miércoles, 30 de marzo de 2016

Via Crucis 2016

Oh Cruz de Cristo, símbolo del amor divino y de la injusticia humana, icono del supremo sacrificio por amor y del extremo egoísmo por necedad, instrumento de muerte y vía de resurrección, signo de la obediencia y emblema de la traición, patíbulo de la persecución y estandarte de la victoria.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo alzada en nuestras hermanas y hermanos asesinados, quemados vivos, degollados y decapitados por las bárbaras espadas y el silencio infame.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los rostros de los niños, de las mujeres y de las personas extenuadas y amedrentadas que huyen de las guerras y de la violencia, y que con frecuencia sólo encuentran la muerte y a tantos Pilatos que se lavan las manos.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los doctores de la letra y no del espíritu, de la muerte y no de la vida, que en vez de enseñar la misericordia y la vida, amenazan con el castigo y la muerte y condenan al justo. Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los ministros infieles que, en vez de despojarse de sus propias ambiciones, despojan incluso a los inocentes de su propia dignidad.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los corazones endurecidos de los que juzgan cómodamente a los demás, corazones dispuestos a condenarlos incluso a la lapidación, sin fijarse nunca en sus propios pecados y culpas. Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los fundamentalismos y en el terrorismo de los seguidores de cierta religión que profanan el nombre de Dios y lo utilizan para justificar su inaudita violencia.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los que quieren quitarte de los lugares públicos y excluirte de la vida pública, en el nombre de un cierto paganismo laicista o incluso en el nombre de la igualdad que tú mismo nos has enseñado. Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los poderosos y en los vendedores de armas que alimentan los hornos de la guerra con la sangre inocente de los hermanos y dan de comer a sus hijos pan ensangrentado. 
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los traidores que por treinta denarios entregan a la muerte a cualquier persona. Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los ladrones y en los corruptos que en vez de salvaguardar el bien común y la ética se venden en el miserable mercado de la inmoralidad. Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los necios que construyen depósitos para conservar tesoros que perecen, dejando que Lázaro muera de hambre a sus puertas.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los destructores de nuestra «casa común» que con egoísmo arruinan el futuro de las generaciones futuras. Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los ancianos abandonados por sus propios familiares, en los discapacitados, en los niños desnutridos y descartados por nuestra sociedad egoísta e hipócrita. Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en nuestro mediterráneo y en el Mar Egeo convertidos en un insaciable cementerio, imagen de nuestra conciencia insensible y anestesiada.
Oh Cruz de Cristo, imagen del amor sin límite y vía de la Resurrección, aún hoy te seguimos viendo en las personas buenas y justas que hacen el bien sin buscar el aplauso o la admiración de los demás. Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los ministros fieles y humildes que alumbran la oscuridad de nuestra vida, como candelas que se consumen gratuitamente para iluminar la vida de los últimos. Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en el rostro de las religiosas y consagrados –los buenos samaritanos– que lo dejan todo para vendar, en el silencio evangélico, las llagas de la pobreza y de la injusticia.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los misericordiosos que encuentran en la misericordia la expresión más alta de la justicia y de la fe. Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en las personas sencillas que viven con gozo su fe en las cosas ordinarias y en el fiel cumplimiento de los mandamientos. Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los arrepentidos que, desde la profundidad de la miseria de sus pecados, saben gritar: Señor acuérdate de mí cuando estés en tu reino.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los beatos y en los santos que saben atravesar la oscuridad de la noche de la fe sin perder la confianza en ti y sin pretender entender tu silencio misterioso. Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en las familias que viven con fidelidad y fecundidad su vocación matrimonial. Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los voluntarios que socorren generosamente a los necesitados y maltratados.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los perseguidos por su fe que con su sufrimiento siguen dando testimonio auténtico de Jesús y del Evangelio. Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los soñadores que viven con un corazón de niños y trabajan cada día para hacer que el mundo sea un lugar mejor, más humano y más justo.
En ti, Cruz Santa, vemos a Dios que ama hasta el extremo, y vemos el odio que domina y ciega el corazón y la mente de los que prefieren las tinieblas a la luz. Oh Cruz de Cristo, Arca de Noé que salvó a la humanidad del diluvio del pecado, líbranos del mal y del maligno. Oh Trono de David y sello de la Alianza divina y eterna, despiértanos de las seducciones de la vanidad. Oh grito de amor, suscita en nosotros el deseo de Dios, del bien y de la luz.
Oh Cruz de Cristo, enséñanos que el alba del sol es más fuerte que la oscuridad de la noche. Oh Cruz de Cristo, enséñanos que la aparente victoria del mal se desvanece ante la tumba vacía y frente a la certeza de la Resurrección y del amor de Dios, que nada lo podrá derrotar u oscurecer o debilitar. Amén.

