Igual que las abejas producen la dulce miel libando el néctar de las flores, Mis Ideas son el producto de muchos años de estudio y reflexión. Si alguna de Mis Ideas no son tan dulces como la miel la culpa es mía.
“La conciencia es el espacio interior de la escucha de la verdad, del
bien, de la escucha de Dios; es el lugar interior de mi relación con Él,
que habla a mi corazón y me ayuda a discernir, a comprender el camino
que debo recorrer, y una vez tomada la decisión, a ir adelante,
permanecer fiel”.
Señores cardenales, Su Eminencia Metropolita Ioannis venerados hermanos en el episcopado y el sacerdocio, queridos hermanos y hermanas
Celebramos la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo,
patronos principales de la Iglesia de Roma: una fiesta que adquiere un
tono de mayor alegría por la presencia de obispos de todo el mundo. Es
una gran riqueza que, en cierto modo, nos permite revivir el
acontecimiento de Pentecostés: hoy, como entonces, la fe de la Iglesia
habla en todas las lenguas y quiere unir a los pueblos en una sola
familia. Saludo cordialmente y con gratitud a la delegación
del Patriarcado de Constantinopla, guiada por el Metropolita Ioannis.
Agradezco al Patriarca ecuménico Bartolomé I por este Nuevo gesto de
fraternidad. Saludo a los señores embajadores y a las autoridades
civiles. Un gracias especial al Thomanerchor, el coro de la
Thomaskirche, de Lipsia, la iglesia de Bach, que anima la liturgia y que
constituye una ulterior presencia ecuménica. Tres ideas sobre el ministerio petrino, guiadas por el verbo «confirmar». ¿Qué está llamado a confirmar el Obispo de Roma?
1. Ante todo, confirmar en la fe. El Evangelio habla de la confesión de
Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt, 16,16), una
confesión que no viene de él, sino del Padre celestial. Y, a raíz de
esta confesión, Jesús le dice: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra
edificaré mi Iglesia» (v. 18). El papel, el servicio eclesial de Pedro
tiene su fundamento en la confesión de fe en Jesús, el Hijo de Dios
vivo, en virtud de una gracia donada de lo alto. En la segunda parte del
Evangelio de hoy vemos el peligro de pensar de manera mundana. Cuando
Jesús habla de su muerte y resurrección, del camino de Dios, que no se
corresponde con el camino humano del poder, afloran en Pedro la carne y
la sangre: «Se puso a increparlo: “¡Lejos de ti tal cosa, Señor!”»
(16,22). Y Jesús tiene palabras duras con él: «Aléjate de mí, Satanás.
Eres para mí piedra de tropiezo» (v. 23). Cuando dejamos que prevalezcan
nuestras Ideas, nuestros sentimientos, la lógica del poder humano, y no
nos dejamos instruir y guiar por la fe, por Dios, nos convertimos en
piedras de tropiezo. La fe en Cristo es la luz de nuestra vida de
cristianos y de ministros de la Iglesia. 2. Confirmar en el
amor. En la Segunda Lectura hemos escuchado las palabras conmovedoras de
san Pablo: «He luchado el noble combate, he acabado la carrera, he
conservado la fe» (2 Tm 4,7). ¿De qué combate se trata? No el de las
armas humanas, que por desgracia todavía ensangrientan el mundo; sino el
combate del martirio. San Pablo sólo tiene un arma: el mensaje de
Cristo y la entrega de toda su vida por Cristo y por los demás. Y es
precisamente su exponerse en primera persona, su dejarse consumar por el
evangelio, el hacerse todo para todos, sin reservas, lo que lo ha hecho
creíble y ha edificado la Iglesia. El Obispo de Roma está llamado a
vivir y a confirmar en este amor a Jesús y a todos sin distinción,
límites o barreras. Y no sólo el Obispo de Roma: todos ustedes, nuevos
arzobispos y obispos, tienen la misma tarea: dejarse consumir por el
Evangelio, hacerse todo a todos. La tarea de no ahorrar, de salir de sí
al servicio del santo pueblo fiel de Dios. 3. Confirmar en la
unidad. Aquí me refiero al gesto que hemos realizado. El palio es
símbolo de comunión con el Sucesor de Pedro, «principio y fundamento,
perpetuo y visible, de la unidad de la fe y de la comunión» (Lumen
gentium, 18). Y vuestra presencia hoy, queridos hermanos, es el signo de
que la comunión de la Iglesia no significa uniformidad. El Vaticano II,
refiriéndose a la estructura jerárquica de la Iglesia, afirma que el
Señor «con estos apóstoles formó una especie de Colegio o grupo estable,
y eligiendo de entre ellos a Pedro lo puso al frente de él» (ibíd. 19).
