque su corazón
estaba cerrado a la acción del Espíritu de Dios. Y si tú tienes el
corazón cerrado la fe no entra. Dios Padre siempre nos atrae hacia
Jesús: somos nosotros quienes abrimos nuestro corazón o lo cerramos. En cambio la fe, que
es como una semilla en lo profundo del corazón, florece cuando nos
dejamos “atraer” por el Padre hacia Jesús, y “vamos a Él” con ánimo
abierto, con corazón abierto, sin prejuicios; entonces reconocemos en su
rostro el Rostro de Dios y en sus palabras la Palabra de Dios, porque
el Espíritu Santo nos ha hecho entrar en la relación de amor y de vida
que hay entre Jesús y Dios Padre. Y allí nosotros recibimos el don, el
regalo de la fe. Así, con esta actitud de fe, podemos
comprender el sentido del “Pan de la vida” que Jesús nos dona, y que Él
expresa de esta manera: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que
coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne
para la Vida del mundo» (Jn 06:51). En Jesús, en su “carne” - es decir,
en su concreta humanidad – está presente todo el amor de Dios, que es el
Espíritu Santo. Quien se deja atraer por este amor va hacia Jesús, y va
con fe, y recibe de Él la vida, la vida eterna. Aquella que ha vivido esta
experiencia en modo ejemplar es la Virgen de Nazaret, María: la primera
persona humana que ha creído en Dios recibiendo la carne de Jesús.
Aprendamos de Ella, nuestra Madre, la alegría y la gratitud por el don
de la fe. Un don que no es “privado”, un don que no es “propiedad
privada”, sino que es un don para compartir: es un don «para la vida del
mundo».
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Con esta catequesis retomamos nuestra reflexión sobre la familia.
Después de haber hablado, la última vez, de las familias heridas a causa
de la incomprensión de los cónyuges, hoy quisiera detener nuestra
atención sobre otra realidad: cómo cuidar a aquellos que, después del
irreversible fracaso de su vínculo matrimonial, han comenzado una nueva
unión. La Iglesia sabe bien que una situación tal contradice el Sacramento
cristiano. De todos modos, su mirada de maestra viene siempre de un
corazón de madre; un corazón que, animado por el Espíritu Santo, busca
siempre el bien y la salvación de las personas. He aquí porqué siente el
deber, “por amor a la verdad” de “discernir bien las situaciones”. Así
se expresaba san Juan Pablo II, en la Exhortación apostólica Familiaris consortio
(n. 84), dando como ejemplo la diferencia entre quien ha sufrido la
separación y quien la ha provocado. Se debe hacer este discernimiento. Si luego miramos también estos nuevos lazos con los ojos de los hijos
pequeños, los pequeños miran, los niños, vemos aún más la urgencia de
desarrollar en nuestras comunidades una acogida real hacia las personas
que viven tales situaciones. Por esto, es importante que el estilo de la
comunidad, su lenguaje, sus actitudes, estén siempre atentos a las
personas, a partir de los pequeños. Ellos son quienes más sufren estas
situaciones. Después de todo, ¿cómo podríamos aconsejar a estos padres
hacer de todo para educar a los hijos a la vida cristiana, dando ellos
el ejemplo de una fe convencida y practicada, si los tenemos alejados de
la vida de la comunidad como si fueran excomulgados? No se deben
agregar otros pesos a aquellos que ya los hijos, en estas situaciones,
¡ya deben cargar! Lamentablemente, el número de estos niños y jóvenes es
de verdad grande. Es importante que ellos sientan a la Iglesia como
madre atenta a todos, dispuesta siempre a la escucha y al encuentro. En estas décadas, en verdad, la Iglesia no ha sido ni insensible ni
perezosa. Gracias a la profundización realizada por los Pastores, guiada
y confirmada por mis Predecesores, ha crecido mucho la conciencia de
que es necesaria una fraterna y atenta acogida, en el amor y en la
verdad, a los bautizados que han establecido una nueva convivencia
después del fracaso del matrimonio sacramental; en efecto, estas
personas no son de hecho excomulgadas, no están excomulgados, y no deben
ser absolutamente tratadas como tales: ellas forman parte siempre de la
Iglesia. El Papa Benedicto XVI ha intervenido sobre esta cuestión, solicitando
un discernimiento atento y un sabio acompañamiento pastoral, sabiendo
que no existen “recetas simples” (Discurso al VII Encuentro Mundial de las Familias, Milán, 2 junio 2012, respuesta n. 5). De ahí la reiterada invitación de los Pastores a manifestar
abiertamente y coherentemente la disponibilidad de la comunidad a
acogerlos y a animarlos, para que vivan y desarrollen cada vez más su