jueves, 4 de febrero de 2016

Homilía 20160204

La mayor herencia que podemos dejar a los demás es la fe. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta, durante la que también invitó a no tener miedo de la muerte, porque el recorrido de la vida continúa.El pensamiento de la muerte ilumina la vida
“En cada vida hay un fin” – subrayó el Papa aludiendo a la lectura del día que se refiere a la muerte del Rey David – y afirmó que se trata de “un pensamiento que no gusta tanto”, que “siempre se encubre” pero que “es la realidad de todos los días”. Pensar “en el último paso” – dijo – es “una luz que ilumina la vida”, “es una realidad que debemos tener siempre ante nosotros”:
“En una de las audiencias del miércoles había entre los enfermos una monjita anciana, pero con un rostro de paz, con una mirada luminosa: ‘¿Cuántos años tiene usted, hermana?’. Y con una sonrisa: ‘Ochenta y tres, pero estoy terminando mi recorrido en esta vida, para comenzar el otro itinerario con el Señor, porque tengo un cáncer en el páncreas’. Y así, en paz, aquella mujer había vivido su vida consagrada con intensidad. No tenía miedo de la muerte: ‘Estoy terminando mi recorrido de vida, para comenzar el otro’. Es un pasaje. Estas cosas nos hacen bien”.
La fe, la más bella herencia
David reinó en Israel durante cuarenta años: “Pero también cuarenta años pasan”, observó Francisco. Antes de morir, David exhortó a su hijo Salomón a observar la Ley del Señor. Él había pecado mucho en su vida, pero había aprendido a pedir perdón y la Iglesia lo llama “el Santo Rey David. ¡Pecador, pero Santo!”. Ahora, en punto de muerte, deja al hijo “la herencia más bella y más grande que un hombre o una mujer puede dejar a los hijos: deja la fe”:
“Cuando se hace testamento la gente dice: ‘A éste le dejo esto, a éste le dejo aquello, a éste le dejo esto…’. Sí, está bien, pero la herencia más bella, la mayor herencia que un hombre, una mujer, puede dejar a sus hijos es la fe. Y David hace memoria de las promesas de Dios, hace memoria de su propia fe en estas promesas y se las recuerda a su hijo.  Dejar la fe en herencia. Cuando en la ceremonia del Bautismo damos a los padres la vela encendida, la luz de la fe, les estamos diciendo: ‘Consérvala, hazla crecer en tu hijo y en tu hija y déjala como herencia’. Dejar la fe como herencia, esto nos enseña David, y muere así, sencillamente como cada hombre. Pero sabe bien qué aconsejar a su hijo y cuál es la mejor herencia que le deja: ¡no el reino, sino la fe!”.
Dios es Padre fiel que jamás decepciona
El Santo Padre concluyó su homilía invitando a la asamblea a preguntarse: “¿Cuál es la herencia que yo dejo con mi vida?”:
“¿Dejo la herencia de un hombre, de una mujer de fe? ¿Les dejo esta herencia a los míos? Pidamos al Señor dos cosas: no tener miedo de este último paso, como la hermana de la audiencia del miércoles – ‘Estoy terminando mi recorrido y comienzo el otro’ – no tener miedo; y la segunda, que todos nosotros podamos dejar con nuestra vida, como la mejor herencia, la fe, la fe en este Dios fiel, este Dios que está junto a nosotros siempre, este Dios que es Padre y jamás decepciona”.

viernes, 29 de enero de 2016

Homilía 20160128

El misterio de Dios es luz, como comenta el Evangelio de hoy donde Jesús dice que la luz no es para ponerla debajo el celemín o de la cama, sino en el candelero, para iluminar. Y ese es uno de los rasgos del cristiano, que ha recibido la luz en el Bautismo y debe darla. Es decir, el cristiano es un testigo.