Confirmar en la unidad: el Sínodo de los Obispos, en armonía con el
primado. Debemos ir por este camino de la sinodalidad, crecer en armonía
con el servicio del primado. Y prosigue el Concilio: «Este Colegio, en
cuanto compuesto de muchos, expresa la diversidad y la unidad del Pueblo
de Dios» (ibíd. 22). La variedad en la Iglesia, que es una gran
riqueza, se funde siempre en la armonía de la unidad, como un gran
mosaico en el que las teselas se juntan para formar el único gran diseño
de Dios. Y esto debe impulsar a superar siempre cualquier conflicto que
hiere el cuerpo de la Iglesia. Unidos en las diferencias: no hay otro
camino católico para unirnos. Éste es el espíritu católico, el espíritu
cristiano, unirse en las diferencias. Éste es el camino de Jesús. El
palio, siendo signo de la comunión con el Obispo de Roma, con la Iglesia
universal, con el Sínodo de los Obispos, supone también para cada uno
de ustedes el compromiso de ser instrumentos de comunión.
Confesar al Señor dejándose instruir por Dios; consumarse por amor de
Cristo y de su evangelio; ser servidores de la unidad. Queridos hermanos
en el episcopado, estas son las consignas que los santos apóstoles
Pedro y Pablo confían a cada uno de nosotros, para que sean vividas por
todo cristiano. Que la santa Madre de Dios nos guíe y acompañe siempre
con su intercesión: Reina de los apóstoles, reza por nosotros. Amén.
El “deseo de paternidad” está inscrito en las fibras más profundas del
hombre, dijo el Papa. Y un sacerdote no es una excepción, si bien vive
este deseo de modo particular: “Cuando un hombre no tiene este
deseo, algo falta en este hombre. Algo no va. Todos nosotros, para ser,
para llegar a ser plenos, para ser maduros, debemos sentir la alegría de
la paternidad, también nosotros que somos célibes. La paternidad es dar
vida a los demás, dar vida, dar vida… Para nosotros será la paternidad
pastoral, la paternidad espiritual: pero es dar vida, llegar a ser
padres”. El Papa inspiró su reflexión en el pasaje del libro
del Génesis en el que Dios promete al anciano Abraham la alegría de un
hijo, junto a una descendencia numerosa como las estrellas del cielo. Y
para sellar este pacto, Abraham sigue las indicaciones de Dios y prepara
un sacrificio de animales que después defiende del asalto de las aves
rapaces. “Me conmueve – comentó el Papa – ver a este hombre de noventa
años con el bastón en la mano”, que defiende su sacrificio. “Me hace
pensar a un padre, cuando defiende la familia, los hijos”: “Un
padre que sabe lo que significa defender a los hijos. Y esta es una
gracia que nosotros los sacerdotes debemos pedir: ser padres, ser
padres. La gracia de la paternidad, de la paternidad pastoral, de la
paternidad espiritual. Pecados tenemos tantos, pero esto es de común
“sanctorum”: todos tenemos pecados. Pero no tener hijos, no llegar a ser
padre, es como si la vida no llegase a su fin: se detiene a mitad de
camino. Y, por tanto, debemos ser padres. Pero es una gracia que el
Señor da. La gente nos dice: ‘Padre, padre, padre…’. Nos quiere así,
padres, con la gracia de la paternidad pastoral”. El Papa
Francisco de dirigió con afecto al Cardenal De Giorgi, quien ha llegado a
la meta del 60° aniversario de sacerdocio y le dijo: “Yo no sé qué hizo
el querido Salvador”, pero “estoy seguro de que ha sido padre”. “Y esto
es un signo”, y dirigiéndose a los tantos sacerdotes que acompañaban al
Purpurado prosiguió: Ahora les toca a ustedes. A la vez que observó:
Todo árbol “da su fruto y si es bueno, los frutos deben ser buenos,
¿no?”. Por tanto, añadió con simpatía, “no lo hagan quedar mal…”: “Agradezcamos
al Señor por esta gracia de la paternidad en la Iglesia, que va de
padre en hijo, y así… Y yo pienso, para terminar, en estos dos iconos y
en otro más: el icono de Abraham que pide un hijo, el icono de Abraham
con el bastón en la mano, defendiendo la familia, y el icono del anciano
Simeón en el Templo, cuando recibe la vida nueva: hace una liturgia
espontánea, la liturgia de la alegría, a Él. Y a ustedes, que el Señor
hoy les dé tanta alegría”.