pertenencia a Cristo, y a la Iglesia:con la oración, con la escucha de
la Palabra de Dios, con la frecuencia a la liturgia, con la educación
cristiana de los hijos, con la caridad y el servicio a los pobres, con
el compromiso por la justicia y la paz. El ícono bíblico del Buen Pastor (Jn 10, 11-18) resume la
misión que Jesús ha recibido del Padre: la de dar la vida por las
ovejas. Tal actitud es un modelo también para la Iglesia, que acoge a
sus hijos como una madre que dona su vida por ellos. “La Iglesia está
llamada a ser siempre la casa abierta del Padre […] Ninguna puerta
cerrada. Todos pueden participar de alguna manera en la vida eclesial,
todos pueden integrar la comunidad. La Iglesia […] es la casa paterna
donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas” (Exort. ap. Evangelii gaudium, n. 47). Del mismo modo todos los cristianos están llamados a imitar al Buen
Pastor. Sobre todo las familias cristianas pueden colaborar con Él
cuidando a las familias heridas, acompañándolas en la vida de fe de la
comunidad. Cada uno haga su parte asumiendo la actitud del Buen Pastor,
que conoce cada una de sus ovejas ¡y a ninguna excluye de su infinito
amor! Gracias.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! En este domingo continúa la lectura del capítulo sexto del Evangelio
de Juan. Después de la multiplicación de los panes, la gente se había
puesto a buscar a Jesús y finalmente lo encuentra en Cafarnaúm. Él
comprende bien el motivo de tanto entusiasmo en el seguirlo y lo revela
con claridad: “Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron
signos, sino porque han comido pan hasta saciarse” (Jn 6,26). En realidad, aquellas personas lo siguen por el pan material que el
día anterior había mitigado su hambre, cuando Jesús había multiplicado
los panes; no han comprendido que aquel pan, partido para tantos, para
muchos, era la expresión del amor de Jesús mismo. Han dado más valor a
aquel pan que a su donador. Ante esta ceguera espiritual, Jesús
evidencia la necesidad de ir más allá del don, y descubrir, conocer al
donador. Dios es el don, también el donador, es lo mismo. Y así de aquel
pan, aquel gesto, la gente puede encontrar a Aquel que lo da, que es
Dios. Invita a abrirse a una perspectiva que no es solamente aquella de
las preocupaciones cotidianas del comer, del vestir, del éxito, de la
carrera. Jesús habla de otro alimento, habla de un alimento que no es
perecedero y que está bien buscar y acoger. Él exhorta: “Trabajen, no
por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida
eterna, el que les dará el Hijo del hombre” (v. 27). Es decir, trabajen,
busquen la salvación, el encuentro con Dios. Y con estas palabras nos quiere hacer entender que, además del hambre
físico el hombre lleva en sí mismo otro hambre – todos nosotros
llevamos este hambre - un hambre más importante, que no puede ser
saciado con un alimento ordinario. Se trata del hambre de vida, el
hambre de eternidad que sólo Él puede saciar, porque es “el pan de Vida”
(v. 35). Jesús no elimina la preocupación y la búsqueda del alimento
cotidiano, no. No elimina la preocupación de todo lo que puede hacer la
vida más desarrollada. Pero Jesús nos recuerda que el verdadero
significado de nuestro existir terreno está al final, en la eternidad,
está en el encuentro con Él, que es don y donador, y nos recuerda
también que la historia humana con sus sufrimientos y sus alegrías debe
ser vista en un horizonte de eternidad, es decir, en aquel horizonte del
encuentro definitivo con Él. Y este encuentro ilumina todos los días de
nuestra vida. Si nosotros pensamos en este encuentro, en este gran don,
los pequeños dones de la vida, incluso los sufrimientos, las
preocupaciones serán iluminados por la esperanza de este encuentro. “Yo
soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree
en mí jamás tendrá sed” (v. 35). Y ésta es la referencia a la
Eucaristía, el don más grande que sacia el alma y el cuerpo. Encontrar y
recibir en nosotros a Jesús, “pan de Vida”, da significado y esperanza
al camino a menudo tortuoso de la vida. Pero este “pan de Vida” nos es
dado con una tarea, es decir, para que podamos, a su vez, saciar el
hambre espiritual y material de los hermanos, anunciando el Evangelio
por doquier. Con el testimonio de nuestra actitud fraterna y solidaria
hacia el prójimo, hagamos presente a Cristo y su amor en medio de los
hombres. Que la Virgen Santa nos sostenga en la búsqueda y en el seguimiento
de su Hijo Jesús, el “pan verdadero”, el “pan vivo” que no se acaba y
dura para la vida eterna.