Un cristiano que lleva esa luz, debe enseñarla porque es testigo. Cuando un cristiano no muestra la luz de Dios sino que prefiere sus propias tinieblas, éstas entran en su corazón porque tiene miedo a la luz, y los ídolos —que son tinieblas—, le gustan más. Entonces le falta algo, y no es un verdadero cristiano. ¡El testimonio! Un cristiano es un testigo de Jesucristo, luz de Dios, y debe poner esa luz en el candelero de su vida.

En el Evangelio Jesús dice: La medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces (Mc 4,24). Otro rasgo del cristiano es la magnanimidad, porque es hijo de un padre magnánimo, de ánimo grande. El corazón cristiano es magnánimo. Es abierto, siempre. No es un corazón que se encierra en su egoísmo. Cuando entras es esa luz de Jesús, cuando entras en la amistad de Jesús, cuando te dejas guiar por el Espíritu Santo, el corazón se abre, se vuelve magnánimo. El cristiano, en ese momento, no gana: pierde. Pero pierde para ganar otra cosa, y con esta —entrecomillas— “derrota” de intereses, gana Jesús, y gana el cristiano siendo testigo de Jesús.

Finalmente, para mí es una alegría celebrar hoy con vosotros, que cumplís el 50º aniversario de vuestro sacerdocio: 50 años por el camino de la luz y del testimonio, 50 años procurando ser mejores, intentando llevar la luz en el candelero: a veces se cae, pero vamos otra vez, siempre con esa voluntad de dar luz generosamente, es decir, con el corazón magnánimo. Solo Dios y vuestra memoria saben cuánta gente habéis recibido con magnanimidad, con bondad de padres, de hermanos... A cuánta gente que tenía el corazón un poco oscuro habéis dado luz, la luz de Jesús. Gracias. Gracias por lo que habéis hecho en la Iglesia, por la Iglesia y por Jesús. Que el Señor os dé la alegría, esa alegría grande de haber sembrado bien, de haber iluminado bien y de haber abierto los brazos para recibir a todos con magnanimidad.

martes, 19 de enero de 2016

Homilía 20160119

Dios no se detiene ante las apariencias, sino que ve con el corazón, señaló el Papa Francisco en su homilía, en la Misa matutina, en la capilla de la Casa de Santa Marta. Reflexionando sobre la primera lectura, que narra la elección del joven David como rey de Israel, el Santo Padre destacó que también en la vida de los Santos hay tentaciones y pecados, como muestra precisamente la vida de David, pero que nunca hay que usar a Dios para vencer una causa propia.El Señor rechaza a Saúl «porque tenía el corazón cerrado, no había obedecido al Señor» y piensa elegir a otro rey, recordó el Papa, con el primer Libro de Samuel.
El Señor ve el corazón, no se detiene ante las apariencias
Una elección que se aparta de los criterios humanos, porque David era el más joven de los hijos de Jesé, era un chiquillo. Pero el Señor hace comprender al profeta Samuel que para Él las apariencias no cuentan. «El Señor ve con el corazón»:
«Nosotros, tantas veces, somos esclavos de las apariencias, esclavos de lo que parece y nos dejamos llevar por estas cosas: ‘Pero, así parece…’ Sin embargo, el Señor sabe la verdad. Como en esta historia. Pasan los siete hijos de Jesé y el Señor no elige a ninguno, los deja pasar. Samuel se siente algo incómodo y le dice al Padre: ¿ni siquiera a éste ha elegido? ¿Están aquí todos los muchachos? ‘Queda todavía el más joven, que no cuenta, que está apacentando el rebaño’. Ante los ojos de los hombres, este jovencito no cuenta».
David reconoce su pecado y pide perdón
No contaba para los hombres, pero el Señor lo elige y manda a Samuel que lo unja. Y «el Espíritu del Señor descendió sobre David». Y, desde ese día, toda la vida de David fue la vida un hombre ungido por el Señor, elegido por el Señor», reiteró el Papa Francisco, y después de preguntar: ¿entonces, el Señor lo hizo Santo?, respondió: «No, el Rey David es el Santo Rey David, es verdad, pero solo después de una vida larga» y una vida con pecados:
«Santo y pecador. Un hombre que ha sabido unir el Reino, ha sabido llevar adelante al pueblo de Israel. Pero tenía sus tentaciones… tenía sus pecados: fue también un asesino. Para encubrir su lujuria, el pecado de adulterio, mandó… mandó matar. ¡Él! El Santo Rey David mató Pero cuando Dios envió al profeta Natán para hacer ver esta realidad, porque no se había dado cuenta de la barbarie que había ordenado, reconoció ‘he pecado’ y pidió perdón»
Recordando la vida del Rey David que «nunca utilizó a Dios para vencer una causa propia» y que cuando lo insultaban, pensaba para sí mismo: me lo merezco, el Papa hizo hincapié en que «el Santo Rey David era un gran pecador, pero se arrepintió» y señaló que le conmueve la vida de este hombre, que nos ayuda a pensar en la nuestra:
«Todos nosotros hemos sido elegidos por el Señor a través del Bautismo, para estar en su pueblo, para ser Santos; hemos sido consagrados por el Señor, en este camino de la santidad. Leyendo esta vida de un niño – no, era más bien un joven – luego de joven a viejo, que hizo tantas cosas buenas y otras no tan buenas, se me ocurre pensar que en el camino cristiano, en el camino que el Señor nos ha invitado a recorrer, se me ocurre pensar que no hay ningún Santo sin pasado, y tampoco un pecador sin futuro»