En su catequesis central en italiano, reiterando la imagen del templo en
el misterio de la Iglesia, el Papa destacó que nos «recuerda que Dios
siempre estuvo dentro de la historia de su pueblo, acompañando su camino
y guiando sus pasos». Y recuerda también nuestra historia, la historia
personal de cada uno de nosotros, cómo me encontró Jesús, como ha
caminado conmigo, cómo Jesús me ama y me bendice, enfatizó el Santo
Padre, añadiendo luego que la Iglesia es la casa de Dios y es el Pueblo
de Dios, donde podemos encontrar la luz del Espíritu Santo, al Padre y a
Jesús:«Así pues, lo que estaba prefigurado en el antiguo Templo, lo
realiza el poder del Espíritu Santo, en la Iglesia: la Iglesia es la
"casa de Dios", el lugar de su presencia, donde podemos recibir y
encontrar al Señor; la Iglesia es el templo en el que habita el Espíritu
Santo que la anima, la guía y la sostiene. Si nos preguntamos, ¿dónde
podemos encontrar a Dios? ¿Dónde podemos entrar en comunión con Él por
medio de Cristo? ¿Dónde podemos encontrar la luz del Espíritu Santo para
que ilumine nuestras vidas? La respuesta es: en el pueblo de Dios, en
medio de nosotros, que somos Iglesia. Entre nosotros, dentro del pueblo
de Dios y de la Iglesia, allí encontraremos a Jesús, al Espíritu Santo,
encontraremos al Padre». Cristo es el Templo viviente del Padre y
edifica su casa espiritual – la Iglesia – con piedras vivas, que somos
nosotros, reiteró el Obispo de Roma, haciendo hincapié una vez más en la
belleza de ser piedras vivas del edificio de Dios, unidas profundamente
a Cristo:«En él, -en Jesús- todo el edificio, bien trabado, va
creciendo para constituir un templo santo en el Señor. En él, también
ustedes son incorporados al edificio, para llegar a ser una morada de
Dios en el Espíritu," dice Pablo (Efesios 2:20-22). ¡Qué hermosa cosa!
Nosotros somos las piedras vivas del edificio de Dios, profundamente
unidas a Cristo, que es la roca de apoyo, y el apoyo entre nosotros,
¿no? Y qué significa esto? Que el Templo somos nosotros, la Iglesia,
pero nosotros, vivos, nosotros somos Iglesia, somos el Templo vivo, y
cuando estamos juntos está el Espíritu Santo que nos ayuda a crecer como
Iglesia. No estamos aislados, somos el pueblo de Dios, y ésta es la
Iglesia: Pueblo de Dios. Y es el Espíritu Santo con sus dones, que
diseña la variedad: esto es importante. ¿Qué hace el Espíritu Santo
entre nosotros? Diseña la variedad, la variedad que es la riqueza de la
Iglesia y une todo y a todos, a fin de constituir un templo espiritual,
donde no ofrecemos sacrificios materiales, sino a nosotros mismos,
nuestra vida (cf. 1 Pt 2, 4-5).» En este contexto, el Papa volvió a
poner de relieve que la Iglesia no es una trama de cosas e intereses,
sino que es el templo del Espíritu Santo, el Templo donde Dios obra, el
Templo en el que cada uno de nosotros con el don del Bautismo es piedra
viva y es útil. Todos somos necesarios y somos iguales ante los ojos de
Dios. Nadie está por encima de los demás, ni siquiera el Papa:«Esto nos
dice que nadie es inútil en la Iglesia: ¡Nadie es inútil en la Iglesia! Y
si alguien, por casualidad, dice, cualquiera de ustedes: "ve a casa, tú
eres un inútil", ¡eso no es verdad! ¡Nadie es inútil en la Iglesia:
todos somos necesarios para construir este templo! Nadie es secundario:
"Ah, yo soy el más importante en la Iglesia!": ¡no! ¡Todos somos iguales
ante los ojos de Dios, todos, todos! Pero alguno de ustedes puede
decir: "Pero, mire, señor Papa, usted no es igual a nosotros". Sí, soy
como uno de ustedes, todos somos iguales, todos somos hermanos! Nadie es
anónimo: todos formamos parte y construimos la Iglesia. Pero esto nos
