sábado, 8 de diciembre de 2012

Apostólica

Doce columnas sostienen a la Iglesia Santa: son los doce Apóstoles;  como los doce hijos de Jacob, como las doce tribus de Israel, como las doce fuentes de agua que encontraron en Elim los hijos de Israel, como las doce piedras que puso Elías en el altar del sacrificio, como las doce puertas de la Jerusalén celestial.
La Iglesia está bien cimentada. No es una organización democrática; su doctrina no se acuerda por referéndum ni cambia según sople el viento de las ideologías.
“Yo estaré con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos”, prometió Jesús a sus apóstoles, y ellos, conscientes de que su misión superaba los límites de su propia existencia, transmitieron a otros hombres la plenitud del sacerdocio y de su misión.
Creo en los obispos. No en cada uno de ellos, como si gozaran del carisma de la infalibilidad, sino en el Colegio episcopal que, por institución divina y en comunión con Pedro, pastorea a la Iglesia como los primeros doce. 
Venero a mi obispo y rezo todos los días por él, sea quien sea: cuando lo escucho,  sé que escucho a Cristo; si lo despreciara, despreciaría a Cristo y al Padre, que lo envió.

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