viernes, 25 de diciembre de 2015

Mensaje 20151225

Queridos hermanos y hermanas, feliz Navidad. Cristo nos ha nacido, exultemos en el día de nuestra salvación.
Abramos nuestros corazones para recibir la gracia de este día, que es Él mismo: Jesús es el «día» luminoso que surgió en el horizonte de la humanidad. El día de la misericordia, en el cual Dios Padre ha revelado a la humanidad su inmensa ternura. Día de luz que disipa las tinieblas del miedo y de la angustia. Día de paz, en el que es posible encontrarse, dialogar, sobre todo, reconciliarse. Día de alegría: una «gran alegría» para los pequeños y los humildes, para todo el pueblo (cf. Lc. 2,10).
En este día, ha nacido de la Virgen María Jesús, el Salvador. El pesebre nos muestra la «señal» que Dios nos ha dado: «un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc. 2,12). Como los pastores de Belén, también nosotros vamos a ver esta señal, este acontecimiento que cada año se renueva en la Iglesia. La Navidad es un acontecimiento que se renueva en cada familia, en cada parroquia, en cada comunidad que acoge el amor de Dios encarnado en Jesucristo. Como María, la Iglesia muestra a todos la «señal» de Dios: el niño que ella ha llevado en su seno y ha dado a luz, pero que es el Hijo del Altísimo, porque «proviene del Espíritu Santo» (Mt. 1,20). Por eso es el Salvador, porque es el Cordero de Dios que toma sobre sí el pecado del mundo (cf. Jn. 1,29). Junto a los pastores, postrémonos ante el Cordero, adoremos la Bondad de Dios hecha carne, y dejemos que las lágrimas del arrepentimiento llenen nuestros ojos y laven nuestro corazón.
Sólo Él, sólo Él nos puede salvar. Sólo la misericordia de Dios puede liberar a la humanidad de tantas formas de mal, a veces monstruosas, que el egoísmo genera en ella. La gracia de Dios puede convertir los corazones y abrir nuevas perspectivas para realidades humanamente insuperables.
Donde nace Dios, nace la esperanza. Donde nace Dios, nace la paz. Y donde nace la paz, no hay lugar para el odio ni para la guerra. Sin embargo, precisamente allí donde el Hijo de Dios vino al mundo, continúan las tensiones y las violencias y la paz queda como un don que se debe pedir y construir. Que los israelíes y palestinos puedan retomar el diálogo directo y alcanzar un entendimiento que permita a los dos pueblos convivir en armonía, superando un conflicto que les enfrenta desde hace tanto tiempo, con graves consecuencias para toda la región.
Pidamos al Señor que el acuerdo alcanzado en el seno de las Naciones Unidas logre cuanto antes acallar el fragor de las armas en Siria y remediar la gravísima situación humanitaria de la población extenuada. Es igualmente urgente que el acuerdo sobre Libia encuentre el apoyo de todos, para que se superen las graves divisiones y violencias que afligen el país. Que toda la Comunidad internacional ponga su atención de manera unánime en que cesen las atrocidades que, tanto en estos países como también en Irak, Yemen y en el África subsahariana, causan todavía numerosas víctimas, provocan enormes sufrimientos y no respetan ni siquiera el patrimonio histórico y cultural de pueblos enteros. Quiero recordar también a cuantos han sido golpeados por los atroces actos terroristas, particularmente en las recientes masacres sucedidas en los cielos de Egipto, en Beirut, París, Bamako y Túnez.