invita también a reflexionar sobre el hecho de que si falta el ladrillo
de nuestra vida cristiana, le falta algo a la belleza de la Iglesia. Y,
si algunos dicen, "Ah, yo con la Iglesia, no, yo no tengo nada que
ver."¡Pero entonces faltará el ladrillo de tu vida, en este hermoso
templo! Nadie puede salir, ¿eh? ¡Todos tenemos que llevar a la Iglesia
nuestra vida, nuestro corazón, nuestro amor, nuestro pensamiento,
nuestro trabajo... Todos juntos!» Y al concluir su catequesis, el Santo Padre alentó a rogar al Señor la gracia de ser siempre piedras vivas de su Iglesia:«Que
el Señor nos conceda su gracia, su fuerza, para que podamos estar
profundamente unidos a Cristo, piedra angular, el pilar, piedra de apoyo
de nuestra vida y de toda la vida de la Iglesia. Oremos para que,
animados por su Espíritu, seamos siempre piedras vivas de su Iglesia».
Queridos hermanos y hermanas Esta celebración tiene un nombre muy
bello: el Evangelio de la Vida. Con esta Eucaristía, en el Año de la fe,
queremos dar gracias al Señor por el don de la vida en todas sus
diversas manifestaciones, y queremos al mismo tiempo anunciar el
Evangelio de la Vida. A partir de la Palabra de Dios que hemos
escuchado, quisiera proponerles tres puntos sencillos de meditación para
nuestra fe: en primer lugar, la Biblia nos revela al Dios vivo, al Dios
que es Vida y fuente de la vida; en segundo lugar, Jesucristo da vida, y
el Espíritu Santo nos mantiene en la vida; tercero, seguir el camino de
Dios lleva a la vida, mientras que seguir a los ídolos conduce a la
muerte. 1. La primera lectura, tomada del Libro Segundo de Samuel,
nos habla de la vida y de la muerte. El rey David quiere ocultar que
cometió adulterio con la mujer de Urías el hitita, un soldado en su
ejército y, para ello, manda poner a Urías en primera línea para que
caiga en la batalla. La Biblia nos muestra el drama humano en toda su
realidad, el bien y el mal, las pasiones, el pecado y sus consecuencias.
Cuando el hombre quiere afirmarse a sí mismo, encerrándose en su propio
egoísmo y poniéndose en el puesto de Dios, acaba sembrando la muerte. Y
el adulterio del rey David es un ejemplo. Y el egoísmo conduce a la
mentira, con la que trata de engañarse a sí mismo y al prójimo. Pero no
se puede engañar a Dios, y hemos escuchado lo que dice el profeta a
David: «Has hecho lo que está mal a los ojos de Dios» (cf. 2 S 12,9). Al
rey se le pone frente a sus obras de muerte, - realmente lo que hizo es
una obra de muerte, no de vida - comprende y pide perdón: «He pecado
contra el Señor» (v. 13), y el Dios misericordioso, que quiere la vida y
siempre nos perdona, le da de nuevo la vida; el profeta le dice:
«También el Señor ha perdonado tu pecado, no morirás». ¿Qué imagen
tenemos de Dios? Tal vez nos parece un juez severo, como alguien que
limita nuestra libertad de vivir. Pero toda la Escritura nos recuerda
que Dios es el Viviente, el que da la vida y que indica la senda de la
vida plena. Pienso en el comienzo del Libro del Génesis: Dios formó al
hombre del polvo de la tierra, soplando en su nariz el aliento de vida y
el hombre se convirtió en un ser vivo (cf. 2,7). Dios es la fuente de
la vida; y gracias a su aliento el hombre tiene vida y su aliento es lo
que sostiene el camino de su existencia terrena. Pienso igualmente en la
vocación de Moisés, cuando el Señor se presenta como el Dios de
Abraham, de Isaac y de Jacob, como el Dios de los vivos; y, enviando a
Moisés al faraón para liberar a su pueblo, revela su nombre: «Yo soy el
que soy», el Dios que se hace presente en la historia, que libera de la
esclavitud, de la muerte, y que saca al pueblo porque es el Viviente.