Que el Niño Jesús les dé consuelo y fuerza a nuestros hermanos, perseguidos por causa de su fe en distintas partes del mundo.
Pidamos Paz y concordia para las queridas poblaciones de la República Democrática del Congo, de Burundi y del Sudán del Sur para que, mediante el diálogo, se refuerce el compromiso común en vista de la edificación de sociedades civiles animadas por un sincero espíritu de reconciliación y de comprensión recíproca.
Que la Navidad lleve la verdadera paz también a Ucrania, ofrezca alivio a quienes padecen las consecuencias del conflicto e inspire la voluntad de llevar a término los acuerdos tomados, para restablecer la concordia en todo el país.
Que la alegría de este día ilumine los esfuerzos del pueblo colombiano para que, animado por la esperanza, continúe buscando con tesón la anhelada paz.
Donde nace Dios, nace la esperanza¸ y donde nace la esperanza, las personas encuentran la dignidad. Sin embargo, todavía hoy muchos hombres y mujeres son privados de su dignidad humana y, como el Niño Jesús, sufren el frío, la pobreza y el rechazo de los hombres. Que hoy llegue nuestra cercanía a los más indefensos, sobre todo a los niños soldado, a las mujeres que padecen violencia, a las víctimas de la trata de personas y del narcotráfico.
Que no falte nuestro consuelo a cuantos huyen de la miseria y de la guerra, viajando en condiciones muchas veces inhumanas y con serio peligro de su vida. Que sean recompensados con abundantes bendiciones todos aquellos, personas privadas o Estados, que trabajan con generosidad para socorrer y acoger a los numerosos emigrantes y refugiados, ayudándoles a construir un futuro digno para ellos y para sus seres queridos, y a integrarse dentro de las sociedades que los reciben.
Que en este día de fiesta, el Señor vuelva a dar esperanza a cuantos no tienen trabajo, que son muchos, y sostenga el compromiso de quienes tienen responsabilidades públicas en el campo político y económico para que se empeñen en buscar el bien común y tutelar la dignidad toda vida humana.
Donde nace Dios, florece la misericordia. Este es el don más precioso que Dios nos da, particularmente en este año jubilar, en el que estamos llamados a descubrir la ternura que nuestro Padre celestial tiene con cada uno de nosotros. Que el Señor conceda, especialmente a los presos, la experiencia de su amor misericordioso que sana las heridas y vence el mal.
Y de este modo, hoy todos juntos exultemos en el día de nuestra salvación. Contemplando el portal de Belén, fijemos la mirada en los brazos de Jesús que nos muestran el abrazo misericordioso de Dios, mientras escuchamos el gemido del Niño que nos susurra: «Por mis hermanos y compañeros voy a decir: “La paz contigo”» (Sal. 121 [122], 8).
Después del mensaje Urbi et Orbi el Papa dedicó unas palabras a los fieles presentes en la Plaza de San Pedro y a los que le siguieron por los medios de comunicación:
A ustedes, queridos hermanos y hermanas, llegados de diferentes partes del mundo en esta Plaza, y a los que desde diversos países están conectados con la radio, la televisión y los otros medios de comunicación, les envío mi cordial felicitación.
Es la Navidad del Año Santo de la Misericordia, por eso deseo a todo que puedan acoger en su propia vida la misericordia de Dios, que Jesucristo nos ha donado, por ser misericordiosos con nuestros hermanos. ¡Así haremos crecer la paz!
¡Feliz Navidad!

jueves, 12 de noviembre de 2015

Audiencia 20151111

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy reflexionaremos sobre una cualidad característica de la vida familiar que se aprende desde los primeros años de vida: la convivialidad, es decir, la actitud de compartir los bienes de la vida y ser felices de poderlo hacer. ¡Pero compartir y saber compartir es una virtud preciosa! Su símbolo, su “ícono”, es la familia reunida alrededor de la mesa doméstica. El compartir los alimentos – y por lo tanto, además de los alimentos, también los afectos, los cuentos, los eventos… - es una experiencia fundamental. Cuando hay una fiesta, un cumpleaños, un aniversario, nos reunimos alrededor de la mesa. En algunas culturas es habitual hacerlo también por el luto, para estar cercanos de quien se encuentra en el dolor por la pérdida de un familiar.
La convivialidad es un termómetro seguro para medir la salud de las relaciones: si en la familia hay algo que no está bien, o alguna herida escondida, en la mesa se percibe enseguida. Una familia que no come casi nunca juntos, o en cuya mesa no se habla pero se ve la televisión, o el smartphone, es una familia “poco familia”. Cuando los hijos en la mesa están pegados a la computadora, al móvil, y no se escuchan entre ellos, esto no es familia, es un jubilado.
El Cristianismo tiene una especial vocación por la convivialidad, todos lo saben. El Señor Jesús enseñaba frecuentemente en la mesa, y representaba algunas veces el Reino de Dios como un banquete gozoso. Jesús escogió la comida también para entregar a sus discípulos su testamento espiritual – lo hizo en la cena – condensado en el gesto memorial de su Sacrificio: donación de su Cuerpo y de su Sangre como Alimento y Bebida de salvación, que nutren el amor verdadero y duradero.
En esta perspectiva, podemos bien decir que la familia es “de casa” a la Misa, propio porque lleva a la Eucaristía la propia experiencia de convivencia y la abre a la gracia de una convivialidad universal, del amor de Dios por el mundo. Participando en la Eucaristía, la familia es purificada de la tentación de cerrarse en sí misma, fortalecida en el amor y en la fidelidad, y extiende los confines de su propia fraternidad según el corazón de Cristo.
En nuestro tiempo, marcado por tantas cerrazones y tantos muros, la convivialidad, generada por la familia y dilatada en la Eucaristía, se convierte en una oportunidad crucial. La Eucaristía y la familia nutridas por ella pueden vencer las cerrazones y construir puentes de acogida y de caridad. Sí, la Eucaristía de una Iglesia de familias, capaces de restituir a la comunidad la levadura dinámica de la convivialidad y de hospitalidad recíproca, es una ¡escuela de inclusión humana que no teme confrontaciones! No existen pequeños, huérfanos, débiles, indefensos, heridos y desilusionados, desesperados y abandonados, que la convivialidad eucarística de las familias no pueda nutrir, restaurar, proteger y hospedar.
La memoria de las virtudes familiares nos ayuda a entender. Nosotros mismos hemos conocido, y todavía conocemos, que milagros pueden suceder cuando una madre tiene una mirada de atención, servicio y cuidado por los hijos ajenos, además de los propios. ¡Hasta ayer, bastaba una mamá para todos los niños del patio! Y además: sabemos bien la fuerza que adquiere un pueblo cuyos padres están preparados para movilizarse para proteger a sus hijos de todos, porque consideran a los hijos un bien indivisible, que son felices y orgullosos de proteger.
Hoy muchos contextos sociales ponen obstáculos a la convivialidad familiar. Es verdad, hoy no es fácil. Debemos encontrar el modo de recuperarla; en la mesa se habla, en la mesa se escucha. Nada de silencio, ese silencio que no es el silencio de las religiosas, es el silencio del egoísmo: cada uno tiene lo suyo, o la televisión o el ordenador… y no se habla. No, nada de silencio. Recuperar esta convivialidad familiar aunque sea adaptándola a los tiempos. La convivialidad parece que se ha convertido en una cosa que se compra y se vende, pero así es otra cosa. Y la nutrición no es siempre el símbolo de un justo compartir de los bienes, capaz de alcanzar a quien no tiene ni pan ni afectos. En los Países ricos somos estimulados a gastar en una nutrición excesiva, y luego lo hacemos de nuevo para remediar el exceso. Y este “negocio” insensato desvía nuestra atención del hambre verdadera, del cuerpo y del alma. Cuando no hay convivialidad hay egoísmo, cada uno piensa en sí mismo. Es tanto así, que la publicidad la ha reducido a un deseo de galletas y dulces. Mientras tanto, muchos hermanos y hermanas se quedan fuera de la mesa. ¡Es un poco vergonzoso! ¿No?
Miremos el misterio del Banquete eucarístico. El Señor entrega su Cuerpo y derrama su Sangre por todos. De verdad no existe división que pueda resistir a este Sacrificio de comunión; solo la actitud de falsedad, de complicidad con el mal puede excluir de ello. Cualquier otra distancia no puede resistir a la potencia indefensa de este pan partido y de este vino derramado, Sacramento del único Cuerpo del Señor. La alianza viva y vital de las familias cristianas, que precede, sostiene y abraza en el dinamismo de su hospitalidad las fatigas y las alegrías cotidianas, coopera con la gracia de la Eucaristía, que es capaz de crear comunión siempre nueva con la fuerza que incluye y que salva.
La familia cristiana mostrará así, la amplitud de su verdadero horizonte, que es el horizonte de la Iglesia Madre de todos los hombres, de todos los abandonados y de los excluidos, en todos los pueblos. Oremos para que esta convivialidad familiar pueda crecer y madurar en el tiempo de gracia del próximo Jubileo de la Misericordia. Gracias.