Pienso también en el don de los Diez Mandamientos: una vía que Dios nos
indica para una vida verdaderamente libre, para una vida plena; no son
un himno al «no» - no debes hacer esto, no debes hacer esto, no debes
hacer esto: ¡no! Son más bien un himno al «sí» a Dios, al Amor, a la
Vida. Queridos amigos, nuestra vida es plena sólo en Dios, porque sólo
Él es el Viviente. 2. El pasaje evangélico de hoy nos hace dar un
paso más. Jesús encuentra a una mujer pecadora durante una comida en
casa de un fariseo, suscitando el escándalo de los presentes: Jesús deja
que se acerque una pecadora, e incluso le perdona los pecados,
diciendo: «Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado
mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco» (Lc 7,47). Jesús es la
encarnación del Dios vivo, el que trae la vida, ante tantas obras de
muerte, ante el pecado, el egoísmo, el cerrarse en sí mismos. Jesús
acoge, ama, levanta, anima, perdona y da nuevamente la fuerza para
caminar, devuelve la vida. Vemos en todo el Evangelio cómo Jesús trae
con gestos y palabras la vida de Dios que transforma. Es la experiencia
de la mujer que unge los pies del Señor con perfume: se siente
comprendida, amada, y responde con un gesto de amor, se deja tocar por
la misericordia de Dios y obtiene el perdón, comienza una vida nueva.
Dios el Viviente es misericordioso ¿están de acuerdo? ¡Digámoslo juntos:
Dios el Viviente es misericordioso! ¡Dios el Viviente es
misericordioso! Otra vez: ¡Dios el Viviente es misericordioso! Esta
fue también la experiencia del apóstol Pablo, como hemos escuchado en la
segunda Lectura: «Mi vida ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo
de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Ga 2,20). ¿Qué es esta vida?
Es la vida misma de Dios. Y ¿quién nos introduce en esta vida? El
Espíritu Santo, el don de Cristo resucitado. Es él quien nos introduce
en la vida divina como verdaderos hijos de Dios, como hijos en el Hijo
unigénito, Jesucristo. ¿Estamos abiertos nosotros al Espíritu Santo?
¿Nos dejamos guiar por él? El cristiano es un hombre espiritual, y esto
no significa que sea una persona que vive «en las nubes», fuera de la
realidad (como si fuera un fantasma), no. El cristiano es una persona
que piensa y actúa en la vida cotidiana según Dios, una persona que deja
que su vida sea animada, alimentada por el Espíritu Santo, para que sea
plena, propia de verdaderos hijos. Y eso significa realismo y
fecundidad. Quien se deja guiar por el Espíritu Santo es realista, sabe
cómo medir y evaluar la realidad, y también es fecundo: su vida engendra
vida a su alrededor. 3. Dios es el Viviente, es el Misericordioso,
Jesús nos trae la vida de Dios, el Espíritu Santo nos introduce y nos
mantiene en la relación vital de verdaderos hijos de Dios. Pero, con
frecuencia – lo sabemos por experiencia - el hombre no elige la vida, no
acoge el «Evangelio de la vida», sino que se deja guiar por ideologías y
lógicas que ponen obstáculos a la vida, que no la respetan, porque
vienen dictadas por el egoísmo, el propio interés, el lucro, el poder,
el placer, y no están dictadas por el amor, por la búsqueda del bien del
otro. Es la constante ilusión de querer construir la ciudad del hombre
sin Dios, sin la vida y el amor de Dios: una nueva Torre de Babel; es
pensar que el rechazo de Dios, del mensaje de Cristo, del Evangelio de
la vida, lleva a la libertad, a la plena realización del hombre. El
resultado es que el Dios vivo es sustituido por ídolos humanos y
pasajeros, que ofrecen un embriagador momento de libertad, pero que al
final son portadores de nuevas formas de esclavitud y de muerte. La
sabiduría del salmista dice: «Los mandatos del Señor son rectos y
alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos»
(Sal 19,9). ¡Recordémoslo siempre: el Señor es el Viviente, es
misericordioso! ¡el Señor es el Viviente, es misericordioso!
Queridos hermanos y hermanas, miremos a Dios como al Dios de la vida,
miremos su ley, el mensaje del Evangelio, como una vida de libertad. El
Dios vivo nos hace libres. Digamos sí al amor y no al egoísmo, digamos
sí a la vida y no a la muerte, digamos sí a la libertad y no a la
esclavitud de tantos ídolos de nuestro tiempo; en una palabra, digamos
sí a Dios, que es amor, vida y libertad, y nunca defrauda (cf. 1 Jn 4,8,
Jn 11,25, Jn 8,32). A dios, que es el Viviente y el Misericordioso.
Sólo la fe en el Dios vivo nos salva; en el Dios que en Jesucristo nos
ha dado su vida y, con el don del Espíritu Santo, y hace vivir como
verdaderos hijos de Dios, con su misericordia. Esta fe nos hace libres y
felices. Pidamos a María, Madre de la Vida, que nos ayude a recibir y
dar testimonio siempre del «Evangelio de la Vida». Así sea
Dejarse amar con ternura por el Señor es difícil, pero es lo que
debemos pedir a Dios: fue la invitación del Papa Francisco en la Misa
del viernes en la Casa de Santa Marta, refiriéndose a la solemnidad del
Sagrado Corazón de Jesús. En esta oportunidad estaba presente el
personal del Archivo Secreto Vaticano: concelebró con el Papa el
archivista de Santa Romana Iglesia, mons. Jean-Louis Bruguès, y el
prefecto, mons. Sergio Pagano. Jesús nos ha tanto amado, no con palabras
sino con obras y con su vida. El Santo Padre lo repitió varias veces en
su homilía de hoy, en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús que él
mismo definió “la fiesta del amor”, de un “corazón que ha amado tanto”.
Un amor que, como solía repetir San Ignacio, “se manifiesta más en las
obras que en las palabras” y que es sobre todo “más dar que recibir”.
“Estos dos criterios – resaltó Francisco – son como las columnas del
verdadero amor” y es el Buen Pastor el que en todo representa el amor de
Dios. Él conoce sus ovejas una a una, “porque – agregó el Obispo de
Roma – el amor no es un amor abstracto o general: es amor hacia cada
uno”: “Un Dios que se hace cercano por amor, camina con su pueblo y
este caminar llega a un punto que es inimaginable. Es difícil imaginar
que el mismo Señor se hace uno de nosotros y camina con nosotros, se
queda con nosotros, se queda con su Iglesia, se queda en la Eucaristía,
se queda en su Palabra, se queda en los pobres, se queda con nosotros
caminando. Ésta es cercanía: el pastor cercano a su rebaño, cercano a
sus ovejas, que conoce una a una”. Deteniéndose en un pasaje del
Libro del profeta Ezequiel, el Papa resaltó otro aspecto del amor de
Dios: la premura por la oveja perdida y por aquella herida y enferma: “¡Ternura!