viernes, 16 de octubre de 2015

Homilía 20151016

Es necesario rezar mucho para no dejarse contagiar por el “virus” de la hipocresía, esa actitud farisaica que seduce con las mentiras estando en la sombra. Es el apremio de Jesús que el Papa Francisco invitó a acoger al comentar el Evangelio del día durante la homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.El Santo Padre afirmó que la hipocresía no tiene color, sino que más bien juega con las tonalidades. Se insinúa y seduce en “claroscuro”, con “la fascinación de la mentira”. El Papa se detuvo a considerar la escena presentada en el pasaje evangélico de Lucas – Jesús y los discípulos en medio de una muchedumbre en la que se atropellaban unos a otros – poniendo de manifiesto la genuina advertencia de Cristo a los suyos: “Cuídense de la levadura de los fariseos”. Francisco observó que la levadura “es algo pequeñísimo”, pero Jesús habla como si quisiera decir “virus”. Como “un médico” que dice “a sus colaboradores” que estén atentos a los riesgos de un “contagio”:
“La hipocresía es ese modo de vivir, de obrar, de hablar, que no es claro. Quizás sonríe,  tal vez está serio… No es luz, no es tiniebla… Se mueve de una manera que parece no amenazar a nadie, como la serpiente, pero tiene el atractivo del claroscuro. Tiene esa fascinación de no mostrar las cosas claras, de no decir las cosas claramente; la fascinación de la mentira, de las apariencias… A los fariseos hipócritas, Jesús también les decía que estaban llenos de sí mismos, de vanidad, que a ellos les agradaba pasear por las plazas haciendo ver que eran importantes, gente culta…”.
Sin embargo Jesús tranquiliza a la multitud. “No tengan miedo”, afirma, porque “no hay nada oculto que no deba ser revelado, ni nada secreto que no deba ser conocido”. Como si quisiera decir – observó Francisco –  que esconderse “no ayuda”, si bien “la levadura de los fariseos” llevaba y lleva “a la gente a amar más a las tinieblas que a la luz”:
“Esta levadura es un virus que enferma y te hará morir. ¡Estén atentos! Esta levadura te lleva a las tinieblas. ¡Estén atentos! Pero hay uno que es más grande que esto: es el Padre que está en el Cielo. ‘¿Acaso cinco pájaros no se venden por dos monedas? Y sin embargo, Dios no olvida a ninguno de ellos. También los cabellos de su cabeza están todos contados’. Y después la exhortación final: ‘¡No tengan miedo! ¡Valen más que muchos pájaros!’. Ante todos estos temores que nos ponen aquí y allá, y allá, y que nos pone el virus, la levadura de la hipocresía farisea, Jesús nos dice: ‘Hay un Padre. Hay un Padre que los ama. Hay un Padre que los cuida’”.
Hay un solo modo para evitar el contagio – sostuvo el Papa Bergoglio –. Es el camino que indica Jesús: orar. La única solución – concluyó – para no caer en esa “actitud farisaica que no es ni luz ni tinieblas”, sino que está “a mitad” de un camino que “jamás llevará a la luz de Dios”:
“Oremos. Oremos tanto. ‘Señor, custodia tu Iglesia, que somos todos nosotros: custodia a tu pueblo, el que se había reunido y se apretujaba entre sí. Custodia a tu pueblo, para que ame la luz, la luz que viene del Padre, que viene de Tu Padre, que te ha enviado a Ti para salvarnos. Custodia a tu pueblo para que no se vuelva hipócrita, para que no caiga en la tibieza de la vida. Custodia a tu pueblo para que tenga la alegría de saber que hay un Padre que nos ama tanto”.