El Señor nos ama con ternura. El Señor conoce aquella bella ciencia de
las caricias, aquella ternura de Dios. No ama con las palabras. Él se
acerca – cercanía – y nos da aquel amor con ternura. ¡Cercanía y
ternura! Estas dos formas de amor del Señor que se hace cercano y da
todo su amor también en las cosas más pequeñas: con la ternura. Y éste
es un amor fuerte, porque cercanía y ternura nos hacen ver la fortaleza
del amor de Dios”. “Pero ¿ustedes aman como yo los he amado?” ésta
fue la pregunta que el Papa Francisco planteó a la asamblea, subrayando
cómo el amor deba “hacerse cercano al prójimo”, deba ser “como el amor
del buen samaritano” y particularmente bajo el signo de la “cercanía y
ternura”. Pero ¿cómo restituir todo este amor al Señor? La fórmula que
nos dio Francisco fue: “amándolo”, hacerse “cercano a Él”, “tierno con
Él”, pero –agregó- esto no es suficiente: “¡Ésta puede parecer una
herejía, pero es la verdad más grande! ¡Más difícil que amar a Dios es
dejarse amar por Él! La manera de devolver tanto amor es abrir el
corazón y dejarse amar. Dejar que Él se haga cercano a nosotros y
sentirlo cercano. Dejar que Él se haga tierno, que nos acaricie. Aquello
es tan difícil: dejarme amar por Él. Y esto quizás es lo que debemos
pedir hoy en la Misa: ¡‘Señor yo quiero amarte, pero enséñame la difícil
ciencia, la difícil costumbre de dejarme amar por Ti, de sentirte
cercano y de sentirte tierno!’. ¡Que el Señor nos dé esta gracia!”.
el jueves pasado
celebramos la fiesta del Corpus Domini, que en Italia y en otros países
se ha trasladado a este domingo. Es la fiesta de la Eucaristía,
Sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo.
El Evangelio nos
propone la narración del milagro de los panes (Lucas 9, 11-17); yo
quisiera detenerme sobre un aspecto que siempre me impacta y me hace
reflexionar. Estamos en la orilla del lago de Galilea, la noche se
acerca; Jesús se preocupa por la gente que desde hace tantas horas está
con Él: se cuentan por miles y tienen hambre. ¿Qué hacer? También los
discípulos se plantean el problema y le dicen a Jesús: «Despide a la
multitud», para que vaya a los pueblos y caseríos de los alrededores y
encuentre comida. Pero Jesús dice: «Denles de comer ustedes mismos» (v.
13). Los discípulos se quedan desconcertados y responden: «No tenemos
más que cinco panes y dos pescados», como diciendo: sólo lo suficiente
para nosotros.
Jesús sabe bien qué hacer, pero quiere
implicar a sus discípulos, quiere educarlos. La actitud de los
discípulos es la actitud humana, que busca la solución más realista, que
no provoque demasiados problemas: Despide a la gente, que cada uno se
las arregle como pueda, por otra parte ya hiciste tanto por ellos: has
predicado, has curado a los enfermos...
La actitud de
Jesús es completamente distinta y está dictada por su unión con el Padre
y por la compasión hacia la gente, pero también por su voluntad de dar
un mensaje a los discípulos. Ante a esos cinco panes, Jesús piensa: ¡he
aquí la providencia! A partir de este poco, Dios puede hacer salir lo
necesario para todos. Jesús confía totalmente en el Padre celestial,
sabe que para Él todas las cosas son posibles. Por lo tanto le dice a
los discípulos que hagan sentar a la gente en grupos de cincuenta - no
es una casualidad: esto significa que ya no son una multitud, sino se
vuelven comunidades, alimentadas por el pan de Dios. Y luego toma los
panes y los peces, levanta los ojos al cielo, pronuncia la bendición -
es una clara referencia a la Eucaristía - y después los parte y comienza
a darlos a los discípulos, y los discípulos los distribuyen... ¡y los
panes y los peces no se acaban! He aquí el milagro: más que una
multiplicación es un compartir, animado por la fe y la oración. Comieron
todos y sobró: es el signo de Jesús, pan de Dios para la humanidad.
Los
discípulos lo vieron, pero no comprendieron bien el mensaje. Quedaron
prendados, como la multitud, por el entusiasmo del éxito. Una vez más,
siguieron la lógica humana y no la de Dios, que es la del servicio, del
amor y de la fe. La fiesta del Corpus Domini nos pide que nos
convirtamos a la fe en la Providencia, que sepamos compartir lo poco que
somos y que tenemos, y que no nos encerremos nunca en nosotros mismos.
Pidamos a nuestra Madre María que nos ayude en esta conversión, para
seguir verdaderamente, cada vez más, a ese Jesús que adoramos en la
Eucaristía.